“UNA IMAGEN ROTA” y “SONETO”

UNA IMAGEN   ROTA

Una imagen rota

Era su vida desde que Ramón partió.

Los viajes tienen mucho de inicio, de entrada en una nueva fase.

Ella intuyó que algo así sucedería cuando él le expuso su deseo.

Los nenúfares de Villaespesa le refrescaron la memoria: Esas flores, ¿qué son?

En los estanques de las villas romanas flotaban indolentes,

Despreciaban con soberbia los paseos de las aspirantes a ninfas que se acercaban a su orilla.

Ni siquiera el rijoso reflejo que de su mundo interior devolvían las aguas

Servía a Elisa de consuelo.

Lejos, muy lejos, en España, el duro invierno mataba con asesino candado la belleza.

Ella comenzó a degustar las acres cenizas que se vaticinaban.

Quizás el Lacio italiano fuera más ecuánime, menos cruel en su recuerdo.

Elisa, vida mía…

________________________________________________________

S O N E T O

Entre flores, gametos y alegría

La piel se le erizaba sin saberlo.

Era tal su inercia y tontería

Que todo le llevaba  a no temerlo

Pero apareció con él, en sintonía,

Y estalló el alrededor sin pretenderlo.

La envidia tiene siempre una crujía

Que quiebra el entorno sin romperlo.

El abandono se le echó encima,

Doloroso y cruel aunque entrevisto,

Quedando él sepultado en una sima.

Enemigos, desde tiempos de Cristo

Amor y Diablo buscan esa rima

Que convierta un soneto en ametisto.

¡¡Acción!!

«Los soldados reptan entre el barro y el agua encharcada que la tormenta del amanecer ha dejado en la zona. La cota 42 se les resiste desde hace ya muchos días. Ni el apoyo aéreo ni los bombardeos constantes con las baterías de cañones situadas detrás de la posición que ocupan  ha conseguido que los enemigos retrocedan un centímetro»

‘Constantemente, claro está, también ellos recibirán pepinazos venidos de la otra parte’. «Los caídos tienen que ser numerosos pero siempre de los nuestros», escribió. Dejó la pluma sobre el escritorio al tiempo que se levantaba y en modo Pensador de Rodin andante reflexionaba para sus adentros. ¿Somos los únicos que sufrimos en una guerra? Parece como que los contrarios no sufrieran en combate. ¿Dónde están? ¿Y sus muertos? ¿Acaso no existen? Si el enemigo no tiene rostro, ¿contra quién se lucha? Todo esto pensaba Alberto mientras se lavaba los dientes mirándose en el espejo de su pequeño cuarto de baño. ‘Quizás es que no hay enemigo y todo es una invención, una patraña’. El fuerte frufrú del cepillo al frotarse con energía las piezas dentarias se transformó en otro sonido mucho más líquido, más claro, más limpio: era el agua del vaso que tras introducirla en la boca Alberto movía con satisfacción llevándola de un carrillo al otro y que, tras cuatro o cinco buches, lanzó con acierto hacia el desagüe del lavabo por donde el fluido, convertido en una especie de infusión blanquecina algo espumosa, se perdió. Repetiría esta acción dos veces más.

Las tareas domésticas y de pura supervivencia Alberto las tenía completamente mecanizadas, las ejecutaba sin tener casi conciencia de ellas. Desde hacía varios días sólo un asunto ocupaba su mente: ‘¿Contra quién se lucha en las guerras modernas? ¿Dónde está el enemigo en ellas?’ Creyó oportuno volver a repasar siquiera mentalmente toda la secuencia que había ideado y dejado ya medio escrita en papel la noche anterior. Lo de la cota 42 le pareció demasiado rebuscado. Lo sustituiría por una imagen del Mando Mayor en torno a una mesa en la que sobre un mapa de la zona hubiese piezas de distintos colores que sirviesen para identificar los diversos cuerpos de ejército, tanto propios como del enemigo. Los miembros de este Mando serían militares y uno o dos civiles. ‘Sí, conviene siempre introducir algún elemento que perturbe el conjunto a fin de poder justificar más tarde la insumisión, la traición, la cobardía, la deserción, el levantamiento o cualquier otra variación posible dentro del limitado juego de posibilidades’.

Siguiendo con su comedura mental Alberto no sabía cómo transmitir al espectador la idea de combate, de lucha entre las partes. Y es que, se decía, en las guerras de hoy sólo se ve a uno de los contendientes, bien al que ataca, bien al que recibe los ataques. No hay interacción entre los combatientes como ocurría en las guerras antiguas donde los soldados se visualizaban mutuamente y cada uno sabía quién era el enemigo hacia el que debía de apuntar su arma y dirigir el tiro. No, ahora, el combate es unidireccional: todo se hace y se dirige hacia un ente invisible que recibe el bombazo aéreo, el morterazo, el obús… Si a continuación no se obtiene respuesta de fuego es de entender que el campo está expedito y que podemos avanzar nuestras posiciones. E imagino que al invisible enemigo le sucederá otro tanto.

Al llegar a los estudios donde se grababa la serie bélica en la que Alberto participaba como quinto guionista se dio cuenta de que hoy todo ha quedado reducido a la pobreza semiótica de buenos y malos, o sea, de conmigo o contra mí. Qué lejos estamos, pensó, de esos días en que una persona, una localidad, un colectivo, se levantaba contra algo o alguien por injusto. Estar en rebeldía, no aceptar el orden establecido, era algo digno que entusiasmaba al espectador. El rebelde era un ser heroico admirado por todos. Hoy tal héroe, tal sentimiento de dignidad, no encaja con el pensamiento que dirige la sociedad. Ser rebelde contra lo que sea no está bien visto a no ser que sea una rebeldía debidamente establecida y considerada como conveniente en el Libro no escrito de lo Correcto y lo que no.

Alberto llegó a la conclusión de que después de todo la secuencia ideada no le había quedado tan mal. Era verdad que sólo se oían bombazos, que sólo se veían, hermosos en su color, fogonazos que llenarían la pantalla, y que los cuerpos de soldados en el fango con la cara entintada de camuflaje siempre resultaban muy cinematográficos; pero lo mejor era que al no verse al enemigo, a ese supuesto rebelde contra el que se combatía desde nuestra incuestionable legitimidad, tampoco se le vería sufrir por las heridas recibidas y mucho menos morir. La sociedad actual, en su cinismo, teoriza mucho sobre la rebeldía al tiempo que la combate escondiendo en lo posible el dolor cruento que su represión ocasiona. Hay que evitar siempre la incomodidad en el espectador, que no se adivine en su rostro un rictus de desagrado, no hay que suscitar en él una brizna de rebeldía.

“Delenda est monarchia”

—¿La Corona?

—Sí, aquí era.

—¿Cómo dice?

—Le digo que sí, que aquí era donde radicaba o residía la Corona. Pero ya no.

—¿Qué quiere decir?

—Pues lo que oye. Que no, que ya no vive aquí, simplemente porque ha desaparecido.

—Pero…, pero…, eso es imposible. La Corona no podía desaparecer así.

—Bueno, si usted lo dice…

—Hombre, yo sabía que la Corona llevaba sufriendo en medio de grandes dificultades desde hacía ya mucho tiempo. Pero…

—En efecto estaba mal desde hacía lustros; por eso cuando se produjo su inevitable final, en realidad nadie se sorprendió en exceso. Si le soy sincero le diré que a muchos nos satisfacía su proximidad, sentirnos arropados por su magnanimidad, pero no es menos cierto que desde hacía algunos años, quizás ella ya no era de este mundo, vamos, que se había quedado atrás, que ya era vista por todos como algo propio de siglos pasados, que para nada encajaba en el actual —respondió con tranquilidad y sosiego el receptor de la llamada—.  Ciertamente    —prosiguió— muchos la queríamos y para nada deseábamos perderla o dejarla a un lado. También, todo hay que decirlo, su actuación durante los últimos tiempos fue poco ejemplar y para nada digna de emulación. Los desplantes que familiares suyos hacían a sus paisanos e incluso la actitud egoísta y hasta avara manifestada durante muchos años por el padre, el patriarca en quien desde su niñez todos, pero especialmente ella, confiaban ciegamente, hicieron que incluso su gente, los de la Corona, estuviesen en boca de todos y no precisamente para bien. Conocer los devaneos amorosos y los descuidos monetarios de ese tal señor desde luego no ayudó a la Corona en las últimas temporadas. Todo se complicó aún más cuando los resultados electorales elevaron a puestos de responsabilidad y gobierno a seguidores de  ideologías y movimientos partidarios de controles férreos contrarios a veleidades. Los desplantes y desprecios que ella hubo de sufrir en muchas ocasiones no son para ser contados. Hasta personas consideradas de su máxima confianza la dejaron sola en más de una ocasión. La decrepitud, ya se sabe, tampoco ayudaba. Todo estaba en su contra. Pero, si me permite lanzar hipótesis, me da que lo que usted desea conocer es si su final fue violento o más bien natural. Y qué actitud han decidido tomar sus adeptos

El comunicante primero que había escuchado con suma atención y cara de asombro tan didáctica y extensa explicación estalló de manera incontenible: «Hombre, verá, yo me considero adepto suyo, claro, si es que esa es palabra adecuada después de lo ocurrido. Sé que con el tránsito de la última persona de la casa familiar, del fallecimiento sin heredero alguno del último testigo y mantenedor del apellido áulico se abre una gran incógnita. ¿Qué hacer? Cabe, eso sí, la posibilidad de seguir hacia adelante como si nada hubiera ocurrido. Es comportamiento muy nuestro, proveniente seguramente de nuestros ancestros árabes, actuar como si todo siguiera igual, ¡Dios proveerá! Pero ya se sabe que el final de una estirpe, de una línea familiar, no digamos ya de un apellido real, no puede obviarse. Habrá que enfrentar el hecho con determinación y ganas de resolverlo»

— Sí, claro, le entiendo perfectamente. “Delenda est monarquía” escribió Ortega a propósito de otro  momento histórico similar acaecido hace por lo menos 80 años y del que mucho se ha seguido hablando a pesar de que nadie hay ya en este mundo que lo viviera en directo. Cuando los testigos de la Historia desaparecen, ya se sabe, nacen las historias legendarias.

—Efectivamente, en esas estamos, aunque sin llegar a esos extremos aún —dijo como pensativo el adepto—. Lo cierto es que las últimas personas pertenecientes a la saga fueron tratadas siempre desde su niñez con apelativos regios: “mi tesoro, mi reina, mi rey” alternados eso sí con “mi amor, mi pasión, cariño mío” mucho más populacheros. Para acercarse al Pueblo de cuya aceptación dependía su existencia los miembros de la Corona, como se sabe, siempre se esforzaron por mostrarse extrovertidos, algo que no siempre todos lograban pues para eso hay que venir al mundo con ese don.

Tras decir esto la persona que llamó preguntando por la Corona quedó en silencio, si bien al poco comenzó a farfullar una serie de despropósitos que avisaban por sí solos de la pérdida no sólo de la Corona sino también de la cabeza de unos de sus más fieles seguidores.

—Ya, claro, los domingos por la mañana…, la COVID, —murmuraba con voz apenas perceptible—, imposible salir…, multas…, ¡Hola, amigos, os veo mal, quizás si orientarais mejor la cámara!… En fin, desde luego lo importante es oírnos, vernos aunque sea así…

—¿Le ocurre algo, amigo? —le cortó quien atendía el teléfono de la Corona—. Si me deja le sigo contando y dándole mi opinión. Para mí tengo que el Sistema comenzó a deteriorarse a raíz de la desaparición del iniciador de la Casa. La verdad es que siempre sucede así pues los fundadores son la base inamovible que sostiene todo el entramado. Mientras duran, nada se teme; cuando se debilitan o se ausentan temporal o definitivamente, todo periclita.

—Sí, claro, pero… ¿fundador don Germán?

—Ahora sí que ya no sé de qué coños me está usted hablando. Creo que debo cortar esta absurda comunicación con usted y recomendarle la visita a un buen psiquiatra. Pero antes, por favor, amigo, si logra tener un atisbo de lucidez me podría decir ¿quién es el tal don Germán de quien me habla?

El Río Tormes a su paso por Valcuevo donde Colón consultó su proyecto con los Dominicos

— Don Germán —explicó con voz profunda pero clara y diáfana el primer interlocutor— abandonó pronto Zarapicos, su villa natal castellana, a fin de procurar dar a la Corona un buen pasar y auparla a donde jamás en el pasado sus consanguíneos hubieran imaginado. A orillas del mítico Tormes, Germán se prometió a sí mismo que los suyos a quienes por tradición y nacimiento pertenecía se verían elevados a misiones que pocos zarapiquenses habían conocido. Siempre los héroes o fundadores de Casas y cosas importantes emergieron cerca o dentro de aguas sagradas y el Tormes que baña la comarca así lo atestigua: Lázaro de Tormes, auténtico Amadís pobre y profano, y hasta el mismísimo Cristóbal Colón se acercaron a su ribera para mejor renacer en sus muy diferentes prosperidades, si bien siempre al servicio y en beneficio de la Corona.(¿España?)

—Oiga, oiga. Creo que usted y yo estamos hablando de cosas bien distintas, ¿no le parece?

—Por favor, no me corte el rollo, amigo. Usted me ha pedido que le explique y eso es lo que estoy haciendo. Prosigo. Don Germán, un día ya bastante lejano decidió dejar las laboriosas tierras de su localidad y cambiarlas por un oficinesco puesto de administrativo en la Nueva España que por esos años se anunciaba. Era una España nacida tras el descalabro monárquico, anterior a la carnicería civil que poco tiempo después se desataría. La familia, como suele acontecer en nuestro país, fue montándose un mediocre pero estable pasar accediendo a puestos del funcionariado. Quienes poco aportan al progreso de una Nación suelen encargarse de ella, de sus engranajes, y allí construyen sus vidas. Las Obras Públicas, la Agricultura, el Servicio y conducción de las aguas hasta las casas, incluso las licencias de edificación ocuparon durante casi sesenta años los afanes de estos seres. Pero todo acaba, todo finaliza, todo cae, hasta lo más sagrado o que se pensaba inamovible. ¡Delenda est monarchia! Dª Hortensia Corona, huérfana señorita soltera de 94 años, dejó este mundo no ha mucho y su estirpe, la de la Corona, la de la familia Corona, se entiende, se extinguió con ella succionada por uno de los muchos agujeros negros de la Historia. Dios la tenga en su Gloria.

colas

La verdad es que las colas nunca habían sido para Lucía oscuro objeto de deseo y jamás habían llamado en exceso su atención. Con Irene, dada la tendencia actual de todo hacia el tamaño, hacia lo mensurable, siempre lo comentaba pues  ella pensaba igual  o de modo muy parecido

 — ¿Cómo es posible —me preguntaba Lucía muchas veces—   que la gente se pirre por que la suya sea la más larga? La verdad es que nunca lo he entendido.

— Si te paras a pensar y creo que en eso coincidimos ambas –me contestaba Irene, casi siempre con un ensayo de ironía en su rostro—  es la calidad lo que debiera primar por encima de otras consideraciones.

—Sí, sí, ya sé por dónde vas, por eso que reza  “Lo bueno si breve, dos veces bueno” —le dije en una ocasión mientras con picardía le guiñaba un ojo, que, por cierto, en ese momento me di cuenta de no haberle puesto su correspondiente ración de de rímel.

— Qué gracianesca te veo últimamente, Lucía. O mejor dicho, te escucho. Dado que esta conversación cuando nos surge deriva con frecuencia hacia lo proverbial echaré yo ahora mi cuarto a espadas para así abundar en lo que tú sueles afirmar. Efectivamente  “Más vale calidad que cantidad” o por seguir con tu querencia hacia don Baltasar «El intensivo por encima de lo extenso», que dijo el tozudo aragonés en conceptual lenguaje.

Al llegar al ético jesuita las dos mujeres parecieron olvidarse del motivo recurrente de su conversación y divagaron un tiempo por los dorados terrenos del XVII cuando ya los Oros imperiales empezaban a oscurecer quizás por la falta de calidad del mismo o por pretender pagar con poco a muchos. Solía sucederles que partiendo de una cuestión trivial la misma transitaba hacia confines insospechados, a veces históricos, literarios, sociopolíticos, religiosos, eróticos… Todo estaba a disposición de estas dos mujeres que habiéndose conocido no hacía mucho sin embargo se encontraban muy a gusto cada vez que coincidían y movían la húmeda.

—Pues tengo entendido que en Estados Unidos el “Oráculo manual y arte de prudencia” del turiasonense ilustre vendió más de cincuenta mil ejemplares en los años noventa del pasado siglo convirtiéndose en un auténtico breviario para ejecutivos —comentó Lucía al hilo de esa alusión a lo gracianesco por parte de Irene— . Según me cuentan el gran público recibió las 300 sentencias contenidas en la obra como un perfecto libro de autoayuda cuya vigencia en la actualidad está por encima de muchos otros. 

—Me encanta saber que lo nuestro es bien recibido allende nuestras fronteras –intervino Irene, que verdaderamente se había quedado de piedra al enterarse de que fuera de España se nos pudiera conocer y valorar  por algo más que por la fiesta, el vino, el jamón y el tiqui taca de la Selección de fútbol.

—No quieras saber la larga cola de don Baltasar…

—Por favor , Lucía, controla un poco —la interrumpió Irene—  ¿Eres consciente de lo que estás diciendo? ¡Hija, que se trata de un jesuita!

—Pero bueno, chica, ¿qué pasa, es que sólo a nosotras nos han de gustar las largas colas?

—Mujer, no te enfades, pero hablar así de un sacerdote no me parece conveniente.

—¿Y de tus colas sí, Irene? Venga, venga, vamos a lo nuestro, atiende a tus lectores. A propósito, ¿te das cuenta de que ahora yo la tengo más larga que tú?

—Echaré mano del “Más vale poco y bueno, que mucho y malo”. Es lo que toca hoy, ¿no? Ja, ja…

Latrocinio

Apareció quemado y escondido entre la hojarasca de la zona del Pinar a las afueras de Simancas en la provincia de Valladolid. Al principio según lo olfatearon los perros, un labrador y un lagotto, pensó que podía ser un cadáver. No era la primera vez que alguien había dado matarile por esa zona a una chica o a un competidor en el mercadeo de drogas. Gregorio Sandoval, dueño de la librería Sandoval, la más importante de la capital castellanoleonesa, y entusiasta trufero, hablaba con Cibrán, el inspector de la Comisaría Valladolid-Delicias, encargado de dilucidar ese extraño caso.

Hacía dos días que saltaron todas las alarmas: el Archivo de Simancas había sufrido el robo de una serie de documentos medievales que guardaba entre sus fondos. Se había notado la falta de cajas que guardaban manuscritos del periodo prerrenacentista, en concreto referidos a la Corona de Aragón. Que en el siglo XXI alguien se arriesgase a robar documentos de un Archivo histórico cuyo valor era meramente cultural no dejaba descansar la mente de quienes dialogaban:

—De manera que paseaba usted por esta zona buscando trufas. ¿No es así?

—Así es, inspector. Aprovecho las mañanas de los domingos para, al tiempo que descanso, buscar trufas si es época de ellas— le respondió Gregorio, y añadió—: si son buenas se las vendo a Ezequías. En su restaurante siempre les da salida. Y yo me saco unos eurillos extra.

—Tengo entendido que es usted un estudioso de la Historia y visitante habitual del Archivo. ¿Cierto? —siguió preguntando Cibrán.

Antes de aparecer el cartapacio quemado con restos de documentos en su interior, cuando todo apuntaba a que los ladrones querrían colocarlos en manos de algún coleccionista privado o sacarlos de España para venderlos en el selecto mercado de antigüedades de ciudades como París o Ámsterdam, Cibrán había pasado lista a la relación de asiduos al Archivo. En esa lista y en lugar preeminente se encontraba el librero Sandoval. 

Con puntualidad soviética, todos los días de la semana a las 10 de la mañana, Gregorio abría su librería. Llegaba a la Plaza del Salvador un cuarto de hora antes procedente de  la urbanización Parquelagos en Laguna de Duero, localidad a siete kilómetros de la capital, donde residía. Su vida, la verdad sea dicha, era muy rutinaria. Estaba en el negocio de 10 a seis de la tarde, momento en que era sustituido por Bárbara, su mujer. Bárbara era profesora de música en el IES “Miguel Delibes” de Valladolid. Llevaban casados 24 años. Ella era la encargada de cerrar la librería para así permitir a Gregorio desarrollar su gran hobby, la investigación histórica. Todos los días, él se acercaba hasta Simancas distante cinco kilómetros de la ciudad para en su Archivo General trabajar sobre el tema que le apasionaba: el compromiso de Caspe. Los fines de semana, cada uno de ellos, Bárbara y Gregorio, se afanaban en sus pasiones: cuando no era temporada trufera, Sandoval en sus indagaciones sobre lo acontecido en Caspe; y ella en la música que sonaba en Castilla y Aragón en el paso de la Edad Media a la Moderna.

A Cibrán Verdiñas se le hacía muy cuesta arriba admitir que Gregorio fuera el autor del latrocinio por eso de que llevaba acudiendo al Archivo desde hacía seis años como poco. ¿Por qué, de haber sido él, habría hecho el hurto ahora? Y además, si lo hubiera hecho —decía para sí—,  ¿por qué reducir los documentos a cenizas tras tanto esfuerzo y años de estudio? La verdad era que se encontraba bastante perdido. Por ahora su labor policial se reducía a ir recopilando datos y disponiéndolos en la pizarra de su despacho. En ella destacaban dos elementos sobre el resto, la historia y la música antigua. «No son mis aficiones favoritas  —pensaba mientras con sus ojos repasaba lo apuntado con rotuladores de varios colores en la velleda blanca que ocupaba buena parte de la pared del despacho—,  pero tendré que ponerme las pilas al respecto si quiero sacar algo en claro de todo esto».

En Laguna de Duero el matrimonio Sandoval era tenido por una pareja de sabios y eruditos dedicados a lo que a nadie hoy interesaba. Cibrán topaba con un muro cuando buscaba por ahí. Propiedades económicas, pocas eran las de ambos cónyuges. Prestigio intelectual, mucho. En la ciudad, Bárbara era muy considerada por las audiciones de música medieval y también barroca que en fechas señaladas organizaba en iglesias desacralizadas como la de Cristo Rey en Tordesillas a poco más de 30 kilómetros de Valladolid. Bárbara sentía predilección por los poemas y canciones pastoriles del castellano Juan del Enzina, y por las referencias que en el Cancionero Musical de Palacio se hacía a la polifonía en la Corona de Aragón. Precisamente este interés por la música en Aragón en el siglo XV propiciaba que el matrimonio dialogase mucho a propósito de los documentos que albergaba el Archivo sobre ese período histórico.

Gregorio pasaba en el Archivo las tardes y los fines de semana no truferos enfrascado en las correrías que durante los primeros años  del siglo XV siguieron los distintos candidatos a la Corona de Aragón que había quedado sin rey tras haber fallecido Martín el Humano sin hijos y sin haber designado sucesor. Como ocurriría trescientos años más tarde en España, la guerra de Sucesión con distintos candidatos apoyados por unos y por otros fue la fórmula empleada para colocar un Rey en la Corona. «La historia parece siempre condenada a repetirse», se decía Gregorio mientras en su cabeza veía cabalgar los ejércitos del Conde de Urgell, favorito en la disputa; del bastardo D. Fadrique; del Duque de Calabria, apoyado por los condados de Aragón y de Cataluña; y de Fernando de Antequera, convidado de piedra en apariencia  al venir su candidatura por vía femenina además de por la dinastía castellana de los Trastamara.

Bárbara era una enamorada de la música y la letra de los villancicos populares de Juan del Enzina. En épocas tan rígidas en lo religioso se quedaba atónita ante letras tan poco políticamente correctas como la del “Hoy comamos y bebamos” del de Fermoselle. «La verdad —decía para su coleto— es que en todo tiempo se han comido coles, y en el XV las personas se moverían por impulsos semejantes a los nuestros». Luego compartía con su marido estos pensamientos en amenas charlas. Gregorio, a propósito del contexto pastoril y bucólico en que aparecía el ‘Hoy comamos y bebamos’ enzinero le recordó que en ese momento la Mesta y los inmensos rebaños de merinas eran riqueza en Castilla. Él por sus investigaciones sobre lo sucedido en Caspe sabía que la industria textil en Cataluña había empezado a despuntar y que el textil precisaba de materia prima para elaborar productos.

El inspector Verdiñas había añadido a la pizarra en posits amarillos referencias históricas contenidas en los documentos desaparecidos comunicadas a él por Sandoval a lo largo de las conversaciones mantenidas. La verdad es que todo era la mar de raro. O sea que los aragoneses en el siglo XV ante la orfandad de rey en que se encontraron habiendo podido elegir como rey al de Urgell del que no cabía sospecha alguna sobre su orientación política, van y eligen al extremo opuesto, a Fernando de Antequera lo que suponía mudar de la dinastía catalano-aragonesa a la Trastamara castellana. Y por si esto fuera poco, además, precisamente fueron los compromisarios del condado de Cataluña, llegados a Caspe al igual que los de Valencia, Aragón y Baleares para elegir al sucesor de Martín I, quienes más pujaron por el candidato castellano.  ¿Por qué?

Cibrán en un arrebato difícil de explicar colocó en su pizarra, entre dos inmensos signos de interrogación, un post-it de color más amarillo esta vez en el que podían verse varias palabras y expresiones entrelazadas: Orwell, Miniver, Neolengua, Principios (Que la Verdad histórica no te estropee un Proyecto), Caspe, Economía, Política, Hoy… Riéndose para sus adentros Cibrán Verdiñas no pudo reprimir que de sus labios saliese a la vista de todas esas expresiones concatenadas un «El muerto al hoyo, y el vivo al bollo. ¿Quién me iba a decir a mí que la clave de este robo estaría en el intento de reajustar la Historia de acuerdo a lo que debe ser y no a lo que haya sido? Aunque a lo mejor, claro, estoy equivocado».

Bárbara y Gregorio desayunaban sin prisas en su casa de Laguna de Duero por primera vez en tiempos. Sus aficiones culturales habían servido a la Policía para encontrar, quizás, un móvil del robo y destrucción de documentos referidos al Compromiso de Caspe. Castilla y Aragón; Aragón y Castilla estaban en esos documentos sentando las bases del futuro. Un futuro que hoy, quizás, no satisfaga a alguna de las partes. Los versos de la canción de Juan del Enzina aunque de tema religioso encerraban una explicación de comportamientos humanos aplicable, quizás –por qué no-, a lo sucedido en Caspe, aunque nada pertinente hoy. Mucho menos cuando todo apunta a que la Historia, quizás, vuelva a repetirse.

—Bárbara, canta para que las recuerde las primeras estrofas de ese villancico pastoril —le pidió Gregorio.

Hoy comamos y bebamos /  Y cantemos y folguemos, / Que mañana ayunaremos.

Por honra de sant’ Antruejo / Parémonos hoy bien anchos, / Embutamos estos panchos, / Recalquemos el pellejo.

Que costumbre és de concejo /  que todos hoy nos artemos, / que mañana ya veremos. /  […]

Una receta salvadora

A sus oídos llegaba, inaudible y constante, el sonsonete de una cruel canción infantil. Manolo Pirolo mató a su mujer…, la hizo cachitos… Se debatía por escapar de su embrujo. Imposible. Inexplicablemente sintió precipitarse por un hueco, una especie de tubo como el usado por los albañiles para echar escombros afuera. Alguien, no recuerda quién, lo había ayudado a encaramarse al alfeizar de la angosta ventana del cuarto de aseo. Su cabeza no lograba entender cómo había podido pasar su cuerpo por tan estrecho vano abierto en el muro. Al tiempo,  mientras durante unos larguísimos segundos caía por el tobogán metálico, su mente se dislocaba al advertir que la resbaladera por la que se despeñaba surgía, cual trompa de elefante, de un amplio ventanal abierto en el dormitorio principal. 

ooOoo

—Bueno, bueno, Alberto, vamos a ver —inquirió Roberto, mirándole con cara de asombro—. Habíamos quedado en que la historia que queríamos contar iría de comida, grande bouffe, gastronomía de alto nivel tipo última promoción del Culinary Basque Center, o algo así. ¿Qué es entonces esta historia de confusión mental y psicoanálisis que me estás contando?

—En ello estoy, Robert. ¿No has reparado en la canción popular que resuena en los oídos del personaje?

—Sí, claro que he reparado, pero… —respondió con evidente malhumor Roberto. Su aspereza mudó en sorpresa al percatarse de que al habitual estruendo de la calle se acababan de sumar una serie de estallidos. Dirigió sus ojos a la ventana abierta olfateando una inmensa humareda en la que se entreveían con dificultad, desprendidos de su matriz, pequeños jirones de fuego que apenas duraban un instante antes de fundirse y desaparecer en la nube tóxica.

Los dos Bertos se lanzaron al unísono hacia la ventana para cerrarla y evitar que el fuego y el humo inundasen la habitación. “¡Larguémonos!”, se dijeron ambos con la mirada iniciando una galopada hacia la puerta del piso para enfilar las escaleras del edificio. De récord fue el descenso, digno del mejor runner de la carrera vertical del Empire State Building neoyorquino. (Sí, sí, amables lectores, lo sé, lo sé, no hay por qué ponerse bravos, sé que la carrera que cada mes de mayo se hace en Nueva York es ascendente y la de estos dos Bertos ha sido descendente. Ruego me disculpen, pero no he podido soslayar el símil. Sorry!)

Ya en la calle, Roberto y Alberto vieron que los bomberos combatían las llamas que salían de los bajos del edificio. “¡Apártense, apártense. Dejen trabajar a los servicios de extinción!”. De pronto de dentro de la humareda, como una aparición, surgió vociferante y envuelta en llamas una persona sobre la que se arrojaron dos miembros del Cuerpo provistos de sendas mantas ignífugas. Los gritos que lanzaba el pobre hombre eran espeluznantes.

—¿Qué ha pasado? ¿Cómo se ha originado el fuego? —preguntaban los Bertos a quien quiera que pasaba por su lado sin obtener respuesta satisfactoria alguna.

—Parece ser —dijo, algo atacada de los nervios, una chica joven vestida de negro, con delantal y cofia blancos— que Frederik  esperaba la visita de Joxe Mari Aizega, director del Basque Culinary Center. Había contactado con Joxe Mari para pedirle consejo sobre aspectos importantes del negocio. Luchaba por conseguir que el restaurante saliese a flote.

—Frederik , Joxe Mari Aizega, el Basque Culinary Center… La verdad —dijo Alberto dirigiéndose a la joven con aspecto de camarera de sala— es que no me entero de nada. Porque dígame, señorita…

—Nina . Me llamo Nina Ivanov, para servirle a usted.

—Pues eso, Nina  —siguió diciendo Alberto, ahora ya más tranquilo al haber encontrado por fin una persona que se avenía a hablar con ellos—, queno logro relacionar los nombres que das con el fuego en ese local. Si quisieras explicarte con más claridad no sabes lo mucho que te lo agradeceríamos.

—No problema, brothers. Yo les explico. Frederik, en realidad Frederik Izcovich, es el propietario y jefe del restaurante ‘Balalaica’, que a la vista de lo sucedido no sé si seguirá existiendo y si yo conservaré mi empleo y condición o habré pasado a engrosar las listas del paro. Bueno, a lo que voy. Frederik, tras esta época aciaga que hemos sufrido, deseaba dar al negocio un impulso grande por ver si remontaba. Contactó con el centro vasco y Joxe Mari Aizega, su director, quedó en pasarse por el local para evaluarlo y buscar una solución.

—Sí, todo eso está muy bien, pero para que comience un fuego tiene que haber un iniciador, algo que lo propicie o alguien que lo produzca, ¿no? —comentó Roberto mientras miraba a Nina con un interés ahora algo distinto al meramente interrogativo.

—Frederik quería sorprender a Joxe Mari —siguió explicando Nina  ya más tranquila, al haber asimilado seguramente la situación y valorado en su justa medida que en la balanza salud y economía, su propia salud era mucho más importante que el trabajo que decididamente habría perdido—. Por eso llevaba semanas ideando nuevos platos, nuevas fórmulas culinarias. Entraba con frecuencia en la página del programa televisivo de Karlos Arguiñano para estudiar, ensayar, practicar, y así luego elegir alguna de sus recetas e incorporarlas a la carta del ‘Balalaica’.

—Vamos, que por lo que nos dices —intervino Alberto— Frederik  estaba trabajando en su negocio como siempre cuando estalló el incendio. Entiendo que por un error suyo, una fuga de gas o algo parecido, ¿no es así?

—Seré más clara, chicos. Queríamos algo espectacular que pusiese el negocio en órbita. Como os decía, Frederik  exploraba la web de Arguiñano obsesivamente. Dos platos habían llamado especialmente su atención: Carne guisada con patatas del chef vasco Bruno Oteiza, y filetes rusos de jamón y queso del mismísimo Karlos Arguiñano.

—Siempre pensé —comentó irónicamente Alberto dirigiéndose al otro Berto— que la hostelería no tenía mayores problemas que los derivados de la mala baba de aquellos parroquianos que a la hora de pagar no están conformes con la cuenta. Ahora veo que unas inocentes recetas gastronómicas pueden no serlo tanto.

—Especialmente — dijo Nina, con rapidez y bastante alterada— si al maître y dueño del local se le mezclan confusamente en su cabeza el amor y el negocio.

Amor y negocio. ¿Qué tendría que ver una cosa con la otra? Alberto no podía sustraerse de aquella otra frase emblemática que siempre había procurado aplicarse a sí mismo. Era cierto, en la olla no convenía meter la… Relaciones personales y profesionales nunca casaron bien.

—Si al principio de conocerte no lográbamos entender la relación existente entre Frederik, el Basque Culinary Center y Joxe Mari Aizega, comprenderás ahora, Nina  —intervino Roberto, siempre menos reflexivo que Alberto—, que el añadido de chefs vascos y guisos no sirva para aclararnos mejor la situación.

—Sí, sí, lo comprendo —contestó entre lágrimas Nina— pero así ha sido. Lo siento, no puedo decir más.

Anochece. Sentados los Bertos en una mesa del conocido restaurante “Los minutejos”, la omnipresente televisión acalla con volumen impertinente las conversaciones de los comensales y muestra imágenes del voraz incendio acaecido esa mañana en los bajos del edificio de la productora que dirige Roberto. El restaurante “Balalaica” había quedado reducido a cenizas. Su propietario, de nombre Frederik, había salvado milagrosamente la vida al salir con ayuda de los bomberos por la ventana de los aseos que estaban reformándose. Con quemaduras de primer grado en el 65% de su cuerpo, se encontraba ingresado en el hospital. La policía intentaba esclarecer el asunto. Un soplete, restos de gasolina y alcohol de quemar habían sido encontrados en el lugar.

En la UCI de la Unidad de Quemados del Hospital Provincial un hombre del que, entre los vendajes que cubren su cuerpo, sólo se ven los ojos, no puede evitar en su estado de semiinconsciencia que machaconamente resuene en su cerebro una malhadada melodía infantil. Cuando logra sacársela de la cabeza recuerda que, tras la visita del gerente del Basque Culinary Center, eligió la receta de Filetes Rusos de Arguiñano como mejor solución para sacar el Balalaica a flote. Lo fundamental, siempre repetía el chef vasco, era la calidad, nunca engañar al comensal. Buscaría una ternerita que fuera auténticamente rusa. Si no, ¿a santo de qué llamarlos Filetes Rusos?

Cuando vio a Boris, cuchillo chacinero en ristre, recorrer nervioso y con expresión ausente el restaurante farfullando Lo importante es asegurar la trazabilidad del producto, lo importante es la trazabilidad del producto…, reconoció el peligro. La señora Izcovichova, de soltera Nina Ivanov, se abrazó a él, lo llenó de besos y lo condujo hasta los aseos del Balalaica entre mimos y engañosas muestras de felicidad conyugal susurrándole al oído: —Cariño, aséate y prepárate. Si ya se vislumbra la luz y nos acercamos al final del túnel, creo que merecemos darnos un homenaje, una despedida por todo lo alto. Ahora vuelvo, amor, organizo todo, me  preparo, y vuelvo—.Y cerró la puerta tras de sí.

ooOoo

En la calle jugaban unos niños cantando: Manolo Pirolo mató a su mujer, con siete cuchillos y un alfiler. La hizo cachitos y la fue a vender. ¿Quién quiere trozos de la mi mujer?

Un soneto me manda hacer Violante

(Aviso: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

  —¡Madre mía! Mira que esta Paloma, tiene unas cosas…

  —¿De qué hablas, Juan Carlos?

  —No, nada, cosas mías. Bueno sí, tocayo de primer nombre, me refiero a la propuesta que Paloma hizo el jueves pasado sobre escribir un relato utilizando exclusivamente el diálogo.

  —No parece tan complicado; o a ti ¿sí te lo parece?

  —Pues qué quieres que te diga. Desde el punto de vista de la forma, ya se sabe, nivel coloquial, texto fluido y vivo… No, la cuestión que me ha hecho perder el sueño esta noche ha sido el asunto. Porque sí, claro, hablar se puede hablar de cualquier cosa, pero para hacerlo con interés y gracia no vale cualquier anécdota.

  —No sé, no sé, te veo algo engatillado. Literariamente hablando, por supuesto, ja, ja… Pregunta a Nacho, a Ana, a Antonio, a Carlos, a la misma Paloma incluso. Ellos te podrán ayudar.

***

  —Sí, a mí también me dejó algo descolocado. ¿Sólo diálogos? Siempre me pareció algo infantil escribir una historia de esta manera. Me recuerda a los dibujos desmañados que los niños realizan de la casa, la mamá, el hermanito y el perro; junto a cada imagen el nombre que  la identifica dado que los colores chillones y desubicados no sirven para reconocer con claridad los referentes reales.

  —No es mala analogía, Nacho, la que acabas de hacer. Aunque también es cierto que hay dibujos de niños que son una maravilla no por su destreza en el trazo, sino por la gracia e inteligencia que bajo los mismos se esconde.

  —Si habláis de niños yo puedo ayudaros. Se me dan de perlas.

  —No, no hablamos de niños, Ana. En todo caso hablamos de cómo poder escribir con la gracia de un niño que no es lo mismo. Vamos, quiero decir, sin intermediarios.

  —Ah, bueno, eso es otra cosa.

  —¿Y tú, Carlos, cómo lo ves y piensas enfocarlo?

  —Desde ayer me ronda por la cabeza nuestro paisano Juan de Mairena. Digo paisano por eso de los cierres perimetrales autonómicos tan al uso últimamente o también porque Cádiz es playa sevillana desde siempre.

  —No te vayas por los cerros de Úbeda, Carlos. Que veo que de Sevilla, saltas a Cádiz y por menos de un pimiento te engolfas en la provincia de Jaén. ¿Qué me digo? Pero si yo ya estoy en ella, concretamente a dos pasos de Baeza. Qué manera de viajar sin mover un músculo.

  —Para, para, Juan Carlos, que no me dejas hablar. Sólo quería decirte que a mí también me habría sido más orientativo un asunto como, por ejemplo, “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” o aquel otro que dice eso  de “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”.

  —Estás sembrado, Carlos, sí señor. Me acabas de recordar el chiste aquel de Jesucristo diciendo a sus apóstoles: “Ahora me veis, luego no me veréis, pero más tarde me volveréis a ver”. A lo que su docena de seguidores respondió: “Joder, Maestro, qué claro hablas”. Veo por tu cara, Antonio, que te ha hecho gracia mi provocada dispersión. Me encanta. Creo que lo más adecuado será preguntar directamente a  la autora de la propuesta, o sea, a Paloma.

***

  —Mira que eres  pardillo, chico. En lugar de estar ideando una buena historia con estos escasos materiales estás dándole vueltas y vueltas a una cuestión que no tiene recorrido alguno. Lo que tienes que hacer es ponerte a trabajar y dejarte de chorradas.

  —Mujer, chorradas chorradas, no. Querría hacerlo bien, eso es lo que pasa y por eso….

  —Nada, bobadas. Veo que a ti y a los demás lo que os encanta es enrollaros en descripciones interminables, argumentaciones innecesarias, repetición de ideas con mil y una variaciones de vocablos a fin de mostrar vuestro ingenio infinito, enlazar oraciones subordinadas con otras a su vez aún más subordinadas hasta que el lector sucumba de hipotaxis aguda.

  —No, chica, no. Me gustaría escribir algo que tenga sustancia, cierta profundidad, gracia, denuncia…, lo que sea. Pero así en forma dialogada, con la velocidad que ese formato impone, la falta de reflexión que supone en sus protagonistas… No sé, Paloma, a mí al menos se me hace cuesta arriba.

  —¡Sí! Pues ajo y agua, amigo. La verdad es que sois, mejor dicho eres, Juan Carlos, porque tú has sido quien ha provocado esta reacción, bastante cortito. ¡Pero no te das cuenta, alma de cántaro, de que lo que estoy proponiendo es aquello tan aparentemente sencillo de “Lo que pasa en la calle” Hala, hala, ponte a currar y déjanos a todos tranquilos. ¡Madre mía, qué hombre!

VACÍO

Los preparativos lo tenían inmerso en una vorágine de emociones. Llevaba así desde que los cinco de la cuadrilla más las novias y amigas fuertes de cada uno acordaron tres meses atrás que de este año no pasaría, que este año estarían en los sanfermines. Y el momento había llegado ya. Cuando decidieron acudir a correr alguno de los encierros la fecha elegida para hacerlo a todos les parecía lejana por demás. Pero ya estaban allí, en el bed&breakfast que por un precio elevadísimo habían contratado por Air B&B. Eran las 7 de la mañana, la hora convenida para levantarse. Sí, había llegado el momento y la ocasión, como suele decirse, la pintan calva. No cabía echarse para atrás. Él era quien más había insistido en celebrar in situ la fiesta de Pamplona.

Alberto, Juana y Sonia habían decidido no levantarse siquiera. La noche anterior se habían pasado en la cena un poquito con el vino, el pacharán ofrecido por el restaurante tras los postres y los cubatas que tomaron por Estafeta hasta ni saben ya qué hora –sin duda alguna, alta- de la madrugada. El resto por su parte confesaron encontrarse en perfectas condiciones para realizar la carrera. Total, todo se resumía en unos emocionantes 2 minutos y medio aproximadamente. Correr, correr y correr era lo único que había que hacer. Tampoco parecía tan difícil, ¿no?

El bullicio, el color rojo inundándolo todo, las canciones. “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro…” Los periódicos alzados dirigiéndose casi amenazadores hacia la hornacina en la que se refugiaba un pequeño San Fermín allá en la cuesta de Santo Domingo dejaban traslucir en los rostros serios de los corredores el chute de adrenalina que el momento y la inminencia de la suelta de los toros suponía. Manuel estaba ebrio de emoción. La noche anterior había tenido especial cuidado con la bebida. Los veteranos del grupo –Jimmy, Carlos e Iñaki- lo habían advertido seriamente.

  • Si queremos hacer una buena carrera y salir indemnes tenemos que acudir a ella tras una noche tranquila. Beber poco y dormir lo más que se pueda.

Así lo habían hecho y tras un desayuno suave, sólo un café y dos o tres galletas, allí que estaban con los nervios a flor de piel pidiendo la protección del santo de Amiens “… dándonos su bendición / ¡Viva San Fermín! ”.

La luz cegadora sobre sus ojos entornados y el bullicio de nuevo, las voces que a su alrededor oía sin poderlas ubicar correctamente lo tenían ciertamente aturdido. Nervios. El color blanco era el predominante. Y el rojo, también, sí, claro, el rojo, cómo no, estamos en San Fermín.

De los chicos era Iñaki quien más experiencia tenía por haber corrido ya cuatro o cinco veces los encierros. El día antes no se cansó de dar recomendaciones a los amigos. No beber esta noche, cuidado con los porros, la cocaína para despejarse no es buena cosa pues puede hacernos perder la conexión con la realidad… ¿Habría yo perdido dicha conexión? …; el estómago ligero para la carrera, tiempo habrá después de haber corrido para tomarnos un buen chocolate con churros en Estafeta… Churros, qué ricos…, pero yo…  ahora…  Tengo hambre, mucha hambre, siento un vacío grande en el estómago…

Jimmy y Carlos corren a mi lado, los estoy viendo. La sangre me golpea las sienes, sube a borbotones por las carótidas, el corazón parece irme a 200 por hora… Iñaki ha desaparecido, su pañuelo verde no logro distinguirlo en esta tolvanera de seres que corren y corren sin saber a ciencia cierta dónde están los toros o los cabestros que también pueden darte un fuerte empellón y arrojarte al suelo. Jimmy, el pequeño Jimmy, se ha resbalado en la curva de Telefónica, creo, pero no puedo pararme a mirar y menos a ayudarle… Corro, corro y corro como nunca jamás lo he hecho… Ya no puedo más. Carlos me dice que me aparte que el zaíno está muy cerca de mí…

El rojo lo inunda todo. Sobre el blanco, el rojo. Sí, también hay algún verde. Iñaki lo lleva o lo llevaba, he perdido el sentido del tiempo. Sólo dura algo más de dos minutos, pero a mí se me está haciendo eterno. ¿Dónde estoy? Ya no es el ruido como el de antes. Parece como que el silencio que precede al cántico a San Fermín se enseñorease en el espacio. “Entzun arren San Fermin / zu zaitugu patroi / zuzendu gure oinarrak / entzierru hontan otoi / ¡Gora San Fermín!

Las chicas decidieron no participar.  Juana y Sonia lo tenían claro desde el día anterior y por eso cenaron bien, bebieron mejor  y se acostaron tardísimo. Teresa, Maika y Lucía sin embargo tenían el propósito de acompañarnos al menos unos metros durante  la carrera. ¿Qué parte del recorrido sería el mejor para todos? La cuesta de Santo Domingo exigía tener una buena punta de velocidad pues al principio los toros tienen toda la fuerza del mundo, aunque también, como nos advirtió Iñaki, en esos primeros metros los bravos van bien arropados por los mansos y no hacen tantos derrotes como cuando, avanzado ya  el encierro, se desentienden de los cabestros y tiran a todo lo que se mueve.  Decidieron las chicas colocarse al final de Santo Domingo, en la parte derecha del tramo Ayuntamiento y Mercaderes; pensaban con acierto que desde allí verían venir a la manada y podrían buscar refugio seguro tras una breve carrera. Los chicos, claro, no podíamos ser tan prudentes. Elegimos Telefónica, próximos ya al Callejón, queríamos finalizar entrando en la plaza de toros; nos había dicho Iñaki que a esa altura del recorrido los toros ya iban cansados y aunque hubiera peligro sería más fácil esquivarlo.

No sé por qué veo ahora más verde que rojo; es fácil, pienso, que el madrugón y el cansancio de toda la jornada me confundan y que hasta me hagan víctima de un daltonismo que no sabía que padeciera. Los pañuelos al cuello me parece verlos girados sobre las bocas como si de barbijas o tapabocas se tratase. Me duele mucho el glúteo izquierdo. He debido resbalar y caerme como le ha pasado a Jimmy. No sé dónde estoy y no veo a Jimmy…

Gracias a Dios, Carlos me ha avisado y he tenido tiempo de apartarme a mi derecha. La imagen de los recortadores que tanto me gusta ver durante las fiestas se apropia de mi cabeza. El zaíno, más bien negro bragado, ha agachado la testuz izándola de nuevo con enojo y en su brusco zarandeo ha topado conmigo que he resultado sacudido hacia arriba perdiendo contacto con el suelo.

Tampoco están ellas, sobre todo no veo a Teresa. Ese berrendo  que entró con tanta fuerza en Mercaderes habrá tenido que ver con su desaparición. ¡Tantos proyectos que teníamos! No te preocupes, Manuel, estoy aquí. Me tranquiliza oírla; está bien. Tranquilo, estás en buenas manos. En buenos pitones, pienso para mí. Ese zaíno… ¡Mamá! ¡Mamá!…

Las sirenas de una ambulancia resuenan en el silencioso bullicio de Pamplona. Los facultativos se dan el parte: ‘herida por asta de toro en el pliegue del glúteo izquierdo, con dos trayectorias de 3 y 7 centímetros; y una segunda cornada que interesa al riñón derecho con rotura traumática de la arteria renal. Ha perdido mucha sangre.’ No conozco a nadie, sus voces me confunden, usan un léxico que no comprendo: nefrectomía parcial, obstrucción urinaria, derivación urinaria necesaria… Hay una expresión que sí que entiendo: estado muy grave.

No hay nadie ya a mi alrededor aunque percibo que hurgan en mi cuerpo vuelto de espaldas sobre una fría camilla. Otra vez esa luz intensa sobre mis ojos… Alguien quiere abrírmelos y mirar en su interior… Teresa no está… ¡Mamá!… Quiero llorar, quizás así alguien acuda… Los ojos no responden… La luz de nuevo quiere entrar en ellos… ¿No estaré soñando? 

Camino solo por una calle desierta que conozco de siempre pero que inexplicablemente no puedo decir cuál es. No sé por qué sólo yo estoy en ella. Es una calle de muchísima circulación, siempre está llena de vehículos, de sonidos de cláxones, de motores que echan humos mortales, de personas que caminan agitadas hacia ¿dónde o qué? A hacer alguna compra seguramente. Pero lo que veo ahora es nada, la Nada. Un verso clásico y romántico acude a mi cabeza, decía algo sobre lo solos que se quedaban los… No, Dios mío, eso no. Aunque, bueno, habrá que conformarse, de nada sirve exasperarse. Intentemos arreglar lo que se pueda arreglar…

¡Manuel, Manuel, abre los ojos, vamos, venga, levanta! Como sigas así no sé yo si llegaremos al encierro.

Política ficción

Que vivimos en una realidad virtual es algo que cuando jóvenes nos advertían los mayores. Naturalmente uno desdeñaba estos avisos pues los viejos, ya se sabe, están siempre viendo catástrofes y demonios por doquier. No te digo ya cuando, considerando la deriva que seguía el mundo, la sociedad o el país en que nos encontramos, nos prevenían de los peligros en que podríamos incurrir o nos recordaban el pasado: sí, ya sabéis, esas cosas que dicen que ocurrieron años antes de que naciéramos, o sea, cuando inexplicablemente el Mundo ya estaba puesto en pie y eso que aún nosotros no habíamos llegado a él.

Toda esta larga introducción viene a cuento del sesgo que la política está tomando entre nosotros. Al ejercicio de la misma de siempre se han dedicado no pocos teóricos, en especial profesores y otros intelectuales que gustan de discurrir en su magín e imaginar evoluciones y cambios que sólo podrán realizarse gracias a sus magníficas dotes para la misma. El grueso del ejército político está formado por funcionarios, licenciados en leyes y juristas en ejercicio. Últimamente entre los funcionarios hay muchos profesores universitarios, en especial provenientes de las facultades de Ciencias Políticas y Sociales.

Cuando veo cómo se mueven y actúan estos neófitos con gestos de impostada grandilocuencia y cómo constantemente rememoran lo acaecido en España durante la década de los años 30 del siglo pasado no puedo por menos que pensar que estos chicos de en torno a los cuarenta años de edad -ahora se es chico, muchacho, joven, chaval, hasta edades bastante avanzadas- lo que están haciendo es una especie de ejercicios al estilo de esas prácticas que en la universidad proponían a sus alumnos.

Experimentar, innovar, cambiar, ensayar, teorizar…, todo eso es consustancial al ejercicio de la práctica política. Lo malo es cuando se presenta envuelto en giros argumentales al estilo de exitosos seriales televisivos que, se está comprobando, son su alimento principal junto a apolillados volúmenes de trasnochada teoría política socio-económica. Qué daño han hecho -y están haciendo- en ciertas cabezas inmaduras series como Juego de tronos, El ala oeste de la Casa Blanca, House of Cards o la magnífica Borgen.

Parece mentira que personas a las que queremos creer mentalmente bien formadas no alcancen a vislumbrar los límites que existen entre lo ficcional y lo factual. Malicio que sí lo saben pero que su intención es explotar la indefinición de fronteras que al respecto tienen muchos de aquellos que las ven. Los y las Belén Esteban de turno han sido sustituidos ahora en los platós televisivos por políticos y periodistas poco independientes que en prime time acaloradamente discuten, se insultan, casi llegan a las manos por, teóricamente, apoyar unos u otros planteamientos políticos. Al convertir la política en espectáculo de masas, los ciudadanos -algunos utilizan la expresión ‘la gente’- la integran en su cotidianeidad y disfrutan con los zaskas que se dan unos a otros añorando ser convocados a manifestarse en la calle por cualquier motivo o a las elecciones que sean para sentirse vicariamente protagonistas.

¡¡Y que en un país taurino no nos demos cuenta del tremendo engaño y de quienes lo tremolan ante nuestras narices!! Quizás esto explique que la fiesta de los toros esté en horas bajas.

Elegir

Vivir es un ejercicio constante de elegir entre opciones o posibilidades. Estas elecciones son la base de la libertad. Somos libres, nos decimos libres, nos creemos libres simplemente porque elegimos. Elegimos amistades, elegimos estudios, elegimos trabajo, elegimos pareja, elegimos ser padres, elegimos administradores de la finca donde vivimos, elegimos… Sí, constantemente elegimos. La pregunta que me hago es la de si cuando opto por algo dejando otras opciones afuera estoy siendo libre en sentido pleno. Aquí ya tengo mis dudas.

Creo que como en tantas otras cuestiones me engañan en las elecciones. Las amistades, cuando somos niños, más que elegidas son inconscientes tablas de salvación a las que nos aferramos para evitar la temida soledad; sólo cuando vamos creciendo nos desprendemos deliberadamente de algunas por su toxicidad o por su irrelevancia para con nosotros. En la elección de formación hay demasiada conducción por parte de nuestra familia, de nuestros educadores e incluso del conjunto de la sociedad que entiende que es el momento de más médicos, más fontaneros, más informáticos, menos pilotos de aerolíneas o menos azafatas de congresos precisamente porque los congresos han desaparecido, los hospitales están a tope, los viajes en avión son algo que se practicaba con gusto antaño, el mundo digital es una realidad no sólo virtual sino muy tangible y, desde luego, que llegue y siga saliendo agua por los grifos de nuestra casa-prisión-refugio es no sólo importante sino absolutamente necesario.

Incluso la elección de pareja está subordinada no pocas veces a una serie de tangibles circunstancias que muchas veces escapan a nuestro control y casi siempre a nuestra racionalidad. Sin embargo que suceda tal cosa cuando se tocan los terrenos del afecto me parece fantástico. En un mundo en el que primamos la dirección racional en todo, que en lo más importante sea la pasión irracional la que empuje nuestro obrar es maravilloso. La elección de aquella persona que va a dirigir la finca donde vivimos durante un período fijado de tiempo se diría que es libérrima aunque viene supeditada dicha optatividad por los requisitos fijados en los estatutos de la finca y a lo decidido por los miembros comuneros en cuanto a posibilidad de la elección, imposibilidad de renuncia al cargo, orden de prelación , etc., etc,

Muy semejantes a la elección de Presidente de la Comunidad de Vecinos vienen a ser esas otras elecciones, digamos, más políticas. Sí, me refiero a las elecciones de los administradores de las Fincas Grandes donde vivimos, o sea, nuestras Comunidades Autónomas o/y la que suponemos engloba y acoge en su interior a éstas, es decir, España. Mi pregunta es: ¿somos libres de elegir a quienes durante cuatro años seguidos van a señalarnos las lindes por donde hemos de conducirnos? Si los electores somos libres de hacerlo como no se cansan de manifestar los elegidos, ¿cómo casa eso con afirmaciones como las que se lanzan irrespetuosamente a la cara unos a otros sobre que determinadas opciones políticas no volverán a tener representación en el Parlamento?¿Es que son adivinos o es que van a establecer condiciones que coarten a los ciudadanos la libertad de elección? ¿No debería de ser al revés: que sean los ciudadanos quienes con el ejercicio de su libérrimo voto establezcan quienes se sientan en esos escaños y quienes no?

Creo que a las personas que sostenemos el tinglado con nuestro esfuerzo diario y que en nuestra vida personal nos vemos constreñidos por un sinfín de apreturas y dificultades no se nos debiera tratar de idiocia como hacen aquellos que están ahí por gracia nuestra. No me parece de recibo que los gobernantes convoquen comicios sólo cuando las encuestas electorales les favorecen y pretendan escabullirse de los condicionamientos legales que ¡ellos mismos! establecieron en su día. A eso lo llamo yo manipulación y fraude. Creo que si por definición ya mi voto personal vale muy poco diluido en el café de los millones de votos que entran en la taza electoral, al menos debiera procurarse no engañar al Cuerpo Electoral y quienes lo formamos estar atentos y no dejarnos confundir por la incontenible, vana y vacía de contenido verborrea de algunos.

Lengua, Educación y Cultura

Libros Magazine

Libros y literatura. Reseñas. Crítica literaria

∼ La cueva de mis libros ∼

Donde mi alma encuentra reposo y mis pupilas el cálido arropo de la letra impresa ∼Carlota Gastaldi Mateo∼ PREMIO NACIONAL de Periodismo 1995 (14 ed.)

libreriadeurgencia.wordpress.com

Libros que podrían salvarte la vida

Vive el Quijote

Cecilia Gómez Velasco

Embustero y bailarín

Contra la ignorancia y el fanatismo

Viajando Sobre Libros

Un viaje por nuestra imaginación.

La Buhardilla de Tristán

Bienvenidos a mi hogar. Tristán. Blog literario editado en Béjar (Salamanca), por Javier Sánchez Bernal. ISSN: 2605-535X.

El blog de Lahierbaroja

Espacio de recomendaciones literarias