Latrocinio

Apareció quemado y escondido entre la hojarasca de la zona del Pinar a las afueras de Simancas en la provincia de Valladolid. Al principio según lo olfatearon los perros, un labrador y un lagotto, pensó que podía ser un cadáver. No era la primera vez que alguien había dado matarile por esa zona a una chica o a un competidor en el mercadeo de drogas. Gregorio Sandoval, dueño de la librería Sandoval, la más importante de la capital castellanoleonesa, y entusiasta trufero, hablaba con Cibrán, el inspector de la Comisaría Valladolid-Delicias, encargado de dilucidar ese extraño caso.

Hacía dos días que saltaron todas las alarmas: el Archivo de Simancas había sufrido el robo de una serie de documentos medievales que guardaba entre sus fondos. Se había notado la falta de cajas que guardaban manuscritos del periodo prerrenacentista, en concreto referidos a la Corona de Aragón. Que en el siglo XXI alguien se arriesgase a robar documentos de un Archivo histórico cuyo valor era meramente cultural no dejaba descansar la mente de quienes dialogaban:

—De manera que paseaba usted por esta zona buscando trufas. ¿No es así?

—Así es, inspector. Aprovecho las mañanas de los domingos para, al tiempo que descanso, buscar trufas si es época de ellas— le respondió Gregorio, y añadió—: si son buenas se las vendo a Ezequías. En su restaurante siempre les da salida. Y yo me saco unos eurillos extra.

—Tengo entendido que es usted un estudioso de la Historia y visitante habitual del Archivo. ¿Cierto? —siguió preguntando Cibrán.

Antes de aparecer el cartapacio quemado con restos de documentos en su interior, cuando todo apuntaba a que los ladrones querrían colocarlos en manos de algún coleccionista privado o sacarlos de España para venderlos en el selecto mercado de antigüedades de ciudades como París o Ámsterdam, Cibrán había pasado lista a la relación de asiduos al Archivo. En esa lista y en lugar preeminente se encontraba el librero Sandoval. 

Con puntualidad soviética, todos los días de la semana a las 10 de la mañana, Gregorio abría su librería. Llegaba a la Plaza del Salvador un cuarto de hora antes procedente de  la urbanización Parquelagos en Laguna de Duero, localidad a siete kilómetros de la capital, donde residía. Su vida, la verdad sea dicha, era muy rutinaria. Estaba en el negocio de 10 a seis de la tarde, momento en que era sustituido por Bárbara, su mujer. Bárbara era profesora de música en el IES “Miguel Delibes” de Valladolid. Llevaban casados 24 años. Ella era la encargada de cerrar la librería para así permitir a Gregorio desarrollar su gran hobby, la investigación histórica. Todos los días, él se acercaba hasta Simancas distante cinco kilómetros de la ciudad para en su Archivo General trabajar sobre el tema que le apasionaba: el compromiso de Caspe. Los fines de semana, cada uno de ellos, Bárbara y Gregorio, se afanaban en sus pasiones: cuando no era temporada trufera, Sandoval en sus indagaciones sobre lo acontecido en Caspe; y ella en la música que sonaba en Castilla y Aragón en el paso de la Edad Media a la Moderna.

A Cibrán Verdiñas se le hacía muy cuesta arriba admitir que Gregorio fuera el autor del latrocinio por eso de que llevaba acudiendo al Archivo desde hacía seis años como poco. ¿Por qué, de haber sido él, habría hecho el hurto ahora? Y además, si lo hubiera hecho —decía para sí—,  ¿por qué reducir los documentos a cenizas tras tanto esfuerzo y años de estudio? La verdad era que se encontraba bastante perdido. Por ahora su labor policial se reducía a ir recopilando datos y disponiéndolos en la pizarra de su despacho. En ella destacaban dos elementos sobre el resto, la historia y la música antigua. «No son mis aficiones favoritas  —pensaba mientras con sus ojos repasaba lo apuntado con rotuladores de varios colores en la velleda blanca que ocupaba buena parte de la pared del despacho—,  pero tendré que ponerme las pilas al respecto si quiero sacar algo en claro de todo esto».

En Laguna de Duero el matrimonio Sandoval era tenido por una pareja de sabios y eruditos dedicados a lo que a nadie hoy interesaba. Cibrán topaba con un muro cuando buscaba por ahí. Propiedades económicas, pocas eran las de ambos cónyuges. Prestigio intelectual, mucho. En la ciudad, Bárbara era muy considerada por las audiciones de música medieval y también barroca que en fechas señaladas organizaba en iglesias desacralizadas como la de Cristo Rey en Tordesillas a poco más de 30 kilómetros de Valladolid. Bárbara sentía predilección por los poemas y canciones pastoriles del castellano Juan del Enzina, y por las referencias que en el Cancionero Musical de Palacio se hacía a la polifonía en la Corona de Aragón. Precisamente este interés por la música en Aragón en el siglo XV propiciaba que el matrimonio dialogase mucho a propósito de los documentos que albergaba el Archivo sobre ese período histórico.

Gregorio pasaba en el Archivo las tardes y los fines de semana no truferos enfrascado en las correrías que durante los primeros años  del siglo XV siguieron los distintos candidatos a la Corona de Aragón que había quedado sin rey tras haber fallecido Martín el Humano sin hijos y sin haber designado sucesor. Como ocurriría trescientos años más tarde en España, la guerra de Sucesión con distintos candidatos apoyados por unos y por otros fue la fórmula empleada para colocar un Rey en la Corona. «La historia parece siempre condenada a repetirse», se decía Gregorio mientras en su cabeza veía cabalgar los ejércitos del Conde de Urgell, favorito en la disputa; del bastardo D. Fadrique; del Duque de Calabria, apoyado por los condados de Aragón y de Cataluña; y de Fernando de Antequera, convidado de piedra en apariencia  al venir su candidatura por vía femenina además de por la dinastía castellana de los Trastamara.

Bárbara era una enamorada de la música y la letra de los villancicos populares de Juan del Enzina. En épocas tan rígidas en lo religioso se quedaba atónita ante letras tan poco políticamente correctas como la del “Hoy comamos y bebamos” del de Fermoselle. «La verdad —decía para su coleto— es que en todo tiempo se han comido coles, y en el XV las personas se moverían por impulsos semejantes a los nuestros». Luego compartía con su marido estos pensamientos en amenas charlas. Gregorio, a propósito del contexto pastoril y bucólico en que aparecía el ‘Hoy comamos y bebamos’ enzinero le recordó que en ese momento la Mesta y los inmensos rebaños de merinas eran riqueza en Castilla. Él por sus investigaciones sobre lo sucedido en Caspe sabía que la industria textil en Cataluña había empezado a despuntar y que el textil precisaba de materia prima para elaborar productos.

El inspector Verdiñas había añadido a la pizarra en posits amarillos referencias históricas contenidas en los documentos desaparecidos comunicadas a él por Sandoval a lo largo de las conversaciones mantenidas. La verdad es que todo era la mar de raro. O sea que los aragoneses en el siglo XV ante la orfandad de rey en que se encontraron habiendo podido elegir como rey al de Urgell del que no cabía sospecha alguna sobre su orientación política, van y eligen al extremo opuesto, a Fernando de Antequera lo que suponía mudar de la dinastía catalano-aragonesa a la Trastamara castellana. Y por si esto fuera poco, además, precisamente fueron los compromisarios del condado de Cataluña, llegados a Caspe al igual que los de Valencia, Aragón y Baleares para elegir al sucesor de Martín I, quienes más pujaron por el candidato castellano.  ¿Por qué?

Cibrán en un arrebato difícil de explicar colocó en su pizarra, entre dos inmensos signos de interrogación, un post-it de color más amarillo esta vez en el que podían verse varias palabras y expresiones entrelazadas: Orwell, Miniver, Neolengua, Principios (Que la Verdad histórica no te estropee un Proyecto), Caspe, Economía, Política, Hoy… Riéndose para sus adentros Cibrán Verdiñas no pudo reprimir que de sus labios saliese a la vista de todas esas expresiones concatenadas un «El muerto al hoyo, y el vivo al bollo. ¿Quién me iba a decir a mí que la clave de este robo estaría en el intento de reajustar la Historia de acuerdo a lo que debe ser y no a lo que haya sido? Aunque a lo mejor, claro, estoy equivocado».

Bárbara y Gregorio desayunaban sin prisas en su casa de Laguna de Duero por primera vez en tiempos. Sus aficiones culturales habían servido a la Policía para encontrar, quizás, un móvil del robo y destrucción de documentos referidos al Compromiso de Caspe. Castilla y Aragón; Aragón y Castilla estaban en esos documentos sentando las bases del futuro. Un futuro que hoy, quizás, no satisfaga a alguna de las partes. Los versos de la canción de Juan del Enzina aunque de tema religioso encerraban una explicación de comportamientos humanos aplicable, quizás –por qué no-, a lo sucedido en Caspe, aunque nada pertinente hoy. Mucho menos cuando todo apunta a que la Historia, quizás, vuelva a repetirse.

—Bárbara, canta para que las recuerde las primeras estrofas de ese villancico pastoril —le pidió Gregorio.

Hoy comamos y bebamos /  Y cantemos y folguemos, / Que mañana ayunaremos.

Por honra de sant’ Antruejo / Parémonos hoy bien anchos, / Embutamos estos panchos, / Recalquemos el pellejo.

Que costumbre és de concejo /  que todos hoy nos artemos, / que mañana ya veremos. /  […]

Un comentario en “Latrocinio”

  1. Qué familiar me resulta eso de que haya quien quiere destruir la historia para acomodarla a sus intereses. Y qué indignación me entra cuando alguien roba documentos u obras de arte para venderlas por ahí.

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