Una receta salvadora

A sus oídos llegaba, inaudible y constante, el sonsonete de una cruel canción infantil. Manolo Pirolo mató a su mujer…, la hizo cachitos… Se debatía por escapar de su embrujo. Imposible. Inexplicablemente sintió precipitarse por un hueco, una especie de tubo como el usado por los albañiles para echar escombros afuera. Alguien, no recuerda quién, lo había ayudado a encaramarse al alfeizar de la angosta ventana del cuarto de aseo. Su cabeza no lograba entender cómo había podido pasar su cuerpo por tan estrecho vano abierto en el muro. Al tiempo,  mientras durante unos larguísimos segundos caía por el tobogán metálico, su mente se dislocaba al advertir que la resbaladera por la que se despeñaba surgía, cual trompa de elefante, de un amplio ventanal abierto en el dormitorio principal. 

ooOoo

—Bueno, bueno, Alberto, vamos a ver —inquirió Roberto, mirándole con cara de asombro—. Habíamos quedado en que la historia que queríamos contar iría de comida, grande bouffe, gastronomía de alto nivel tipo última promoción del Culinary Basque Center, o algo así. ¿Qué es entonces esta historia de confusión mental y psicoanálisis que me estás contando?

—En ello estoy, Robert. ¿No has reparado en la canción popular que resuena en los oídos del personaje?

—Sí, claro que he reparado, pero… —respondió con evidente malhumor Roberto. Su aspereza mudó en sorpresa al percatarse de que al habitual estruendo de la calle se acababan de sumar una serie de estallidos. Dirigió sus ojos a la ventana abierta olfateando una inmensa humareda en la que se entreveían con dificultad, desprendidos de su matriz, pequeños jirones de fuego que apenas duraban un instante antes de fundirse y desaparecer en la nube tóxica.

Los dos Bertos se lanzaron al unísono hacia la ventana para cerrarla y evitar que el fuego y el humo inundasen la habitación. “¡Larguémonos!”, se dijeron ambos con la mirada iniciando una galopada hacia la puerta del piso para enfilar las escaleras del edificio. De récord fue el descenso, digno del mejor runner de la carrera vertical del Empire State Building neoyorquino. (Sí, sí, amables lectores, lo sé, lo sé, no hay por qué ponerse bravos, sé que la carrera que cada mes de mayo se hace en Nueva York es ascendente y la de estos dos Bertos ha sido descendente. Ruego me disculpen, pero no he podido soslayar el símil. Sorry!)

Ya en la calle, Roberto y Alberto vieron que los bomberos combatían las llamas que salían de los bajos del edificio. “¡Apártense, apártense. Dejen trabajar a los servicios de extinción!”. De pronto de dentro de la humareda, como una aparición, surgió vociferante y envuelta en llamas una persona sobre la que se arrojaron dos miembros del Cuerpo provistos de sendas mantas ignífugas. Los gritos que lanzaba el pobre hombre eran espeluznantes.

—¿Qué ha pasado? ¿Cómo se ha originado el fuego? —preguntaban los Bertos a quien quiera que pasaba por su lado sin obtener respuesta satisfactoria alguna.

—Parece ser —dijo, algo atacada de los nervios, una chica joven vestida de negro, con delantal y cofia blancos— que Frederik  esperaba la visita de Joxe Mari Aizega, director del Basque Culinary Center. Había contactado con Joxe Mari para pedirle consejo sobre aspectos importantes del negocio. Luchaba por conseguir que el restaurante saliese a flote.

—Frederik , Joxe Mari Aizega, el Basque Culinary Center… La verdad —dijo Alberto dirigiéndose a la joven con aspecto de camarera de sala— es que no me entero de nada. Porque dígame, señorita…

—Nina . Me llamo Nina Ivanov, para servirle a usted.

—Pues eso, Nina  —siguió diciendo Alberto, ahora ya más tranquilo al haber encontrado por fin una persona que se avenía a hablar con ellos—, queno logro relacionar los nombres que das con el fuego en ese local. Si quisieras explicarte con más claridad no sabes lo mucho que te lo agradeceríamos.

—No problema, brothers. Yo les explico. Frederik, en realidad Frederik Izcovich, es el propietario y jefe del restaurante ‘Balalaica’, que a la vista de lo sucedido no sé si seguirá existiendo y si yo conservaré mi empleo y condición o habré pasado a engrosar las listas del paro. Bueno, a lo que voy. Frederik, tras esta época aciaga que hemos sufrido, deseaba dar al negocio un impulso grande por ver si remontaba. Contactó con el centro vasco y Joxe Mari Aizega, su director, quedó en pasarse por el local para evaluarlo y buscar una solución.

—Sí, todo eso está muy bien, pero para que comience un fuego tiene que haber un iniciador, algo que lo propicie o alguien que lo produzca, ¿no? —comentó Roberto mientras miraba a Nina con un interés ahora algo distinto al meramente interrogativo.

—Frederik quería sorprender a Joxe Mari —siguió explicando Nina  ya más tranquila, al haber asimilado seguramente la situación y valorado en su justa medida que en la balanza salud y economía, su propia salud era mucho más importante que el trabajo que decididamente habría perdido—. Por eso llevaba semanas ideando nuevos platos, nuevas fórmulas culinarias. Entraba con frecuencia en la página del programa televisivo de Karlos Arguiñano para estudiar, ensayar, practicar, y así luego elegir alguna de sus recetas e incorporarlas a la carta del ‘Balalaica’.

—Vamos, que por lo que nos dices —intervino Alberto— Frederik  estaba trabajando en su negocio como siempre cuando estalló el incendio. Entiendo que por un error suyo, una fuga de gas o algo parecido, ¿no es así?

—Seré más clara, chicos. Queríamos algo espectacular que pusiese el negocio en órbita. Como os decía, Frederik  exploraba la web de Arguiñano obsesivamente. Dos platos habían llamado especialmente su atención: Carne guisada con patatas del chef vasco Bruno Oteiza, y filetes rusos de jamón y queso del mismísimo Karlos Arguiñano.

—Siempre pensé —comentó irónicamente Alberto dirigiéndose al otro Berto— que la hostelería no tenía mayores problemas que los derivados de la mala baba de aquellos parroquianos que a la hora de pagar no están conformes con la cuenta. Ahora veo que unas inocentes recetas gastronómicas pueden no serlo tanto.

—Especialmente — dijo Nina, con rapidez y bastante alterada— si al maître y dueño del local se le mezclan confusamente en su cabeza el amor y el negocio.

Amor y negocio. ¿Qué tendría que ver una cosa con la otra? Alberto no podía sustraerse de aquella otra frase emblemática que siempre había procurado aplicarse a sí mismo. Era cierto, en la olla no convenía meter la… Relaciones personales y profesionales nunca casaron bien.

—Si al principio de conocerte no lográbamos entender la relación existente entre Frederik, el Basque Culinary Center y Joxe Mari Aizega, comprenderás ahora, Nina  —intervino Roberto, siempre menos reflexivo que Alberto—, que el añadido de chefs vascos y guisos no sirva para aclararnos mejor la situación.

—Sí, sí, lo comprendo —contestó entre lágrimas Nina— pero así ha sido. Lo siento, no puedo decir más.

Anochece. Sentados los Bertos en una mesa del conocido restaurante “Los minutejos”, la omnipresente televisión acalla con volumen impertinente las conversaciones de los comensales y muestra imágenes del voraz incendio acaecido esa mañana en los bajos del edificio de la productora que dirige Roberto. El restaurante “Balalaica” había quedado reducido a cenizas. Su propietario, de nombre Frederik, había salvado milagrosamente la vida al salir con ayuda de los bomberos por la ventana de los aseos que estaban reformándose. Con quemaduras de primer grado en el 65% de su cuerpo, se encontraba ingresado en el hospital. La policía intentaba esclarecer el asunto. Un soplete, restos de gasolina y alcohol de quemar habían sido encontrados en el lugar.

En la UCI de la Unidad de Quemados del Hospital Provincial un hombre del que, entre los vendajes que cubren su cuerpo, sólo se ven los ojos, no puede evitar en su estado de semiinconsciencia que machaconamente resuene en su cerebro una malhadada melodía infantil. Cuando logra sacársela de la cabeza recuerda que, tras la visita del gerente del Basque Culinary Center, eligió la receta de Filetes Rusos de Arguiñano como mejor solución para sacar el Balalaica a flote. Lo fundamental, siempre repetía el chef vasco, era la calidad, nunca engañar al comensal. Buscaría una ternerita que fuera auténticamente rusa. Si no, ¿a santo de qué llamarlos Filetes Rusos?

Cuando vio a Boris, cuchillo chacinero en ristre, recorrer nervioso y con expresión ausente el restaurante farfullando Lo importante es asegurar la trazabilidad del producto, lo importante es la trazabilidad del producto…, reconoció el peligro. La señora Izcovichova, de soltera Nina Ivanov, se abrazó a él, lo llenó de besos y lo condujo hasta los aseos del Balalaica entre mimos y engañosas muestras de felicidad conyugal susurrándole al oído: —Cariño, aséate y prepárate. Si ya se vislumbra la luz y nos acercamos al final del túnel, creo que merecemos darnos un homenaje, una despedida por todo lo alto. Ahora vuelvo, amor, organizo todo, me  preparo, y vuelvo—.Y cerró la puerta tras de sí.

ooOoo

En la calle jugaban unos niños cantando: Manolo Pirolo mató a su mujer, con siete cuchillos y un alfiler. La hizo cachitos y la fue a vender. ¿Quién quiere trozos de la mi mujer?

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