Herminda

—¿Que os vais a casar? —gritó con cara de sorpresa Amelia—. Pero eso es imposible. Vamos, quiero decir que no nos lo esperábamos. ¿No es así, chicos?

 

 

Todos miramos boquiabiertos al Mini 1000 de color blanco que, raudo, había subido por la calle Tostado y, gozoso, se había plantado ante la puerta de la Facultad. Por la puerta del conductor apareció una muchacha pizpireta, bajita, menos joven sin duda que quienes estábamos lagarteando al sol, pero de alegre cara.

—¡Ahí va, pero si es Herminda! —profirió Leandro—. ¡Y con coche! ¡Eh, Herminda!

Herminda, Mimi para la familia, había llegado a la facultad de esa ciudad de provincias en segundo o tercer curso. Era de Madrid, hija de un conocido empresario de la construcción, que durante los años del desarrollismo llenó de viviendas las tierras incultas de algunos pueblos próximos a la capital y al tiempo, claro, sus bolsillos de buenos dineros. «Pero ¿quién que esté en sus cabales va a dejar Madrid para irse a vivir a 25 kilómetros?», le decían a Juan unos y otros cuando éste les contaba sus proyectos. Era absurdo pensar que sus ideas fueran a tener buena acogida. Pero, sin embargo, así fue. Al principio, como siempre, sólo los más adinerados, aquellos que tenían vehículo propio, se atrevieron a dar el paso. «Es otra manera de vivir, un estilo de vida diferente», respondía Juan, el visionario, a cuantas objeciones le planteaban.

—Creo que es hija de millonario —le comentó un día Leandro a su novia Amelia mientras almorzaban en el comedor universitario.

—¡Bah, no lo creo! —le respondió ella con displicencia.

Ame era la preferida de Ramón, su padre. De los tres hijos que el indiano tuvo con su mujer Nines, ella era la única chica. Aunque parezca hoy un anacronismo, en este relato a Ramón le viene  como anillo al dedo el calificativo de  indiano. Y es que  fue allí, en América, en Chile concretamente, donde el padre de Amelia se inició en la compraventa de calzado, negocio que le reportaría una pasta gansa. Ramón, que durante su estancia en Chile se había casado por poderes con Nines, a su regreso a España se asentó en la ciudad universitaria donde ella vivía. Allí mismo abrió una serie de zapaterías que, en ese momento, cuando el Mini 1000 miraba ufano la fachada de Filología, ya eran tres. Ame estudiaba Derecho y desde hacía meses era cortejada por Leandro, estudiante pobre de solemnidad. Sin duda alguna el muchacho pensaría que la chica era un buen partido; y ella por su parte creería que, siendo hija del comercial zapatero, jamás habría de preocuparse por el dinero. Vivían ambos en sus particulares burbujas de inopia. Se figuraban que nadie había que tuviese el nivel económico de la familia del indiano. Por eso ese Mini con esos faros, que parecían unos felices ojos grandes abiertos junto al capó, molestaron a Leandro.

 

 

Herminda se había hecho querer desde el principio. Era una muchacha desprendida que se prestaba a llevarnos a Madrid siempre que se lo pedíamos. Cuando ellas —me refiero a las chicas— a la vuelta de uno de sus findes ‘sólo mujeres‘ describieron el tren de vida en que vivía la familia y el lujoso chalet, distante de la capital más que las viviendas que el padre edificaba, no podíamos creer lo que nos decían: que si tenían al menos cuatro coches, que si en la casa había un empleado cuya única obligación era estar al servicio de Ramón que no sabía ni quería conducir. «Fue Heriberto quien nos llevó de vuelta a la estación», nos dijeron; después, a renglón seguido, añadieron que la madre no cocinaba, pues para eso tenía una cocinera empleada; y que a los tres hermanos los crió una nani a la que todos ellos querían con locura. Por si lo dicho fuera poco, —esto ya lo mencionaron entre grandes risotadas al ver nuestras caras de sorpresa—, tenían dos chicas más: una para el servicio y la otra para el cuidado de la casa.

—Yo —contaban que se sinceró con ellas Herminia— estudio filología inglesa porque no quiero ser como mi madre que cuando entra en un comercio en Londres, París o Nueva York barbotea en un idioma ininteligible que sólo saben comprender los empleados del establecimiento esperanzados en que su aguante concluya con una millonaria venta

Lo que nos contaban e íbamos conociendo sobre nuestra amiga Herminda era de no creer.  En comparación con ella, nosotros, que, malamente, sobrellevábamos la semana con la exigua paga que nos daban en casa, éramos unos mataos. La mayoría procedíamos de pueblos de la provincia, algunos muy alejados, y estudiábamos en la ciudad gracias a las llamadas becas salario que habíamos de revalidar todos los años con buenos resultados académicos. Los demás malvivían todo el curso dosificando debidamente los cuartos ganados durante el verano trabajando en algún restaurante de nuestro país o, fuera, en Europa, haciéndolo de au-pair, de plombier casselorier o algún otro empleo de este jaez, como se ve, oficios de alto copete. Pero nosotros, ahora, éramos amigos de Herminda, que tenía un Mini 1000.

 

 

Los años de estudiante, como todo en la vida, llegaron a su fin. Tocaba buscar empleo. Madrid fue, dada la oferta laboral que albergaba, polo de atracción, primero, y de destino definitivo después. Además, y ello pesó mucho en nuestra decisión, Herminda vivía allí. Con el tiempo todos conocimos el chalet de sus padres, así como las otras casas que la familia tenía esparcidas por la geografía peninsular. Nuestra relación de amistad pareció fortalecerse y renovarse aún más cuando algunos comenzaron a tener hijos. Desde ese momento, era frecuente cenar o comer en casa de unos u otros los fines de semana. La mayoría ya estábamos casados o en pareja; sólo Herminda y algún otro no lo estaban.

Un día Herminda nos convocó para cenar en El Comunista, local próximo a Capitanía donde, durante el por entonces aún muy cercano franquismo, no pocos conciliábulos de opositores al mismo habían tenido lugar. Allí, esa noche entre risas, brindis y comentarios divertidos sobre lo que iba acaeciendo en el país Herminda y Antonio nos dijeron que se iban a casar.

Menchu y Chuchi, Lucía y yo, Ángel y Dorita, Floren y Mati, todos nos habíamos casado ya y por hacerlo nunca nadie dijo nada. Pero que se casara Herminia, o sea la chica rica del Mini 1000, y que además lo hiciera con Antonio, el estudiante inteligente de la beca salario, no sé, como que no cuadraba, es más casi casi molestó a algunos. «¿Por qué él y no cualquiera de nosotros que teníamos mejor planta?», pensaría alguno. «¿Por qué ella tiene más dinero y simpatía que tú o que yo?», decían, rabiosos y en silencio, los ojos por entonces ya tristes de Leandro y de Ame, quienes, como Hero y su homónimo amante, en ese momento parecieron perecer ahogados en la falsa ciénaga de lo material que hasta entonces creían segura para ellos e inalcanzable para los demás.

Santa intercesión

Gerardo se sintió atraído por la hija de Sulpicio y de Valentina desde antes de cumplir los 18. Ver a la Nati con sus amigas en las fiestas de San Bruno, patrono del pueblo, y que algo estallara dentro de él fue todo uno. «No te esfuerces, Gerardo, la Nati está comprometida con Gabino desde hace meses. Al menos eso es lo que comenta el padre de Gabi en el bar ya hace tiempo, que todo está hablao y que ella está preparando el ajuar». Según me escuchaba, la cara que se le iba poniendo Gerardo era todo un poema. Yo, no consciente del disgusto que le estaba dando, sin quererlo ahondé más en su herida cuando le dije que hacía sólo dos semanas –«Sí, ya te digo, dos semanas a lo sumo»– acudieron Nati y la Valentina a casa para pedirle a mi madre que en los embozos y los cabezales de los juegos de cama de algodón, que la chica había adquirido en la capital, le bordase las iniciales G y N entrelazadas.

–Con eso te digo todo –concluí.

 

No se le olvidaron a Gerardo los avisos que yo, su mejor amigo desde los tiempos de la escuela, le había dado. Pero el amor, –¡ay amor, qué traidor y pertinaz que eres! –, se negaba a abandonarlo. Además, me decía, creía ver en Nati, en los encuentros ‘casuales’ con ella que él mismo provocaba, unas miradas, una sonrisa, un tono de voz en el «¡Adiós, Gerardo. Ve con Dios!» que, insistía, denotaban atracción mutua. Por eso a raíz de la conversación que mantuviera conmigo, Gerald –así era como desde 5º de Primaria todos le llamábamos– decidió cambiar de estrategia. Si no podía conseguirla por medios humanos, o sea, por las buenas, recurriría a lo sobrehumano, o sea, por las malas. ¿Y qué cosa hay más sobrehumana que lo religioso? Sí, amigos, sí, resulta que el racionalista de Gerardo decidió encomendarse para la conquista de Nati a aquello que está fuera del alcance de los simples mortales. Recordaba haber visto a veces en su coche, sujeto bajo el limpiaparabrisas, un papelito que decía algo así como que el firmante, un babalawo cubano o nigeriano, garantizaba resolver cualquier problema de amores que se tuviera.

Gerardo buscó con ahínco en su casa el papel que sabía haber guardado. Tras muchos esfuerzos, que llegaron a ser por momentos desalentadores, como si de un milagro se tratase resultó que, en un cajón del chifonier que habría abierto no menos de cinco veces, a la sexta refulgió la octavilla. Gerardo la tomó en sus manos y la leyó para sí:

 «Hola soy Maestro santero babalawo hijo de Orula descendiente de Oshun especialista en rituales de amor para recuperar pareja. Trabajo todo tipos de magia cuéntame tu problema sin compromiso y te daré mejor Consejo y te guiare a conseguir lo quiere no pierdes nada a tiendo en local de Ventas, número 18. También wasap y llamadas»

Sin más dilación decidió ir a la dirección que se indicaba. Esperaba encontrarse con una especie de hechicero africano, aunque vestido a la occidental. Pero no, quien lo recibió fue una mujer española que, rezongando, lo despachó de su puerta.

–Es que estoy harta, hartita. –le soltó a Gerardo en cuanto éste le expresó su demanda–. En mala hora alquilé este local. ¡No, aquí no vive ningún maestro santero, ni falta alguna que me hace!

–Pero no puede indicarme a dónde podría acudir para ponerme en contacto con él –dijo a la mujer mostrándole el envejecido papel que el Maestro babalawo dejara tiempo atrás en su coche.

–Puedo darle el número de móvil que de manera misteriosa alguien me hizo llegar por si me hacían preguntas  como las que usted me está formulando.

–Venga, pues, ese número –respondí algo más animado.

 

Con el número en su poder envió al desconocido Maestro un primer mensaje a través de wasap. Al cabo de unas horas le respondieron solicitándole algún dato más sobre la Nati y el tal Gabino. También, y como quien no quiere la cosa, le dijeron que para continuar con el procedimiento era preciso realizar una primera provisión de fondos. Con 50€ bastaría.

Así lo hizo y quedó a la espera de otros mensajes, que fueron llegando a lo largo de los tres meses siguientes. Estaba en ascuas, temeroso de ser víctima de una estafa y al tiempo deseoso de que el ritual de amarre amoroso surtiese sus efectos, vamos, que la Nati dejase a Gabi y pusiese sus ojos en él. El tiempo pasaba y los dineros menguaban. Cada dos o tres intercambios de mensajes se había comprometido a transferir a no sabía quién o quiénes siempre 50€. La cantidad alcanzaba ya la cifra de 800 y Nati, debía de estar pensando un desesperado Gerardo, tendría ya bordado todo el equipo de boda con la N y la G entrelazadas.

 

Durante un tiempo y sin previo aviso dejé de ver a Gerald, parecía que se lo había tragado la tierra. Las cervezas de los sábados no eran lo mismo sin él. En el bar donde tiempo atrás me había enterado por boca del futuro suegro de Nati de lo bien que avanzaba la relación entre su hijo y la mujer deseada por mi amigo comencé a ver a Gabino solo. «¡Qué raro –pensé–, pero si este chico no se despegaba antes de su novia!». Me acerqué a él y pegamos la hebra; parecía Gabi algo desolado y con ganas de compartir sus quebraderos de cabeza.

–Me ha dejado, me ha dejado –soltó a bocajarro.

–¿Quién te ha dejado, Gabino?

–Ella. Quién va a ser. Nati

—No fastidies –le respondí con cara de sorpresa–. ¿Pero no os ibais a casar?

–Eso creía yo también –me explicó entre sollozos –, pero no sé qué coños habrá pasado. Parece cosa de magia.

 

Semanas después, en una terraza elegante vi a la pareja. Se les veía contentos, alegres, acaramelados, sonrientes, felices. Me acerqué a ellos.

–¿Qué pasa, parejita? Hola, Nati. Cuánto tiempo sin saber de ti, Gerald.

–Hola, Juancar. Pues ya nos ves. Llevamos tres semanas en las nubes.

– ¿Podríais explicarme?

–Todo ocurrió durante una salida al campo el día de la fiesta. Sabes que en el pueblo de los padres de Nati, un mes antes de San Bruno, el 8 de septiembre celebran la Virgen de la Caridad con una romería campestre en la que se come la famosa empanada de carne. Bueno, mejor cuéntaselo tú, Nati.

–Tras la procesión, rezos y cantos en la ermita de la Virgen  –refirió Nati risueña tomando el relevo–,  Gabi y yo buscamos un lugar para poder comer a gusto la empanada. Buscamos una zona algo apartada junto al río. Allí ocurrió algo misterioso, que aún no llego a explicarme. Vi y no vi a un tiempo como a una deidad, a un espíritu, no sé, algo que salía de las aguas y que con grave gesto se dirigió rápido y feroz hacia Gabino que en ese instante se disponía a comer.

–¡No está hecha la miel para la boca del asno! –retumbó en nuestros oídos sin saber ninguno de los dos a ciencia cierta de dónde había salido el mensaje–. De seguido se levantó un fuerte viento que hizo perder el bocado de empanada a quien hasta ese preciso momento era mi novio. Gabino cayó por tierra y con los ojos desorbitados de su boca salieron sapos y culebras en forma de palabras: «Orisha Ochún, espíritu de los ríos y del amor, vete de aquí. Apártate, traidor, mendaz. Deja que me aproveche de esta mujer que cree que la quiero y que jamás la engañaré»

Prosiguió Nati con su relato, completándolo Gerardo con informaciones relevantes. Resultó que él, que como todo el pueblo participaba en la romería, por pura casualidad oyó las palabras de Gabi, que estimó propias de un loco; sospecha que confirmó al reparar en la violencia y la falsedad de su mirada. Rápido, se acercó y se interpuso entre él y Nati, quien, temerosa de resultar agredida, se abrazó a Gerald con pasión.

 

–Un cubano danzón –dijo Nati– pasó por el lugar cuando ya Gabi se había ido y se puso a hablar con nosotros. Yo no entendí bien lo que decía: que si era Maestro babalawo de la religión yoruba, que si sus antepasados eran nigerianos y que practicaba la Ifa y sabía de las orishas para solventar problemas humanos, que si uno de esos problemas era el del amarre amoroso y que a veces los que parecen sólidos y establecidos son en realidad falsos y débiles.

Nati estaba estupefacta. Era su idioma el que utilizaba ese guapo cubano pero ella no comprendía nada. «’Yoruba’, ‘babalawo’, ‘orisha’. ‘ifa’… pero ¿qué dice este hombre?». Aprovechando la confusión mental de la muchacha el joven danzón se dirigió a Gerardo

–Perdona chico –dijo el cubano mirándole–, pero se te ha caído este dinero al suelo–.Y le entregó un fajo de 16 billetes de 50€.

–Come con nosotros y disfruta, amigo –exclamó Gerald–. Nunca te estaré lo suficientemente agradecido.

–¡Ah, Nati! –comentó el babalawo levantándose ya para irse tras comer un trozo de empanada– los juegos de sábanas que habías bordado con las letras N y G entrelazadas te siguen sirviendo, ¿no?

Nati le dedicó una inmensa sonrisa mientras el Maestro emprendió la marcha andando sobre el río para al poco, como por ensalmo, desaparecer.

 

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Notas

Babalawo: En la santería o religión Yoruba, el Babalawo, es reconocido como clérigo y actúa como tal en la comunidad. 

Orisha: Espíritu que desempeña un importante papel en la religió yoruba. Hay muchos orishas.

Oshún:  En la santería sincretiza con la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Reina las aguas dulces del mundo, los arroyos, manantiales y ríos, personificando el amor y la fertilidad.

Sueño americano

Su marcha a América coincidió en el tiempo con la de aquellos “artzainas” vascos que fueron solicitados por los americanos para pastorear ganado en esas inmensas praderas desérticas de humanos, pero muy feraces en cuanto la sabia mano del hombre pusiera ahí algo de orden. Ganado y agricultura eran las dos grandes bazas de esa afortunada zona del mundo. Los españoles éramos conocedores de ambas facetas, lástima que nuestra tierra no fuese suficiente para cubrir las necesidades de una población que a principios del siglo pasado iba en aumento. Fue en ese momento, los primeros veinte años del siglo XX, cuando los EEUU tuvieron necesidad de más mano de obra para gobernar sus inmensos rebaños en las extensas praderas del sur de California, cerca de las Montañas Rocosas, en las grandes llanuras del Oeste americano. Como muchos de los trabajadores que respondieron a la llamada trabajaban ya en el continente, especialmente en la Pampa argentina, el hueco dejado por éstos allí, —en zonas de la Argentina y también en otros países (Cuba, Chile, México…)—, sería cubierto con la llegada de nuevas remesas de emigración española.

Todo esto lo sabía Aníbal de muy buena fuente. «Y allí hay dinero para todos, y trabajo y … mujeres, muchas mujeres».  Antonio que, además de hermano era su íntimo amigo, siempre fue cauto, y es que ser el undécimo hijo de la saga familiar por fuerza le había hecho ser desconfiado. «Sí, ya, y sobre las aguas crecen pajaritos preñados. ¡Anda ya!». «Bueno, pues no te lo creas. Pero mira este anuncio de “El Adelanto”. ¿Qué dice aquí?». Antonio que, pese a su corta edad, era de todos los hermanos el que mejor leía tomó el periódico en sus manos: “Compañía Trasatlántica Española, pasajes para Santiago de Cuba desde el puerto de Vigo. Precio desde 205 pesetas”. «Te das cuenta, Antonio, más barato que el tren de Vigo a Barcelona. Y poco más que la cuota por librarse de la llamada a filas. Y allí, ¡ay, madre, hermanito!, allí nos esperan las guajiras».

Tenían que conseguir dinero, les era imprescindible para comprar el billete de la travesía, sustentarse durante las dos o tres semanas de singladura y tener algo sobrante para poder establecerse en la zona. No parecía fácil, pero había buenas perspectivas. Unos familiares de Boada, su pueblo, llevaban en La Habana diez años y les iba estupendamente. Para Antonio y Aníbal, los menores de los once hermanos, no había futuro en su localidad. Juan, el padre, les había enseñado el oficio de la fragua y la herrería pues las pocas tierras de labranza que poseía apenas si daban ocupación a dos o tres de sus hijos. No les quedaba otra que salir, a donde fuera, pero salir. Cuba, sí, era una posibilidad. Y hacia allí se fue Antonio con Aníbal y otros tres de sus hermanos.

En  La Habana montaron una industria de fabricación de guaguas. No era empeño pequeño. Les fue medianamente bien e hicieron algo de dinero. Antonio, de traje y corbata, guayabeaba por la vía principal de La Habana seduciendo con su buena planta y también, claro, con su hermoso Hispano Suiza a mulatas y jineteras que, deseosas de hombre y dinero, lo miraban con ojos tiernos.

Fueron años felices que, por desgracia, duraron poco pues ya por entonces la política en la isla era de poco fiar. «Hay que salir de Cuba. Tenemos que irnos a España. Machado ha declarado expropiables todas las tierras e industrias de los españoles. Si seguimos aquí mucho más puede que la rabia popular caiga sobre nosotros.» «¿Pero por qué, Aníbal? Ahora que nos empezaba a ir bien, ahora que podíamos establecernos aquí y ayudar a que el país prosperase…». «Es lo que hay, Antonio, ahora mismito voy a encargar pasajes para España».

 

Por la Gran Vía salmantina un enorme Hispano Suiza tiznaba de humo y de polvo a la admirada vecindad que con enorme simpatía observaba las hábiles maniobras del joven que lo gobernaba. Entre esta multitud estaba una hermosa modistilla, guapa de verdad, tanto que en una ocasión fue elegida Reina de las Fiestas de la ciudad. Se llamaba Marina, muchacha a la que el retornado, chamuscado y empobrecido Antonio, había echado el ojo. Sería un buen partido, una buena manera de establecerse definitivamente en la capital. ¿Algún problema? Bueno, sí, quizás, uno: ella, la chica, tenía un pretendiente que era muy bien visto por la madre, por el hermano y por la hermana. Pero Marina dudaba.

—Es guapo, ¿verdad? —se decía en voz alta la modistilla—. Tiene coche y todo.

—Sí, desde luego lo es y a mí me lo parece —le respondía Boni, su amiga, quien, sin haber sido preguntada, añadió—:  Además de coche tiene un figón que ha abierto en lo alto de la calle María Auxiliadora, que se llama…

—’La Mezquita’ —respondió rauda y veloz Marina.

—¡Mira, la tonta, y decía que apenas sabía nada de él!

 

—Pero tía Marina, —le pregunté yo transcurridos cincuenta años o alguno más de estos caracoleos de seducción— ¿por qué si tenías un novio económicamente solvente te casaste con tío Antonio?.

Serena y amorosa, Marina, ya septuagenaria, miró con ternura el tresillo de enea, de hechura cubana, que estaba pegado a la pared principal del cuarto de estar; sobre él, en ese preciso momento y como todos los días, Antonio dormía la siesta antes de, pese a su ya avanzada edad, volver al taller para seguir aguzando picos, palas, hacíendo fallebas, montando ventanas…, y dijo:

—¡El amor, hijo mío, el amor! Una tonta que fui, dirás tú, ¿no? Ja, ja, ja. —Y me abrazó con ese afecto sincero que desde hacía más de medio siglo ella era pródiga en dar.

Ensoñación

El ruido de las bombas al caer era cada vez más tenue. En el refugio varios niños jugaban al Corre_que_ te_pillo con afortunada indiferencia hacia el cataclismo que desde hacía meses, y sin haber sido pronosticado, se precipitaba sobre la zona. Nadie sabía a ciencia cierta por qué pasaba lo que pasaba. Iván se encontraba en aquel sótano debido a su edad: tenía más de sesenta años y los militares no lo habían aceptado, le dijeron que mejor sería que se ocupase de la defensa civil. Y en eso estaba, en la defensa, mejor sería decir en el cuidado  de los no militares. Entre ellos estaban, naturalmente,  esos niños  que jugaban a la guerra y sus madres que, asustadas, les preparaban el almuerzo con lo poquito que Iván había podido conseguir.

De nuevo el ruido. No, sí, algo, más bien un rumor…, soñera, sopor indecible, respiración ahora tranquila, profunda…

El guirigay era tremendo, un ronroneo que iba a más, más y más, hasta hacerse insoportable. Era el momento de prepararse para lo peor y lo peor era… “¡Noooo, no, no, por favor, no!”. Tras el angustioso grito, todo volvió a la calma. No había sonido alguno, todo era silencio. En la habitación donde reposaba Alberto la tranquilidad era absoluta a pesar del murmullo y los bisibiseos que desde el pasillo  llegaban hasta sus oídos. En su duermevela imaginaba que las enfermeras estarían hablando de él, de la situación crítica en la que con seguridad se encontraba. Unas risas apenas contenidas  que llegaron hasta sus oídos le hicieron pensar que quizás se equivocaba, que quizás no estaban comentado su terrible situación, que quizás…

De repente todo cesó, se disolvió, acabó…

¡¡Riiinnngg, Riiinnngg, Riiinnngg!! Un golpetazo acabó con el desagradable  sonido del despertador. Tan fuerte fue, que su mano izquierda quedó dolorida para el resto del día. Eran las 7:30 de la mañana. ¡Qué sueños más raros había tenido! A veces, sobre todo cuando era más joven, solía tomar nota de los mismos para no olvidarlos y más cuando, como en esta ocasión, eran de lo más extraño: guerra, niños jugando, hospital, enfermeras… Acabó de escribir sucintamente lo que recordaba y ya más despierto se metió bajo la ducha. Iba a ser un día de mucho trabajo, la verdad es que últimamente todo se le acumulaba. Tener que seleccionar personas nunca es tarea grata del todo. Pero era su trabajo. Llevaba en el departamento de Recursos Humanos de esa multinacional desde hacía ya mucho tiempo y hasta el momento no podía decir que le hubiese ido nada mal. El alma se le había encallecido un tanto, eso sí, pero es lo que hay, son lentejas que si quieres las tomas y si no las dejas. Él había decidió tomarlas, era evidente.

Durante el viaje en metro hasta su trabajo, Nicolás no lograba quitarse de la cabeza los elementos de su ensoñación: La guerra, las enfermeras, el hombre ya entrado en años, los niños inocentes, las madres pesarosas… ¿Querría todo esto decirle algo? ¿Alguna información secreta se escondía bajo estas imágenes oníricas? Lo mejor sería dejarlo estar. Sí, no pensar en ello sería lo mejor, pero esas bombas, esos niños, el hombre, ¿se llamaba Iván?…

El departamento de Recursos Humanos de la Fábrica Santa Bárbara lucía hermoso bajo la suave luz solar, que impregnaba de dulzura los despachos donde Nicolás y otros compañeros como él realizaban su trabajo. Ese día tocaba seleccionar comerciales expertos en mezclas químicas que mejorasen los productos que, desde hacía años y con gran éxito en el mercado mundial, producía en masa Santa Bárbara. La individualización del artículo había sido un hallazgo. Desde los lugares más distantes del mundo se los estaban quitando de las manos, la verdad es que no daban abasto.

El puesto a cubrir era el de delegado de ventas para el exterior. De los cinco candidatos que optaban al mismo, Nicolás, tras las preguntas de rigor, decidió que ese chico de veintisiete años —Alberto, creo que se llamaba— era su favorito para ocuparlo: don de ventas, conocimientos químicos, sabedor de los efectos colaterales y/o secundarios del producto, elogio sincero de las mejoras incorporadas al mismo… Todo hizo que en poco más de dos horas quedase decidida su incorporación a la empresa.  Sólo faltaba comunicarle a Alberto, el elegido, el lugar donde desarrollaría su cometido. Alberto aceptó sin el menor asomo de inquietud o duda. La verdad es que todo estaba bien; cierto era que el producto de marras era algo peligroso, por decirlo de manera suave, pero sus destinatarios eran gente de paz, así que no se corría riesgo alguno.

Pasado un tiempo, medio año o algo más, Nicolás no podía borrar de su cabeza la sensación que le embargó, durante la ya lejana conversación, de no serle Alberto desconocido del todo; es más, se decía a sí mismo, “creo conocerle sobradamente”. No sabría decir qué, pero algo había visto en ese chico jovial y dispuesto, incorporado a su puesto de trabajo en un remoto destino,  que le inquietaba. La loca de la casa, su imaginación desbordada, a veces se dedicaba a andar por libre y le sucedía esto: la confusión total, la mezcla que hacía indistinguible lo real de lo no real o ficticio. Escribir, ser o creerse escritor, tiene estas cosas: caos total en la azotea.

¿De dónde vienen las ideas que luego plasmamos en el papel? ¿Viven las revelaciones de lo ignoto, de lo inexistente aún en nuestra mente, en el sueño, en la anticipación, en el espíritu ajeno a la dimensión espacio temporal que el raciocinio humano exige? Quizás ahí estuviera la explicación de esta confusión, del embrollo mágico, fantasmal, que Nicolás padecía. Pero ¿qué tienen de sobrenatural las bombas, los misiles que por cientos caen sobre esas cabezas intuidas, apenas bosquejadas, en ese sueño donde habitaban niños, Iván, enfermeras…? Imposible ordenar lo anterior y lo interior del mismo, lo perteneciente al caos, si bien bastaría una chispa, un destello, para que todo se iluminase y se mostrase con nitidez en su mente. Tal chispazo se produjo en nuestro escritor, responsable de Recursos Humanos en esa multinacional prestigiosa, visionando unas imágenes de esa guerra no prevista que machacaba ciudades con miríadas de bombas groseras, que mutilaba personas a base de individualizados y muy mejorados productos que vendedores cualificados como Alberto habían sabido colocar en mercados distantes. Sí, todo ahora cobraba sentido, tenía un orden. ¿Sabría él plasmarlo sobre el papel?

¡Vente a Alemania!

En el interior del autobús los viajeros dormitaban; en el exterior un tímido sol apuntaba entre las nubes de algodón que desde hacía varios días, y no de manera constante, regaban los terrenos secos y poco productivos de esa parte de Castilla. La Asociación Católica Internacional de Orientación a la Joven, encargada de conducir este contingente de mujeres trabajadoras formado por 47 valientes chicas decididas a buscarse un futuro lejos de la casa de sus padres, antes de salir había dictado de manera muy clara las normas para poder hacer el viaje: una sola maleta, los papeles del Instituto Español de Emigración en orden (cartilla de vacunación, certificado de buena conducta y comunicado de aceptación del trabajador por la empresa alemana), pasaporte en regla y paciencia, mucha paciencia durante las dos jornadas completas que duraba el viaje hasta Múnich.

 

Cuando Toñi, la más enterada de los tres hermanos, llegó a casa con el folleto que en la Escuela de Magisterio habían repartido entre las alumnas unos miembros del apostolado católico, sólo María Ángeles se negó a leerlo. Rafael, el hermano mayor, trabajaba desde hacía ya dos años como encofrador en una empresa de la ciudad castellana a la que el trabajo no le faltaba dada la necesidad de vivienda existente para poder acoger la imparable llegada de campesinos a esa capital. Toñi estaba exultante, ¿sería esta la ocasión que estaba buscando? Las mariposas comenzaron a hacerle cosquillas en el estómago: el viaje, las nuevas amigas que tendría, los chicos que conocería, quizás hasta surgiría el amor,  y tras él: casarse, criar a los hijos…; en definitiva, la felicidad.

—Pon la mesa, Toñi. Pero ¿puede saberse qué te pasa hoy? —le espetó Angelines a su hermana, que parecía estar fuera de este mundo—. Hija, perdona que te diga, pero hoy pareces tonta.

—Es que, Ángeles, yo creo que voy a echar los papeles —respondió risueña Toñi a su hermana al tiempo que del aparador sacaba el mantel que, cuidadosa, extendió sobre la camilla.

—No sé de qué me hablas, hija. Venga, coloca los cubiertos.

Mentalmente Toñi había abandonado la sala de estar–comedor. Ya se veía cumplimentando en la Oficina provincial de Emigración los impresos exigidos para acceder a alguno de los 47 puestos de trabajo para mujeres que la empresa textil alemana ofrecía a ciudadanas españolas. El sueldo, a Toñi, le parecía espectacular. “Madre mía, tres marcos a la hora, es decir, unos 120 marcos a la semana”. Ganar 120 marcos semanales era increíble para una española cuyo hermano, que se jugaba la vida todos los días subido a un andamio, no pasaba de 1800 pesetas al mes.

—¡Pero habrase visto! Toñi, mujer, ¿en qué estás pensado? Hija, parece que estás en Babia —dijo en voz alta Angelines dándole a la mayor de los hermanos un amable empellón.

—Es que, fíjate, Ángeles. Allí en una semana casi casi se gana lo que aquí en un mes —profirió Toñi en voz alta y sin casi mirar a la pequeña—. Y según pase el tiempo cada año subirá el sueldo, eso seguro; así, si ahora, en 1965, este es el sueldo nada más entrar, no te digo lo que se ganará en dos o tres años…

A Toñi siempre se le habían dado bien las matemáticas. La verdad es que Providencia, la mujer que se había hecho cargo de las hijas que Antonio aportó al matrimonio, siempre se había preguntado cómo las dos hermanas podían ser tan diferentes. Mientras que Toñi era una chica con muchas luces, con gran capacidad para el cálculo matemático y para la comprensión y expresión lingüísticas, Angelines, muy bondadosa, eso sí, era sin embargo muy torpe. Toñi había estudiado hasta cuarto de bachillerato con su reválida y todo; tan buena estudiante era que por sus buenas notas los profesores del instituto aconsejaron al padre que no la quitase de estudiar. De Mari Ángeles nunca dijeron nada semejante salvo que era una niña dócil, agradable, apacible. Por esto Antonio, de común acuerdo con Providencia, había decidió que Toñi  se preparase para ejercer de maestra y que Angelines en cuanto cumpliese dieciséis años se emplease en algo productivo. Era preciso llevar dinero a casa y Dios, eso ya se sabe, reparte la inteligencia con los ojos cerrados.

 

—Desde luego que no, Toñi. Tú te quedarás aquí y te emplearás aquí —escuchó Toñi decir a su padre cuando en la cena ella le expuso sus proyectos—. El esfuerzo que hemos hecho dándote estudios no lo podemos tirar por la borda ahora, cuando ya estás a pocos meses de comenzar a ejercer de maestra.

Tras oír la frase anterior, salida con fuerza de la boca de Antonio, a Toñi el mundo se le vino abajo. Esos cálculos, esas 6000 pesetas que ya se había visto ganando en Alemania, esos ahorros, esas nuevas amistades, ese imaginado chico con el que tendría hijos y sería feliz… Todo se esfumó tras la atronadora e incontestable exposición del padre.

—Tengo entendido, por lo que he podido escuchar a los funcionarios de la Diputación Provincial, que el IEE busca reclutar a personas con escasa formación —prosiguió Antonio dirigiéndose a su mujer e ignorando a sus hijas, cuyo destino él estaba decidiendo o adivinando cual consumado vidente—. Por esto, creo que, de postularse alguna de mis hijas para uno de esos 47 puestos de trabajo en Alemania, debiera de ser Angelines quien lo hiciese.

—Pero… —y ahí quedó muerta toda la refutación de Toñi. El respeto, mejor dicho, el miedo que la figura paterna le infundía hacía que los peros expirasen antes de salir de su boca.

— ¿Tú qué piensas, Angelines? —preguntó Toñi dirigiéndose a su hermana.

—Lo que vosotros decidáis estará bien —le respondió Angelines con el tono que era habitual en ella. Las ilusiones parecían no formar parte de su ADN. Simplemente había sido educada en la obediencia ciega a los padres. Si su padre pensaba así, sería porque era lo más conveniente para ella y para todos. Así que…

 

En Múnich las 47 muchachas españolas de edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinco años bajaron del bus con cara de susto. Todo allí les era extraño, hostil, frío, terrible, incomprensible. A la ventisca helada se unió el trato vejatorio que recibieron al ser obligadas por los agentes de emigración a ponerse en fila mientras que a cada una le daban un tarjetón identificativo que debían de colgarse al cuello. Y luego estaba el idioma. Pero qué decían esos hombres. Angelines iba a un lado u otro siguiendo las indicaciones de quienes parecía que allí mandaban; lo mejor era que no tenía que pensar, bastaba con obedecer y seguir al resto. Sin en ese preciso momento ser plenamente consciente de ello ni saber bien por qué, algo le decía a Mari Ángeles que Antonio, su padre, había elegido adecuadamente. Cuando tres meses más tarde Angelines regresó a la casa paterna, de la experiencia alemana no pudo decir nada más que eso: que la trataron como si fuera un animal, que no la consideraron para nada, que ella no entendía lo que le decían, que creía que los demás se burlaban siempre que la veían, que…

 

¿Tuvo Antonio algo de augur al elegir de entre sus dos hijas aquella que se sometería a la experiencia alemana? Pienso que sí, creo que el padre actuó cabalmente, movido por el gran amor que sentía hacia ellas. Supo anticipar que si la hija mayor, la mejor preparada, hubiese ocupado esa plaza laboral en Alemania, él la habría perdido para siempre; sin embargo intuyó que si quien acudía era la más torpe la unidad familiar no se resquebrajaría, pues más pronto que tarde la llamada de la sangre la haría regresar al nido. ¿Egoísmo? No, mejor, adivinación, experiencia, conocimiento de la genética presente en sus propias hijas. Habría que inventar un término para esto: ¿videncia genética? Bueno, llámalo como quieras.

Sorpresa

A Miriam el tercer paciente de aquel jueves le llamó la atención desde el primer momento. Cuando la médico de Familia del Centro de Salud Doctor Ramón Castroviejo lo vio entrar en su consulta cabizbajo, serio, con expresión preocupada, se preguntó qué le pasaría a ese portento de la Naturaleza, a ese paciente el menos paciente de todos sus pacientes.  Con la cordialidad que la caracterizaba y la que durante sus años de Residencia le habían recomendado utilizar para dirigirse a los enfermos lanzó al hombre abatido  que estaba ante ella un neutro y positivo “Pasa, pasa, Emeterio. Siéntate. Y dime. ¿Cómo va todo?”

Emeterio, Eme o don Eme como lo llamaban en la urba, era en opinión de Miriam un portento, un espécimen humano único. A sus 67 años de edad poseía una tersura de piel, una viveza ocular, una fortaleza y espesura en el cabello, una musculatura y proporciones corporales …, que serían la envidia de cualquier hombre de cuarenta. La doctora Ramírez, Miriam para los íntimos, siempre se había preguntado a sí misma a qué obedecería esa fantástica constitución y forma física.

Hacía ya muchos años que Emeterio, ante propios y extraños, presumía, ya no de lo que estaba a la vista de todos, sino también, ¡y mucho!, de lo que nadie podía ver, esto es, de lo que carecía. Terio –sus amigos de siempre: Aníbal y Márquez, el del quiosco de prensa,  se divertían mucho dirigiéndose a él con la aféresis de su nombre- Terio, como digo, a la edad que tenía no sabía qué era la presbicia, ninguna mancha de piel se había asentado en su cara o en sus manos, ningún dolor articular podía el buen hombre describir dado que carecía de ellos, y de memoria…  Emeterio era incapaz de recordar el día que había olvidado alguna cosa. En broma Márquez le decía que una vez se le olvidó darle la hora y que eso ya podía ser un síntoma de que el declive se iniciaba. Lo cierto era que Terio recordaba, como si los hubiera memorizado ayer, los poemas aprendidos durante su niñez y adolescencia en el Colegio; y lo mismo le pasaba con la Historia, cualquiera que fuese: de España, Sagrada, Universal, de la Ciencia, de la Literatura…Era decirle un nombre, una fecha, la denominación de una batalla para que Eme desgranase toda la retahíla de datos, cifras y circunstancias que rodeaban al mismo.

—Borodinó —le soltaba  Aníbal, que era quien más gustaba de provocar lo que él denominaba “Emeterio en modo historiador”. Y como si del asistente de Google se tratara don Eme se arrancaba: «La batalla de Borodinó  o batalla del río Moscova tuvo lugar el 7 de septiembre de 1812. Fue uno de los mayores y más sangrientos enfrentamientos  de las guerras napoleónicas, enfrentando a cerca de un cuarto de millón de hombres.»

—España, año 1937.

Y Terio se lanzaba cual bala perdida: «En 1937 se consolida el frente y asedio de Madrid. Tienen lugar batallas y bombardeos muy importantes entre los que se cuentan: toma de Málaga; batallas del Jarama, Guadalajara y Bilbao; bombardeos de Guernica, Jaén,  de Brunete y Belchite. En Málaga los fascistas italianos…» Y proseguía imparable relatando cuanto él conocía, que era mucho, sobre esas batallas, aquellos bombardeos, la entrada de los sublevados a sangre y fuego en las ciudades derrotadas… Había que decirle que parase, que dejase de aturullar con su sabiduría. “Vale, vale, Terio, para el carro” .

Por eso cuando la doctora Ramírez lo vio entrar compungido en la consulta se preocupó. “¿Todo bien, Emeterio?”. Pero la cosa no iba todo lo bien que solía. Don Eme le comentó que desde hacía un tiempo, quizás cuatro o cinco meses, las llagas se habían apoderado de su boca. Era una nimiedad, le decían todos, pero el sufrimiento aunque menor, dada su recurrencia se le estaba haciendo insoportable. El ardor, la picazón, le sublevaban, y qué decir del escozor que se adueñaba de su cavidad bucal cuando tomaba cualquier fruta ácida que tanto le gustaban. No aguantaba más. “¿Qué me está ocurriendo, doctora? ¿Son compatibles estas aftas con mi comprobada salud de hierro?”

Tras tranquilizarlo, Miriam, dada la edad de don Emeterio, decidió realizarle una serie de pruebas analíticas, exámenes radioscópicos, ecografías, resonancias magnéticas y tomografías computarizadas a fin de descartar lo peor. Ella y sus colegas de las batas blancas tenían por costumbre ponerse siempre en lo malo a fin de cubrirse las espaldas. Si la cosa iba mal: “Ya se lo advertí. En cuanto usted me contó los síntomas me percaté de la gravedad”. Y si las cosas no eran para tanto: “las analíticas, las pruebas que te he realizado y los tratamientos que te ordené  seguir han tenido éxito Emeterio. Hiciste muy bien en venir a verme”.

Siempre era así, pero esta vez le daba en la nariz a Miriam que algo había descarrilado en ese fantástico corpachón que hasta el momento el portador de esa memoria inacabable  había ostentado.  “Me voy a tomar muy en serio su caso, Emeterio. Mandaré que el laboratorio haga un examen exhaustivo de los humores y muestras que le enviemos.” La doctora Ramírez intuía, aunque no lo declaraba, que esas pústulas y heridas aftosas anunciaban con mucha probabilidad una leucemia crónica en don Eme.

A las cuatro semanas, tras toda una serie de visitas a centros de extracción de sangre, de diagnóstico por la imagen, de entregar diversas muestras fisiológicas para su análisis, y recoger los respectivos resultados, Emeterio, sentado en la sala de espera del consultorio, temblándole las canillas, aunque simulando estar sereno y tranquilo, aguardaba la llamada de la doctora Ramírez. Don Eme pensaba en lo que Aníbal, su mejor amigo, le había contado sobre lo sucedido a Ezequías. “Sí, Terio, coño, ¿cómo que quién  es Ezequías? Mira que me estás preocupando. ¡Pero si trabajó contigo en la Diputación provincial durante los dos últimos años, antes de jubilarte!”.

Nada, Ezequías no existía en la mente de Emeterio. También él comenzaba a estar preocupado. A él nada se le escapaba. Si era verdad lo que sobre este tal Ezequías le decía Aníbal ¿por qué no recordaba nada sobre él? Quizás esas heridas bucales eran anuncio de que el deterioro cognitivo estaba ya aquí, que Mr. Alzheimer anunciaba su visita, que la senilidad llamaba a su puerta. El número de orden que tenía en las manos era el 411EG. Con nerviosismo, cada vez que sonaba la campanita anunciadora seguida de la voz neutra de la Siri de turno («022JC, consulta 4»), miraba la pantallita de la sala de espera. Todavía no era su turno, aún no había llegado su hora. O sí había llegado ya. “¡Ay, madre, qué me está ocurriendo. Pero si a mí me llamaban ‘mar de la tranquilidad’!”

(«411EG, consulta 7»). Por fin, salió su ficha. Emeterio se levantó de la silla y se encaminó a la puerta de la consulta de la doctora Ramírez. La cabeza se le iba, se sentía algo mareado. Seguramente eran impresiones suyas. Hay que ser fuerte, Emeterio, se decía a sí mismo al tiempo que de su boca salió un metálico, hueco y vacío “Buenas tardes, doctora, ¿se puede?”. Miriam tenía dispuestos sobre la mesa del despacho toda la serie de informes y resultados de las pruebas realizadas a Terio. “Pase, pase, Emeterio. Siéntese”.

Después de las habituales e introductorias frases hechas, utilizadas por los facultativos de cualquier consultorio, Miriam fue directa al asunto. Tras comentar con Emeterio la analítica de sangre, la de orina, la de sangre en heces, lo que había resultado de la resonancia magnética de la cavidad bucal y de la búsqueda a través del TAC de efectos o elementos extraños en las partes blandas corporales, la doctora Ramírez le dijo al azorado paciente que  padecía un síndrome nada frecuente denominado por los investigadores ‘Síndrome Button’. De la perorata, henchida de cifras, datos y comentarios, que Miriam hizo sobre las pruebas realizadas, nuestro enfermo, sano como un roble pocos meses ha, sólo escuchó, sólo se le quedó grabado, el curioso nombre del caballo sobre el que, seguro, cabalgaba el cuarto jinete del apocalipsis: «Síndrome Button». Y como el del caballero, el rostro de don Emeterio adquirió un color ceniciento, pálido, amarillento…

—Sea sincera conmigo, doctora, se lo pido por favor. ¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó nuestro personaje a la médico liberado ya de la zozobra que da desconocer el mal que padecemos. De pronto se había despertado en él la figura del luchador. Si la cosa venía mal, lucharía hasta el final.

—Dada su constitución briosa, la ausencia de cualquier excrecencia propia de su edad y tal, creo que quizás no debiera usted preocuparse— le respondió Miriam.

—Me preocupo, doctora, pues veo que ya no soy el mismo—dijo Emeterio. Y para apoyar su afirmación contó a la facultativo el episodio de Ezequías y su completo desconocimiento acerca de quién era esta persona que todos le decían había sido compañero suyo durante los últimos meses de su vida laboral.

—Es normal que esto te pase— dijo Miriam sonriéndole tras haber recibido respuesta positiva a la pregunta de si podía tutearle —Y de ahora en adelante te sucederá cada vez más. El ‘Síndrome Button’  se comporta, por lo que parece, siempre así. Yo misma desconocía cómo actuaba. Es algo muy poco frecuente. Me he informado sobre el mismo. Se trata de un proceso degenerativo a la inversa. Cada día, semana, mes…  irás desaprendiendo y olvidando todo lo que ese día, semana, mes… anterior hubieras aprendido o realizado. Scott Fitzgerald lo describió paso por paso. Puedes leerlo, acude a su texto. Tu caso no es tan estricto como el que él mostró. Fíjate en cómo buscando una cosa hemos encontrado otra que no sólo no te llevará a la muerte sino que poco a poco regresarás al inicio, a la gestación, a tu kilómetro cero. ¡¡Enhorabuena, Terio!!

Gritos

Hacía ya semanas que los golpes, acompañados de algún grito aislado y de muchos sollozos, tenían alarmada a la vecindad. Saber el piso exacto del que procedían no era tarea sencilla. «Parece que los ruidos vienen del 1º F«, decía la mayoría. En el ranking nacional de violencia doméstica este barrio ocupa uno de los primeros puestos. Es curioso eso de ‘violencia doméstica’; del calificativo, doméstica, parecería deducirse  que se trata de una violencia pequeña, poco salvaje, aunque, eso sí, muy conocida.

Poco a poco el barrio multiétnico y de nacionales ya metidos en años había ido transformándose. Jóvenes creativos, artistas, cantantes e incluso algún que otro funcionario -escritor en sus ratos libres- comenzaban a ser los habituales de sus plazas y comercios. La marcha, de ser fúnebre –rara era la semana que no se despedía con afecto a un nonagenario habitante de la barriada desde siempre-, había pasado a ser marchosa. Los anuncios de compraventa y de alquiler de las viviendas que los fallecimientos dejaban libres eran el pan nuestro de cada día. Los precios al alza, también.

Con la llegada de la nueva gente en la zona abrieron establecimientos de todo tipo, algunos impensables diez años atrás como esas sucursales bancarias, digitalizadas al máximo con modernos cajeros de colores llamativos, sin humano alguno que facilitase las operaciones o que, al menos, dialogase con los clientes. “Todo lo humano me es ajeno”, diríase que es la divisa adoptada por estos negocios del dinero que, por lo que se ve, saben volver del revés hasta las frases antiguas más consolidadas. Los humanos de ambos sexos y de todas las edades que habitaban en el barrio desde ni se sabe veían que la vida tranquila a la que estaban acostumbrados iba pasito a pasito evaporándose.

Las oleadas de emigrantes multiétnicos, asentados en la zona con anterioridad por ser en esos años los arrendamientos asequibles, también iban sintiendo en sus propias carnes –especialmente en su bolsillo- la subida de los alquileres de los pisos que unos propietarios sin rostro iban año tras año aumentando. Todo se movía, aunque en verdad nadie sabía quién manejaba los hilos; había quien decía que era un proceso natural. Pero lo único natural en el barrio envejecido era que las personas morían y a las que aún no había llegado su hora cada vez les resultaba más difícil  seguir viviendo en él.

 Las sirenas y las luces azules de los coches de policía y de las ambulancias visitaban un día sí y el otro también la zona. Cuando no era el SAMUR por un ictus o una indisposición grave de algún vecino era la Policía llamada para ayudar en un desahucio, un suicidio, una pelea callejera o una agresión de las denominadas de género o doméstica. Quizás por ello los nuevos habitantes de ese barrio gentrificado estaban muy sensibilizados y tenían muy interiorizado  que cuando de violencia se trata lo importante es la anticipación.  De ahí que cualquier grito, chillido, ruido de cacharros por tierra o sonidos semejantes los pusiera en guardia.

Era imposible seguir como si nada pasara en el 1º F. Habría que hacer algo, llamar al 112, activarse… Nadie quisiera imaginar que por no denunciar la chica de al lado saliese un día del piso con los pies por delante. Pero no todos pensaban igual. Había que respetar la intimidad hogareña, no debían inmiscuirse en la vida de pareja. Sí, sí, claro, la vida privada era muy cambiante de unas familias a otras; incluso las relaciones íntimas podían ser ruidosas, gritonas, chillonas, escandalosas… ¿Cuándo un gemido acompañado de lloro cruza la frontera del placer para ingresar en el del dolor? Y dentro de éste ¿cuándo se ingresa en el del abuso violento dejando a un lado el consentido daño? Desde luego no era fácil discernir, no.

Muchos de los nuevos vecinos de la zona eran,- ya se ha dicho antes-, artistas, actores, músicos, pintores, escritores… En el edificio del que salían esos lamentos acompañados o precedidos de golpes y rotura de cachivaches domésticos vivían muchos actores, algunos muy conocidos, y también dos o tres artistas plásticos famosos por sus exposiciones de arte en vivo. Estos nuevos propietarios habían adquirido sus viviendas a precios elevados,  que sólo ellos podían pagar. Participaban activamente en la vida de la zona, especialmente se les veía formando parte de los grupos antidesahucios, oponiéndose a que algún propietario con atractivas ofertas de compra por su piso pudiese recuperar su vivienda ocupada o de renta antigua. Ya se sabe: vivimos en perfecta contradicción con nosotros mismos.

Los habituales chillidos y golpes que salían del 1º F provocaron en los vecinos del edificio la necesidad de reunirse en Comunidad para debatir qué postura tomar sobre lo que tenía serios visos de acabar muy mal. “Les oigo gritarse y decirse cosas horribles”; “Ella primero le suplica que no la golpee más y a renglón seguido grita de un  modo terrible”; “A veces tras una sesión así, él le pide perdón, y luego les escucho hacer el amor”; “Él tiene mucho carácter. Es su naturaleza”; “¿No tendrá él para hacerlo motivos que nosotros desconocemos?”;  “Yo creo que ella se va con unos y con otros y eso un hombre como es debido no lo puede consentir”; “Ella tiene derecho a hacer lo que quiera, pero no por eso debe sufrir”…  Que si sí, que si no… Que si él, que si ella… Que si mejor denunciarle a él a pesar de que parece buen chaval cuando me lo cruzo tomando el ascensor… Que si mejor dejar que el curso natural de las cosas ponga a éstas en su sitio… Que si…

Quizás aquella fuese la reunión a la que más propietarios e inquilinos asistieron. Desde luego el asunto era muy importante. Había que tomar alguna resolución, salir del atolladero en el que desde hacía semanas la Comunidad se encontraba.  Llegaba el momento de las votaciones. Alguien preguntó por la pareja del 1º F. «¿Quién podía hablar en su nombre?». ¿Habían delegado su representación y voto en algún vecino?«… Unos y otros se miraron intentando atisbar en el rostro de cualquiera un gesto que respondiese a lo que se demandaba. En esas estaban cuando la pareja de jóvenes del 1º F entró en la sala donde se realizaba la reunión. Tras pedir perdón por su tardanza, ambos, risueños, alegres y radiantes, sin ser preguntados siquiera, comunicaron a la asamblea que eran muy felices en el piso que habían adquirido hacía unos meses y que pedían disculpas por si los ensayos que realizaban en su vivienda  pudieran molestar a algún vecino. Se trataba, dijeron, de una performance denuncia de la violencia contra la mujer en el seno del hogar. La estrenarían próximamente y, naturalmente, todos estaban invitados.

Gran teatro es el mundo

 Y en este mundo en conclusión
 Todos sueñan lo que son
 Aunque ninguno lo entienda
 (soliloquio de Segismundo)

 

Casualmente o no, Adela, cuando a medianoche salió de su habitación para ir al baño, se topó con Mauricio, quien, urgido de una irresistible micción, había salido de su habitación en gayumbos. De un tiempo a esta parte sufría de incontinencia urinaria, algo que naturalmente había ocultado a los compañeros de la Residencia.

— Joder, Mauri, menudo susto me has dado. Ya podías encender la luz o hacer más ruido —le espetó.

—Coño, Adela, ¿qué haces a estas horas apatrullando la Casa?

—Ja, ja, ja…, Mauri, cómo eres. Eso mismo podría preguntarte yo a ti. Además, veo que no vas de tiros largos, precisamente.

—No…, ya…, sí…Es cierto. Pero no te preocupes, Adela,  que me pongo algo enseguida.

—Oye, por mí no lo hagas, que a mí me da igual. Y déjame que tengo que ir al baño.

 

Jó, tía, no me jodas, con las ganas que tiene ella de tirárselo y va y deja pasar la ocasión. Creo que esta Adela está gilipollas”, fue el comentario general que calladamente resonó en todo el país. El experimento antropológico que por primera vez se estaba desarrollando en España tenía abducida a la ciudadanía.

«¿Será posible que doce personas de ambos sexos, jóvenes y sin prejuicios, sepan convivir en una casa durante unas semanas sin problema alguno?».

Los días previos a la emisión, esta frase y otras semejantes se utilizaron de cortinilla para marcar la entrada o final de los bloques publicitarios en esa cadena televisiva que, harta ya de perder audiencia, tras unos shares nefastos en programas en los que habían invertido mucho dinero y trabajo creativo, buscaba salir del bache y remontar.

 

«La cultura, la educación, el saber estar… ¿lograrán refrenar los impulsos primarios de estos jóvenes rebosantes de hormonas?».

— Por dios, Andrés, ¿no irás a colocar este mensaje en la promoción del reality? Me parece de todo punto intolerable. Es más, te diré que si lo haces podemos entrar en colisión con los códigos de autocontrol publicitario que acabamos de suscribir. Ten en cuenta que hasta las nueve o diez de la noche la ley nos exige proteger a la infancia de contenidos o mensajes lascivos, ambiguos, o que puedan comprometer su natural desarrollo intelectual —avisó Javier ante la anuencia de la junta directiva de la cadena en crisis.

—Pues ya me diréis qué hacemos, chicos. O eso o ya puede cada uno ir tanteando ofertas en Infojobs. La cosa está, como todos sabéis, muy jodida. Debemos lanzarnos a la piscina. Los socios italianos han dado ya un aviso al Gran Jefe, o remontamos o simplemente la empresa se declara en quiebra y tras los obligados pasos legales nos vemos todos en la puta calle. Lo repito bien claro: ¡¡En la PUTA calle!!

Un silencio culpable se apoderó de la sala de reuniones. Las pantallas de televisión que había en ella vomitaban lo que la cadena del grupo y sus rivales estaban en esos momentos emitiendo. Lo que más interesaba al Consejo Rector de la empresa era la capacidad de atracción publicitaria que tenía la competencia. De un tiempo a esta parte se la llevaban de calle; algo debían de estar haciendo ellos muy mal para que Cadena Península estuviese subiendo como la espuma cuando siempre habían sido unos negados.

—Habrá que arriesgarse, amigos. La sociedad en la que vivimos está hipersexualizada, eso es evidente. No creo que por mostrarla tal como es, en vivo y en directo, vaya a inmutarse nadie. Es más os recuerdo que si por rankings de audiencia es, quien en su día los obtuvo mayores fue Canal+ cuando a altas horas de la madrugada ponía películas subiditas de tono para suscriptores —comentó en voz alta Andrés, CEO de la cadena desde hacía unos meses, contratado justamente para conjurar el declive que la misma había iniciado.

—Pero la nuestra es una cadena en abierto, que se sostiene gracias a la publicidad. No tenemos suscriptores que valgan. Necesitamos programas que atraigan a la audiencia y de rebote sean atractivos a empresas para que nos encomienden la publicidad de sus productos.

—Lo sé, lo sé, Ramírez. No soy tonto. Lo que os quiero decir es que hasta los no suscriptores, cuando se emitían esas pelis calentitas, encendían sus aparatos de televisión y miraban la pantalla de nieve que velaba las imágenes. Incluso sin la nitidez necesaria se sentían atraídos por lo que vislumbraban bajo esa molesta neblina. Y eso Canal+ lo sabía.

Ramírez y el resto de consejeros asintieron a las palabras de Andrés mirándose unos a otros. Era verdad lo que éste acababa de manifestar, pero ¿no habían hablado hasta la saciedad en el nacimiento de la Cadena de deontología, compromiso ético, voluntad educadora, etc., etc.? Un fortísimo «¡¡Es la economía, estúpidos!!» resonó en la sala. Y ahí acabó la reunión.

 

A los dos meses de programa diario con cámaras vigilando por toda la Casa el encierro de los doce conejillos de indias, el canal televisivo en problemas vio que sus índices de audiencia crecían como la espuma. Ver a seres humanos deambular cual hámsteres en un reducido espacio realizando sus elementales necesidades vitales atraía al personal. Los doce jóvenes comían, se aseaban, satisfacían sus urgencias fisiológicas, dormían a pierna suelta, hablaban de cosas diversas según la heterogénea preparación de unos y de otros a quienes la productora del programa había seleccionado debidamente. En ese grupo humano había de todo: el intelectual, el tímido, el pijito, el ambiguo, el hetero irreductible, la feminista, la tradicional, la lanzada, la espabilada, etc., etc. Lo que era evidente es que los televidentes aguardaban expectantes el día en que la realización del espacio decidiese dar a las ondas los enamoramientos, emparejamientos y, por qué no, algún que otro revolcón que allí hubiese acaecido

 

Álgido punto de discusión en el seno de esa junta directiva cuyas decisiones  tanto bien habían hecho a la empresa fue el del vocabulario a emplear. Era esto asunto primordial pues es a su través que se llega al espectador y se logra empatizar o no con él.

—Yo creo —dijo Adela en una de las reuniones—, que para no perder audiencia debíamos admitir que los chicos utilicen unos términos u otros de manera que estos resulten acordes con sus niveles socioculturales de procedencia. Así, Noemí, dada su imagen de chica divertida y bien educada ,nunca dirá “follar” y sí “echar un kiki”, por ejemplo.

—Y al Johnny, que se ha mostrado como un atractivo macho macho muy machista, diría yo —intervino Andrés— le cuadran expresiones como “tirármela” o “follármela”, ¿no os parece?

—Sí, me parece bien, siempre que esos momentos se produzcan en horas tardías. Durante la madrugada, por ejemplo. Y que las palabras se disimulen un poquito haciendo ver al espectador que la emisora no es responsable del habla de estos chicos extraídos de manera azarosa del caldo social.

Fue Ramírez quien así habló al tiempo que por la expresión de su cara parecía estar pensando: “¡madre mía, el follón en el que estamos metidos! ¿Será posible que haya que reducir a la persona a esto para sacar beneficio económico?”

 

Mauricio, el ambiguo, y Adela, la tradicional, se volvieron a encontrar varias veces en esas excursiones nocturnas que hacían al baño. Con el paso de los días y ante las coincidencias sucesivas, buscadas o no, ambos fueron sintiéndose cada vez más a gusto. Salir del dormitorio común donde los micros de enorme agudeza auditiva y las cámaras con su ojo de cíclope buscaban captar en los chicos y las chicas esa palabra, ese gesto, ese descuido en la vestimenta que descubriese más anatomía de la habitual, les hacía a ellos mucho bien. Los realizadores no prestaban mucha atención al pasillo pues allí sólo se producía, creían, el apresurado paso hacia los baños donde no había cámara alguna.

 

Había llegado la hora de las expulsiones de la Casa. La participación de la audiencia en el desarrollo del Programa era parte importante.  Se venía a decir así al espectador que la democracia participativa estaba también en la vida diaria, incluso en la posibilidad de tomar decisiones en la oferta de ocio al estilo infantil de esos cuentos de ‘Construye tu propia aventura’. Sólo faltaba para que la cuenta de resultados fuese más que saneada que en el engaño interviniesen los denominados poderes públicos. «Si algún político del signo que sea interviniese alguna noche en el debate que se hace una vez  a la semana sobre lo sucedido en la Casa, creo que habríamos consolidado y garantizado la duración del invento»

Y como los deseos más sinceros y escondidos son órdenes para los mandamases que no se sabe cómo se enteran de todo, un día, ¡casualmente!, el teléfono abierto que el programa ofrecía para la participación de los espectadores dio entrada al político. Como se decía antaño, cuando los atentados terroristas, aquello fue un salto cualitativo. Desde ese momento la política real entró en el divertimento público. El resto de cadenas temerosas de perder audiencia comenzaron a realizar en prime time programas de entretenimiento en los que los políticos participaban. «Perfectamente, alcalde -o presidente, o concejal, o diputado- Pérez. Pero no me lo responda ahora, dejémoslo hasta que volvamos de la publicdad».

¡Maravilloso! Se había producido la cuadratura del círculo. Se había cruzado la frontera serio-frívolo, juicioso-irresponsable, digno-innoble, privado-público. El Reality-Show con mayúscula acababa de nacer y todos participábamos en él. Bueno, todos no, Adela y Mauri habían conseguido que la democracia participativa los expulsase de la Casa. La verdad es que su actitud, reconocieron todos, era algo insolidaria y eso no se podía consentir. Apenas si las cámaras se ocupaban de ellos; en realidad eran algo sosos y parecían hasta normales. Afortunadamente se impuso la cordura y sin ellos el espectáculo continuaría inamovible por los cauces establecidos.  ¡Viva!

El pisito

La verdad es que, todo hay que decirlo, el piso era bonito. Estaba en una urbanización de esas que como setas por esos años iban surgiendo en el entorno de las ciudades fueran estas grandes o pequeñas. En este caso era pequeña, la ciudad me refiero. Y la casa…, la casa era una monada: toda exterior con una amplia terraza circundando sus 120 metros cuadrados distribuidos en un amplio salón, cocina, dos baños y tres hermosas habitaciones. Una preciosidad, ya te digo.

Por ese piso situado a pocos minutos en coche de la imperial ciudad habían pasado –y seguían pasando– muchos de los docentes que, provisionales o en comisión de servicio, eran destinados un tiempo a alguno de los institutos de la villa. Estar a sólo 70 kilómetros de Madrid facilitaba un trasiego grande de personas que deseosas de arribar a la capital debían de transigir con pasar unos meses o quizás uno o dos cursos en la bella ciudad.

Mari Eli, profesora de literatura y compañera de Departamento, fue quien amablemente me dio pistas para alquilar el piso. Yo no conocía para nada la población y menos aún su entorno. Bueno, miento, conocía la ciudad pero sólo por la visita escolar que durante mi lejano bachillerato hiciera a ella con el Colegio. La excursión típica de un día a Toledo era todo lo que yo sabía por entonces de la ahora capital de toda una autonomía. Por eso cuando Mari Eli me puso en contacto con Dª Aurora, la administrativa-jefe de la Secretaría del Centro, y ésta me dijo que sí, que podía alquilarme el piso durante el tiempo que deseara, no pude ocultar mi enorme alegría a pesar de que el alquiler me pareció algo elevado. Pero, en fin, ya lo he dicho antes, el piso era muy bonito y su situación, a cuatro kilómetros de Toledo en una zona de futura expansión a donde se estaban trasladando parejas y familias muy jóvenes me había enamorado.

El año y medio que viví en Argés, que así se llamaba el pueblo donde la urbanización se encontraba fue de una increíble placidez. Argés mantenía aún su configuración de pueblo manchego con calles desde luego no dibujadas a escuadra y cartabón, y con las casas típicas de agricultores que todos los días salían a trabajar los campos aledaños donde cultivaban trigo y otros cereales; la mayoría de estos trabajadores del campo también tenían huertos que los aprovisionaban de verduras para consumo propio. El agua en la zona estaba asegurada gracias a la cercanía de la presa del Guajaraz  construida no haría más de diez años. El embalse, además de surtir a la ciudad de Toledo, se estaba convirtiendo en polo de atracción turística para los naturales que acudían a los aledaños del pantano a bañarse, comer y pasar la tarde huyendo así de las terribles horas centrales de la canícula veraniega siempre tan excesiva por allí.

Corrían los primeros años ochenta cuando viví en esa apacible zona. Todas las tardes me desplazaba hasta la ciudad donde impartía clases de Literatura en horario vespertino de seis de la tarde a 10 de la noche. Los alumnos que asistían a hacer el Bachillerato nocturno eran trabajadores de la Fábrica de Armas Santa Bárbara, unos;  empleados de comercio, otros; pero, sobre todo, abundaban los cadetes de la Academia de Infantería que completaban así los estudios que les exigían para culminar con éxito su paso por la institución militar. También, aunque menores en número, algunos policías y guardias civiles que querían realizar las pruebas de acceso a la Universidad estudiaban por la tarde el COU en el instituto donde muy a mi gusto yo daba clase.

Los primeros días de Curso eran habituales las colas que se formaban delante de la ventanilla de la Secretaría del Centro donde los alumnos rellenaban los impresos de matrícula y abonaban las tasas del curso correspondiente. Eran cantidades pequeñas, exiguas podría decirse, que variaban en pocas pesetas de unos a otros alumnos –sí, amigos, por entonces aún era la peseta la moneda de España–. La variación dependía del nivel escolar que se fuese a cursar, las asignaturas pendientes que se arrastrasen de cursos anteriores, y las propias circunstancias familiares de cada uno. De ahí que las diferencias en el pago no se fuesen más allá de veinte duros –100 pesetas– o poco más de unas matrículas a otras. Dª Aurora, ayudada por otra joven administrativa, trabajaba duro esas tardes distribuyéndose el trabajo entre ambas de manera que Loli, que así se llamaba la oficinista novel, revisaba los impresos que cumplimentaban los futuros alumnos y Dª Aurora se encargaba de cobrar los derechos de matrícula. Esto era así año tras año.

Dentro de la habitual  falta de medios que caracterizaba al Instituto, el curso –los cursos, me enteraría más tarde– iban transcurriendo con placidez: Clases impartidas, dudas resueltas, ejercicios practicados, lecturas comentadas, intercambio de opiniones sobre esto y aquello…, y naturalmente pruebas escritas u orales para comprobar el aprendizaje. Fue aquí cuando un día, tras haber yo anunciado un próximo ejercicio escrito y pedido a quienes fuesen a realizarlo que trajesen de casa folios suficientes para hacerlo, alguien, ahora no podría decir si hombre o mujer, preguntó: “Profesor, si tenemos nosotros que aportar el papel para hacer las pruebas,  ¿para qué entonces se destinan los cinco duros que cada uno pagamos al matricularnos en concepto de material escolar?”.

La pregunta como es lógico quedó sin respuesta por mi parte, aunque sí que me comprometí a preguntar a D. Gerardo, profesor de Latín y Secretario del Centro, por el asunto. Trasladé a Gerardo, hombre afable y sencillo donde los haya, la cuestión. Tras escucharme quedó pensativo sin responderme nada. “Vale, vale, Alberto, no te preocupes.”, parecía que su silencio quería decirme.

—¿Y qué le contesto al chico?— insistí al comprobar la callada por respuesta que me daba.

—Pues cualquier cosa, Alberto. No me vayas a decir ahora que no sabes esquivar o salir airoso de preguntas comprometidas.

—¿Comprometidas. Preguntas comprometidas? —repetí mirándole con sorpresa infinita—. No sabía yo que una cuestión así pudiese ser calificada de esa manera.

—Bueno, bueno, Alberto, ya hablaremos. ¿No ves que estoy hasta arriba de trabajo?

Mi alumno no volvió a plantear la cuestión y yo hice como que me había olvidado del asunto.

 Los meses pasaban con placidez. Yo cada día disfrutaba más de mis clases y de mis alumnos que al ser adultos planteaban cuestiones literarias de lo más interesante. Tras las clases, ya de noche, con algún colega algunos días tomaba unas cañas antes de regresar a Argés donde vivía la mar de a gusto. Un día, al mediodía, llamaron a la puerta. Eran un hombre y una mujer, los dos muy jóvenes. Preguntaban por Dª Aurora, la dueña del piso. Tras explicarles que yo no era más que su inquilino les pregunté si querían que le dijese algo a ella de su parte dado que esa misma tarde la vería en el Instituto. “No, no, no se preocupe. No es nada”, dijeron antes de marcharse. Algo en ellos me los hacía conocidos, su cara me era familiar, aunque no sabía ubicarlos.

Ese día al llegar al Centro y entrar en la Sala de Profesores noté un ambiente como diferente del habitual.

—¿Pasa algo? —pregunté a Mari Eli.

—Ja, ja, ja… —respondió riéndose con ganas—, no te lo vas a creer han detenido a Aurora, la administrativa de la Secretaría del Instituto.

—¡Ay, va. No fastidies! ¿Por qué?

—Dice Gerardo que en parte fuiste tú quien levantó la liebre

—¿Que fui yo qué?

En ese momento entró en la Sala Gerardo acompañado –no pude menos que sorprenderme- de la pareja de jóvenes que esa misma mañana había llamado a la puerta de mi casa. Mi cabeza rápidamente ubicó a los chicos que acompañaban al secretario, eran alumnos de uno de los cuatro grupos de COU a los que yo impartía clase. Sin necesidad de preguntar nada Gabriel y Lara, la pareja de policías que entraron a la Sala con Gerardo, nos explicaron que parecía ser que Dª Aurora, mi casera, cobraba a todos los alumnos en concepto no escrito de material escolar veinticinco pesetas que no ingresaba en las arcas del Centro. Si el Instituto con los dos turnos alcanzaba casi el número de 800 alumnos matriculados, la buena señora, de bóbilis bóbilis, llevaba todos los años a su faltriquera la sabrosa cantidad de 20.000 pesetas, suma que hace cuarenta años eran muchas pesetas.

Dice la voz popular que poquito a poquito se hace montoncito, y un anuncio de café lo trucaba en tacita a tacita. Pues bien esa tacita o ese montoncito nos aclaró a todos la procedencia de ese piso hermoso en ese edificio majetón de esa urbanización con pretensiones de ese pueblo llamado a formar parte relevante de la conurbación que en pocos años Toledo y localidades próximas sería.

Una familia feliz

Todas las familias felices se parecen unas a otras”, decía Tolstoi en Ana Karenina. Y concluía la frase con “pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Desde que la leí la frasecita de marras me asalta de vez en cuando, en cuanto las circunstancias cuadran para ello. Si estoy en un espectáculo aburrido al que parejas o matrimonios con hijos como el mío asisten, diríase que como por obligación, la felicidad codificada se me aparece y el hastío que ello genera en mí es de nota; si en una cena familiar, la de Nochebuena por ejemplo, mis suegros y mis cuñados alaban sus propios logros y mutuamente se solicitan apoyo para mejorar la cuenta de resultados de sus empresas, la irritación se apodera de mí y sufro lo que no está en los escritos. Sí, diríase que pertenezco y he formado una familia feliz, todo en mi existencia y en la de los míos discurre por los raíles que se denominan Felicidad.

 

—¿Eres feliz, Pedro? —inquirió la joven periodista al cómico exitoso cuando tras la presentación de la inmediata  gira de la Compañía teatral éste comunicó su próximo enlace matrimonial.

—Naturalmente —respondió con hartura el actor a la estúpida pregunta.

¿Por qué hay momentos, situaciones, comunicaciones…, que obligatoriamente se califican de felices? ¿Cuál es la marca, la línea, el borde, la frontera que separa al feliz del infeliz? ¿Porque me caso debo demostrar felicidad? ¿Salir de una vida sin reglas para ingresar en otra reglamentada es sinónimo de felicidad? ¿Dejar atrás la soltería para tomar la senda de la vida en pareja equivale a adherirse al equipo, si es que existe, de los dichosos?

Todas estas preguntas y más se hacía Pedro que paradójicamente se ganaba la vida haciendo reír, haciendo felices a quienes acudían a sus funciones para olvidar por unas horas la dureza, las desdichas de la vida cotidiana. Quizás aquí entraba en barrena el dicho tolstoiano.

 

Faltaban aún bastantes años para el fatal suceso. Hasta ese momento diríase que Pedro había sido feliz o al menos que su vida había seguido los patrones de las familias felices: amoríos juveniles, noviazgo con Tommy, casamiento y al poco feliz nacimiento de Alejandro a quien en homenaje al padre ya con un nombre hecho en el mundo de la farándula le antepusieron Pedro. Pedro Alejandro fue el eslabón que siempre mantuvo a la pareja dentro del estándar establecido para la felicidad y sí, también para la fidelidad.

—¿Te vienes con nosotros a tomar una copa, Pedro? —le preguntaban por esos años al acabar la sesión de rodaje o la función de teatro. Y a todos daba Pedro la negativa por respuesta. Sus compañeros varones comentaban con sorna la fidelidad excesiva del actor, si bien por otra parte agradecían su paso atrás gracias al cual aumentaban sus opciones de conquista en las salidas nocturnas.

Pedro prefería marchar a casa donde su hijo, ya adolescente, le esperaba para comentar con él su jornada escolar, pedirle que le resolviese alguna difícil cuestión lingüística, histórica o científica si es que Tommy, la madre, había sido incapaz de hacerlo. La confianza de Pedro Alejandro en su padre era proporcional al inmenso amor que ambos se profesaban. La felicidad reinaba en casa, eso lo notaba cualquiera. En la calle hacía mucho frío y el alcohol y el sexo rápido nunca le habían atraído demasiado al ilustre navarro. Sí, Pedro era muy feliz.

Pero ya se sabe que todos los santos tienen octava, que no hay situación buena o mala que cien años dure y que en cien años todos calvos. Némesis no consiente que el hombre pueda ser feliz siempre. A Pedro Alejandro le entusiasmaba la velocidad, las motos eran su pasión. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

—Papá, he visto una Kawasaki que a ti seguro que te encantaría —Era evidente que el chico sabía entrarle a Pedro hábilmente y plantearle los asuntos de manera que su eventual oposición quedase neutralizada desde el inicio.

—¿Kawasaki? —preguntó sin esperar respuesta alguna Pedro—. En mis tiempos las motos que nos encantaban eran las nacionales. Recuerdo con entusiasmo las Montesa, Ossa, Bultaco que, cuando yo tenía tu edad, llevaban ruidosamente por las calles los lecheros que repartían leche cruda por las casas. Desde ese mismo instante el mundo de las motocicletas me apasionó, hijo. Pero, ¿una Kawasaki? Será, claro, japonesa.

—Sí, papá, es japonesa y preciosa. Tienes que verla. Si quieres mañana podíamos ir hasta el concesionario.

Por la noche antes de dormir Tommy, como tantas y tantas otras noches, volvió a mostrar a su marido su completa oposición respecto a esa posible compra para la que el hijo llevaba trabajándose al padre desde hacía ya tiempo con gran pericia por su parte. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

 

Némesis por fin logró su objetivo. Pasaron dos o tres años, los suficientes para que la confianza se hubiera instalado en unos y en otros. Salir ruidosamente por las noches del chalet familiar y más tarde hacer derrapes y caballitos ante el grupo de amigos se había convertido, además de en cotidiano, en una acción totalmente exenta de peligro. “Sabe conducir a la perfección y es prudente, mujer, no hay peligro alguno”.

Cuando sonó el teléfono y la madre escuchó lo que le decían no pudo mantener la compostura. Un grito horrendo salió de su boca. Todo Edvard Munch se apoderó del chalet donde hasta ese aciago momento Tommy y Pedro habían sido felices. El mundo se precipitó contra el suelo cuando la bella Kawasaki que siempre adelantaba con presteza a quienquiera que estuviese por delante no supo ver esta vez que el cambio de rasante ocultaba a un Mazda Roadster MX-5 ST al que, japonés como ella, tampoco cabía en la cabeza que alguien pudiese obrar con la negligencia que ella acostumbraba. El choque de los artefactos nipones fue un tremendo Nagasaki rutero. No hubo supervivientes.

 

Los teatros llevaban años prescindiendo de ese actor navarro que tanto había hecho reír al público durante al menos once o doce temporadas. La depresión se había hecho fuerte en su cuerpo y no lograba levantar cabeza. La némesis en forma de accidente de tráfico se cebó con esa familia feliz parecida a tantas otras. De nuevo recordé la frase de Lev Tolstoi. La familia de Pedro comenzaba ahora a su manera su personal peripecia; hasta el momento de la desgracia todo había circulado por los raíles adscritos al universo de los seres felices. A partir de este punto esa pareja mutilada comenzaba una desconocida y penosa fase, la infelicidad se había hecho fuerte en sus almas. La novela de sus vidas ganaba en interés para los demás.

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