“Delenda est monarchia”

—¿La Corona?

—Sí, aquí era.

—¿Cómo dice?

—Le digo que sí, que aquí era donde radicaba o residía la Corona. Pero ya no.

—¿Qué quiere decir?

—Pues lo que oye. Que no, que ya no vive aquí, simplemente porque ha desaparecido.

—Pero…, pero…, eso es imposible. La Corona no podía desaparecer así.

—Bueno, si usted lo dice…

—Hombre, yo sabía que la Corona llevaba sufriendo en medio de grandes dificultades desde hacía ya mucho tiempo. Pero…

—En efecto estaba mal desde hacía lustros; por eso cuando se produjo su inevitable final, en realidad nadie se sorprendió en exceso. Si le soy sincero le diré que a muchos nos satisfacía su proximidad, sentirnos arropados por su magnanimidad, pero no es menos cierto que desde hacía algunos años, quizás ella ya no era de este mundo, vamos, que se había quedado atrás, que ya era vista por todos como algo propio de siglos pasados, que para nada encajaba en el actual —respondió con tranquilidad y sosiego el receptor de la llamada—.  Ciertamente    —prosiguió— muchos la queríamos y para nada deseábamos perderla o dejarla a un lado. También, todo hay que decirlo, su actuación durante los últimos tiempos fue poco ejemplar y para nada digna de emulación. Los desplantes que familiares suyos hacían a sus paisanos e incluso la actitud egoísta y hasta avara manifestada durante muchos años por el padre, el patriarca en quien desde su niñez todos, pero especialmente ella, confiaban ciegamente, hicieron que incluso su gente, los de la Corona, estuviesen en boca de todos y no precisamente para bien. Conocer los devaneos amorosos y los descuidos monetarios de ese tal señor desde luego no ayudó a la Corona en las últimas temporadas. Todo se complicó aún más cuando los resultados electorales elevaron a puestos de responsabilidad y gobierno a seguidores de  ideologías y movimientos partidarios de controles férreos contrarios a veleidades. Los desplantes y desprecios que ella hubo de sufrir en muchas ocasiones no son para ser contados. Hasta personas consideradas de su máxima confianza la dejaron sola en más de una ocasión. La decrepitud, ya se sabe, tampoco ayudaba. Todo estaba en su contra. Pero, si me permite lanzar hipótesis, me da que lo que usted desea conocer es si su final fue violento o más bien natural. Y qué actitud han decidido tomar sus adeptos

El comunicante primero que había escuchado con suma atención y cara de asombro tan didáctica y extensa explicación estalló de manera incontenible: «Hombre, verá, yo me considero adepto suyo, claro, si es que esa es palabra adecuada después de lo ocurrido. Sé que con el tránsito de la última persona de la casa familiar, del fallecimiento sin heredero alguno del último testigo y mantenedor del apellido áulico se abre una gran incógnita. ¿Qué hacer? Cabe, eso sí, la posibilidad de seguir hacia adelante como si nada hubiera ocurrido. Es comportamiento muy nuestro, proveniente seguramente de nuestros ancestros árabes, actuar como si todo siguiera igual, ¡Dios proveerá! Pero ya se sabe que el final de una estirpe, de una línea familiar, no digamos ya de un apellido real, no puede obviarse. Habrá que enfrentar el hecho con determinación y ganas de resolverlo»

— Sí, claro, le entiendo perfectamente. “Delenda est monarquía” escribió Ortega a propósito de otro  momento histórico similar acaecido hace por lo menos 80 años y del que mucho se ha seguido hablando a pesar de que nadie hay ya en este mundo que lo viviera en directo. Cuando los testigos de la Historia desaparecen, ya se sabe, nacen las historias legendarias.

—Efectivamente, en esas estamos, aunque sin llegar a esos extremos aún —dijo como pensativo el adepto—. Lo cierto es que las últimas personas pertenecientes a la saga fueron tratadas siempre desde su niñez con apelativos regios: “mi tesoro, mi reina, mi rey” alternados eso sí con “mi amor, mi pasión, cariño mío” mucho más populacheros. Para acercarse al Pueblo de cuya aceptación dependía su existencia los miembros de la Corona, como se sabe, siempre se esforzaron por mostrarse extrovertidos, algo que no siempre todos lograban pues para eso hay que venir al mundo con ese don.

Tras decir esto la persona que llamó preguntando por la Corona quedó en silencio, si bien al poco comenzó a farfullar una serie de despropósitos que avisaban por sí solos de la pérdida no sólo de la Corona sino también de la cabeza de unos de sus más fieles seguidores.

—Ya, claro, los domingos por la mañana…, la COVID, —murmuraba con voz apenas perceptible—, imposible salir…, multas…, ¡Hola, amigos, os veo mal, quizás si orientarais mejor la cámara!… En fin, desde luego lo importante es oírnos, vernos aunque sea así…

—¿Le ocurre algo, amigo? —le cortó quien atendía el teléfono de la Corona—. Si me deja le sigo contando y dándole mi opinión. Para mí tengo que el Sistema comenzó a deteriorarse a raíz de la desaparición del iniciador de la Casa. La verdad es que siempre sucede así pues los fundadores son la base inamovible que sostiene todo el entramado. Mientras duran, nada se teme; cuando se debilitan o se ausentan temporal o definitivamente, todo periclita.

—Sí, claro, pero… ¿fundador don Germán?

—Ahora sí que ya no sé de qué coños me está usted hablando. Creo que debo cortar esta absurda comunicación con usted y recomendarle la visita a un buen psiquiatra. Pero antes, por favor, amigo, si logra tener un atisbo de lucidez me podría decir ¿quién es el tal don Germán de quien me habla?

El Río Tormes a su paso por Valcuevo donde Colón consultó su proyecto con los Dominicos

— Don Germán —explicó con voz profunda pero clara y diáfana el primer interlocutor— abandonó pronto Zarapicos, su villa natal castellana, a fin de procurar dar a la Corona un buen pasar y auparla a donde jamás en el pasado sus consanguíneos hubieran imaginado. A orillas del mítico Tormes, Germán se prometió a sí mismo que los suyos a quienes por tradición y nacimiento pertenecía se verían elevados a misiones que pocos zarapiquenses habían conocido. Siempre los héroes o fundadores de Casas y cosas importantes emergieron cerca o dentro de aguas sagradas y el Tormes que baña la comarca así lo atestigua: Lázaro de Tormes, auténtico Amadís pobre y profano, y hasta el mismísimo Cristóbal Colón se acercaron a su ribera para mejor renacer en sus muy diferentes prosperidades, si bien siempre al servicio y en beneficio de la Corona.(¿España?)

—Oiga, oiga. Creo que usted y yo estamos hablando de cosas bien distintas, ¿no le parece?

—Por favor, no me corte el rollo, amigo. Usted me ha pedido que le explique y eso es lo que estoy haciendo. Prosigo. Don Germán, un día ya bastante lejano decidió dejar las laboriosas tierras de su localidad y cambiarlas por un oficinesco puesto de administrativo en la Nueva España que por esos años se anunciaba. Era una España nacida tras el descalabro monárquico, anterior a la carnicería civil que poco tiempo después se desataría. La familia, como suele acontecer en nuestro país, fue montándose un mediocre pero estable pasar accediendo a puestos del funcionariado. Quienes poco aportan al progreso de una Nación suelen encargarse de ella, de sus engranajes, y allí construyen sus vidas. Las Obras Públicas, la Agricultura, el Servicio y conducción de las aguas hasta las casas, incluso las licencias de edificación ocuparon durante casi sesenta años los afanes de estos seres. Pero todo acaba, todo finaliza, todo cae, hasta lo más sagrado o que se pensaba inamovible. ¡Delenda est monarchia! Dª Hortensia Corona, huérfana señorita soltera de 94 años, dejó este mundo no ha mucho y su estirpe, la de la Corona, la de la familia Corona, se entiende, se extinguió con ella succionada por uno de los muchos agujeros negros de la Historia. Dios la tenga en su Gloria.

2 comentarios en ““Delenda est monarchia””

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