Una familia feliz

Todas las familias felices se parecen unas a otras”, decía Tolstoi en Ana Karenina. Y concluía la frase con “pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Desde que la leí la frasecita de marras me asalta de vez en cuando, en cuanto las circunstancias cuadran para ello. Si estoy en un espectáculo aburrido al que parejas o matrimonios con hijos como el mío asisten, diríase que como por obligación, la felicidad codificada se me aparece y el hastío que ello genera en mí es de nota; si en una cena familiar, la de Nochebuena por ejemplo, mis suegros y mis cuñados alaban sus propios logros y mutuamente se solicitan apoyo para mejorar la cuenta de resultados de sus empresas, la irritación se apodera de mí y sufro lo que no está en los escritos. Sí, diríase que pertenezco y he formado una familia feliz, todo en mi existencia y en la de los míos discurre por los raíles que se denominan Felicidad.

 

—¿Eres feliz, Pedro? —inquirió la joven periodista al cómico exitoso cuando tras la presentación de la inmediata  gira de la Compañía teatral éste comunicó su próximo enlace matrimonial.

—Naturalmente —respondió con hartura el actor a la estúpida pregunta.

¿Por qué hay momentos, situaciones, comunicaciones…, que obligatoriamente se califican de felices? ¿Cuál es la marca, la línea, el borde, la frontera que separa al feliz del infeliz? ¿Porque me caso debo demostrar felicidad? ¿Salir de una vida sin reglas para ingresar en otra reglamentada es sinónimo de felicidad? ¿Dejar atrás la soltería para tomar la senda de la vida en pareja equivale a adherirse al equipo, si es que existe, de los dichosos?

Todas estas preguntas y más se hacía Pedro que paradójicamente se ganaba la vida haciendo reír, haciendo felices a quienes acudían a sus funciones para olvidar por unas horas la dureza, las desdichas de la vida cotidiana. Quizás aquí entraba en barrena el dicho tolstoiano.

 

Faltaban aún bastantes años para el fatal suceso. Hasta ese momento diríase que Pedro había sido feliz o al menos que su vida había seguido los patrones de las familias felices: amoríos juveniles, noviazgo con Tommy, casamiento y al poco feliz nacimiento de Alejandro a quien en homenaje al padre ya con un nombre hecho en el mundo de la farándula le antepusieron Pedro. Pedro Alejandro fue el eslabón que siempre mantuvo a la pareja dentro del estándar establecido para la felicidad y sí, también para la fidelidad.

—¿Te vienes con nosotros a tomar una copa, Pedro? —le preguntaban por esos años al acabar la sesión de rodaje o la función de teatro. Y a todos daba Pedro la negativa por respuesta. Sus compañeros varones comentaban con sorna la fidelidad excesiva del actor, si bien por otra parte agradecían su paso atrás gracias al cual aumentaban sus opciones de conquista en las salidas nocturnas.

Pedro prefería marchar a casa donde su hijo, ya adolescente, le esperaba para comentar con él su jornada escolar, pedirle que le resolviese alguna difícil cuestión lingüística, histórica o científica si es que Tommy, la madre, había sido incapaz de hacerlo. La confianza de Pedro Alejandro en su padre era proporcional al inmenso amor que ambos se profesaban. La felicidad reinaba en casa, eso lo notaba cualquiera. En la calle hacía mucho frío y el alcohol y el sexo rápido nunca le habían atraído demasiado al ilustre navarro. Sí, Pedro era muy feliz.

Pero ya se sabe que todos los santos tienen octava, que no hay situación buena o mala que cien años dure y que en cien años todos calvos. Némesis no consiente que el hombre pueda ser feliz siempre. A Pedro Alejandro le entusiasmaba la velocidad, las motos eran su pasión. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

—Papá, he visto una Kawasaki que a ti seguro que te encantaría —Era evidente que el chico sabía entrarle a Pedro hábilmente y plantearle los asuntos de manera que su eventual oposición quedase neutralizada desde el inicio.

—¿Kawasaki? —preguntó sin esperar respuesta alguna Pedro—. En mis tiempos las motos que nos encantaban eran las nacionales. Recuerdo con entusiasmo las Montesa, Ossa, Bultaco que, cuando yo tenía tu edad, llevaban ruidosamente por las calles los lecheros que repartían leche cruda por las casas. Desde ese mismo instante el mundo de las motocicletas me apasionó, hijo. Pero, ¿una Kawasaki? Será, claro, japonesa.

—Sí, papá, es japonesa y preciosa. Tienes que verla. Si quieres mañana podíamos ir hasta el concesionario.

Por la noche antes de dormir Tommy, como tantas y tantas otras noches, volvió a mostrar a su marido su completa oposición respecto a esa posible compra para la que el hijo llevaba trabajándose al padre desde hacía ya tiempo con gran pericia por su parte. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

 

Némesis por fin logró su objetivo. Pasaron dos o tres años, los suficientes para que la confianza se hubiera instalado en unos y en otros. Salir ruidosamente por las noches del chalet familiar y más tarde hacer derrapes y caballitos ante el grupo de amigos se había convertido, además de en cotidiano, en una acción totalmente exenta de peligro. “Sabe conducir a la perfección y es prudente, mujer, no hay peligro alguno”.

Cuando sonó el teléfono y la madre escuchó lo que le decían no pudo mantener la compostura. Un grito horrendo salió de su boca. Todo Edvard Munch se apoderó del chalet donde hasta ese aciago momento Tommy y Pedro habían sido felices. El mundo se precipitó contra el suelo cuando la bella Kawasaki que siempre adelantaba con presteza a quienquiera que estuviese por delante no supo ver esta vez que el cambio de rasante ocultaba a un Mazda Roadster MX-5 ST al que, japonés como ella, tampoco cabía en la cabeza que alguien pudiese obrar con la negligencia que ella acostumbraba. El choque de los artefactos nipones fue un tremendo Nagasaki rutero. No hubo supervivientes.

 

Los teatros llevaban años prescindiendo de ese actor navarro que tanto había hecho reír al público durante al menos once o doce temporadas. La depresión se había hecho fuerte en su cuerpo y no lograba levantar cabeza. La némesis en forma de accidente de tráfico se cebó con esa familia feliz parecida a tantas otras. De nuevo recordé la frase de Lev Tolstoi. La familia de Pedro comenzaba ahora a su manera su personal peripecia; hasta el momento de la desgracia todo había circulado por los raíles adscritos al universo de los seres felices. A partir de este punto esa pareja mutilada comenzaba una desconocida y penosa fase, la infelicidad se había hecho fuerte en sus almas. La novela de sus vidas ganaba en interés para los demás.

2 comentarios en “Una familia feliz”

  1. Cuando una desgracia se cierne sobre una familia feliz, produce tal rotura que ya no hay forma de que las piezas vuelvan a encajar. Siempre quedará la cicatriz para recordar a propios y extraños la fatalidad que la produjo. Y es muy cierto que la infelicidad cada uno la vive a su manera, aunque se comparta el mismo dolor.
    Has escrito un relato sobre una historia que se da en muchas familias y que muestra la culpabilidad que sienten los padres por la muerte del hijo a quien han consentido jugar con el peligro.
    Una historia dura y muy bien narrada.
    Un abrazo.

  2. Gracias, Josep, por tus palabras. La verdad es que estoy de lleno con Tolstoi, de ahí lo de las familias felices e infelices. Resulta, además, que mira tú por donde con el lío mundial que está formado leer una historia larga que transcurre en la Rusia zarista y en todo el resto de Europa me está dando una perspectiva personal e histórica del conflicto
    Una brazo

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