¡Vente a Alemania!

En el interior del autobús los viajeros dormitaban; en el exterior un tímido sol apuntaba entre las nubes de algodón que desde hacía varios días, y no de manera constante, regaban los terrenos secos y poco productivos de esa parte de Castilla. La Asociación Católica Internacional de Orientación a la Joven, encargada de conducir este contingente de mujeres trabajadoras formado por 47 valientes chicas decididas a buscarse un futuro lejos de la casa de sus padres, antes de salir había dictado de manera muy clara las normas para poder hacer el viaje: una sola maleta, los papeles del Instituto Español de Emigración en orden (cartilla de vacunación, certificado de buena conducta y comunicado de aceptación del trabajador por la empresa alemana), pasaporte en regla y paciencia, mucha paciencia durante las dos jornadas completas que duraba el viaje hasta Múnich.

 

Cuando Toñi, la más enterada de los tres hermanos, llegó a casa con el folleto que en la Escuela de Magisterio habían repartido entre las alumnas unos miembros del apostolado católico, sólo María Ángeles se negó a leerlo. Rafael, el hermano mayor, trabajaba desde hacía ya dos años como encofrador en una empresa de la ciudad castellana a la que el trabajo no le faltaba dada la necesidad de vivienda existente para poder acoger la imparable llegada de campesinos a esa capital. Toñi estaba exultante, ¿sería esta la ocasión que estaba buscando? Las mariposas comenzaron a hacerle cosquillas en el estómago: el viaje, las nuevas amigas que tendría, los chicos que conocería, quizás hasta surgiría el amor,  y tras él: casarse, criar a los hijos…; en definitiva, la felicidad.

—Pon la mesa, Toñi. Pero ¿puede saberse qué te pasa hoy? —le espetó Angelines a su hermana, que parecía estar fuera de este mundo—. Hija, perdona que te diga, pero hoy pareces tonta.

—Es que, Ángeles, yo creo que voy a echar los papeles —respondió risueña Toñi a su hermana al tiempo que del aparador sacaba el mantel que, cuidadosa, extendió sobre la camilla.

—No sé de qué me hablas, hija. Venga, coloca los cubiertos.

Mentalmente Toñi había abandonado la sala de estar–comedor. Ya se veía cumplimentando en la Oficina provincial de Emigración los impresos exigidos para acceder a alguno de los 47 puestos de trabajo para mujeres que la empresa textil alemana ofrecía a ciudadanas españolas. El sueldo, a Toñi, le parecía espectacular. “Madre mía, tres marcos a la hora, es decir, unos 120 marcos a la semana”. Ganar 120 marcos semanales era increíble para una española cuyo hermano, que se jugaba la vida todos los días subido a un andamio, no pasaba de 1800 pesetas al mes.

—¡Pero habrase visto! Toñi, mujer, ¿en qué estás pensado? Hija, parece que estás en Babia —dijo en voz alta Angelines dándole a la mayor de los hermanos un amable empellón.

—Es que, fíjate, Ángeles. Allí en una semana casi casi se gana lo que aquí en un mes —profirió Toñi en voz alta y sin casi mirar a la pequeña—. Y según pase el tiempo cada año subirá el sueldo, eso seguro; así, si ahora, en 1965, este es el sueldo nada más entrar, no te digo lo que se ganará en dos o tres años…

A Toñi siempre se le habían dado bien las matemáticas. La verdad es que Providencia, la mujer que se había hecho cargo de las hijas que Antonio aportó al matrimonio, siempre se había preguntado cómo las dos hermanas podían ser tan diferentes. Mientras que Toñi era una chica con muchas luces, con gran capacidad para el cálculo matemático y para la comprensión y expresión lingüísticas, Angelines, muy bondadosa, eso sí, era sin embargo muy torpe. Toñi había estudiado hasta cuarto de bachillerato con su reválida y todo; tan buena estudiante era que por sus buenas notas los profesores del instituto aconsejaron al padre que no la quitase de estudiar. De Mari Ángeles nunca dijeron nada semejante salvo que era una niña dócil, agradable, apacible. Por esto Antonio, de común acuerdo con Providencia, había decidió que Toñi  se preparase para ejercer de maestra y que Angelines en cuanto cumpliese dieciséis años se emplease en algo productivo. Era preciso llevar dinero a casa y Dios, eso ya se sabe, reparte la inteligencia con los ojos cerrados.

 

—Desde luego que no, Toñi. Tú te quedarás aquí y te emplearás aquí —escuchó Toñi decir a su padre cuando en la cena ella le expuso sus proyectos—. El esfuerzo que hemos hecho dándote estudios no lo podemos tirar por la borda ahora, cuando ya estás a pocos meses de comenzar a ejercer de maestra.

Tras oír la frase anterior, salida con fuerza de la boca de Antonio, a Toñi el mundo se le vino abajo. Esos cálculos, esas 6000 pesetas que ya se había visto ganando en Alemania, esos ahorros, esas nuevas amistades, ese imaginado chico con el que tendría hijos y sería feliz… Todo se esfumó tras la atronadora e incontestable exposición del padre.

—Tengo entendido, por lo que he podido escuchar a los funcionarios de la Diputación Provincial, que el IEE busca reclutar a personas con escasa formación —prosiguió Antonio dirigiéndose a su mujer e ignorando a sus hijas, cuyo destino él estaba decidiendo o adivinando cual consumado vidente—. Por esto, creo que, de postularse alguna de mis hijas para uno de esos 47 puestos de trabajo en Alemania, debiera de ser Angelines quien lo hiciese.

—Pero… —y ahí quedó muerta toda la refutación de Toñi. El respeto, mejor dicho, el miedo que la figura paterna le infundía hacía que los peros expirasen antes de salir de su boca.

— ¿Tú qué piensas, Angelines? —preguntó Toñi dirigiéndose a su hermana.

—Lo que vosotros decidáis estará bien —le respondió Angelines con el tono que era habitual en ella. Las ilusiones parecían no formar parte de su ADN. Simplemente había sido educada en la obediencia ciega a los padres. Si su padre pensaba así, sería porque era lo más conveniente para ella y para todos. Así que…

 

En Múnich las 47 muchachas españolas de edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinco años bajaron del bus con cara de susto. Todo allí les era extraño, hostil, frío, terrible, incomprensible. A la ventisca helada se unió el trato vejatorio que recibieron al ser obligadas por los agentes de emigración a ponerse en fila mientras que a cada una le daban un tarjetón identificativo que debían de colgarse al cuello. Y luego estaba el idioma. Pero qué decían esos hombres. Angelines iba a un lado u otro siguiendo las indicaciones de quienes parecía que allí mandaban; lo mejor era que no tenía que pensar, bastaba con obedecer y seguir al resto. Sin en ese preciso momento ser plenamente consciente de ello ni saber bien por qué, algo le decía a Mari Ángeles que Antonio, su padre, había elegido adecuadamente. Cuando tres meses más tarde Angelines regresó a la casa paterna, de la experiencia alemana no pudo decir nada más que eso: que la trataron como si fuera un animal, que no la consideraron para nada, que ella no entendía lo que le decían, que creía que los demás se burlaban siempre que la veían, que…

 

¿Tuvo Antonio algo de augur al elegir de entre sus dos hijas aquella que se sometería a la experiencia alemana? Pienso que sí, creo que el padre actuó cabalmente, movido por el gran amor que sentía hacia ellas. Supo anticipar que si la hija mayor, la mejor preparada, hubiese ocupado esa plaza laboral en Alemania, él la habría perdido para siempre; sin embargo intuyó que si quien acudía era la más torpe la unidad familiar no se resquebrajaría, pues más pronto que tarde la llamada de la sangre la haría regresar al nido. ¿Egoísmo? No, mejor, adivinación, experiencia, conocimiento de la genética presente en sus propias hijas. Habría que inventar un término para esto: ¿videncia genética? Bueno, llámalo como quieras.

Sorpresa

A Miriam el tercer paciente de aquel jueves le llamó la atención desde el primer momento. Cuando la médico de Familia del Centro de Salud Doctor Ramón Castroviejo lo vio entrar en su consulta cabizbajo, serio, con expresión preocupada, se preguntó qué le pasaría a ese portento de la Naturaleza, a ese paciente el menos paciente de todos sus pacientes.  Con la cordialidad que la caracterizaba y la que durante sus años de Residencia le habían recomendado utilizar para dirigirse a los enfermos lanzó al hombre abatido  que estaba ante ella un neutro y positivo “Pasa, pasa, Emeterio. Siéntate. Y dime. ¿Cómo va todo?”

Emeterio, Eme o don Eme como lo llamaban en la urba, era en opinión de Miriam un portento, un espécimen humano único. A sus 67 años de edad poseía una tersura de piel, una viveza ocular, una fortaleza y espesura en el cabello, una musculatura y proporciones corporales …, que serían la envidia de cualquier hombre de cuarenta. La doctora Ramírez, Miriam para los íntimos, siempre se había preguntado a sí misma a qué obedecería esa fantástica constitución y forma física.

Hacía ya muchos años que Emeterio, ante propios y extraños, presumía, ya no de lo que estaba a la vista de todos, sino también, ¡y mucho!, de lo que nadie podía ver, esto es, de lo que carecía. Terio –sus amigos de siempre: Aníbal y Márquez, el del quiosco de prensa,  se divertían mucho dirigiéndose a él con la aféresis de su nombre- Terio, como digo, a la edad que tenía no sabía qué era la presbicia, ninguna mancha de piel se había asentado en su cara o en sus manos, ningún dolor articular podía el buen hombre describir dado que carecía de ellos, y de memoria…  Emeterio era incapaz de recordar el día que había olvidado alguna cosa. En broma Márquez le decía que una vez se le olvidó darle la hora y que eso ya podía ser un síntoma de que el declive se iniciaba. Lo cierto era que Terio recordaba, como si los hubiera memorizado ayer, los poemas aprendidos durante su niñez y adolescencia en el Colegio; y lo mismo le pasaba con la Historia, cualquiera que fuese: de España, Sagrada, Universal, de la Ciencia, de la Literatura…Era decirle un nombre, una fecha, la denominación de una batalla para que Eme desgranase toda la retahíla de datos, cifras y circunstancias que rodeaban al mismo.

—Borodinó —le soltaba  Aníbal, que era quien más gustaba de provocar lo que él denominaba “Emeterio en modo historiador”. Y como si del asistente de Google se tratara don Eme se arrancaba: «La batalla de Borodinó  o batalla del río Moscova tuvo lugar el 7 de septiembre de 1812. Fue uno de los mayores y más sangrientos enfrentamientos  de las guerras napoleónicas, enfrentando a cerca de un cuarto de millón de hombres.»

—España, año 1937.

Y Terio se lanzaba cual bala perdida: «En 1937 se consolida el frente y asedio de Madrid. Tienen lugar batallas y bombardeos muy importantes entre los que se cuentan: toma de Málaga; batallas del Jarama, Guadalajara y Bilbao; bombardeos de Guernica, Jaén,  de Brunete y Belchite. En Málaga los fascistas italianos…» Y proseguía imparable relatando cuanto él conocía, que era mucho, sobre esas batallas, aquellos bombardeos, la entrada de los sublevados a sangre y fuego en las ciudades derrotadas… Había que decirle que parase, que dejase de aturullar con su sabiduría. “Vale, vale, Terio, para el carro” .

Por eso cuando la doctora Ramírez lo vio entrar compungido en la consulta se preocupó. “¿Todo bien, Emeterio?”. Pero la cosa no iba todo lo bien que solía. Don Eme le comentó que desde hacía un tiempo, quizás cuatro o cinco meses, las llagas se habían apoderado de su boca. Era una nimiedad, le decían todos, pero el sufrimiento aunque menor, dada su recurrencia se le estaba haciendo insoportable. El ardor, la picazón, le sublevaban, y qué decir del escozor que se adueñaba de su cavidad bucal cuando tomaba cualquier fruta ácida que tanto le gustaban. No aguantaba más. “¿Qué me está ocurriendo, doctora? ¿Son compatibles estas aftas con mi comprobada salud de hierro?”

Tras tranquilizarlo, Miriam, dada la edad de don Emeterio, decidió realizarle una serie de pruebas analíticas, exámenes radioscópicos, ecografías, resonancias magnéticas y tomografías computarizadas a fin de descartar lo peor. Ella y sus colegas de las batas blancas tenían por costumbre ponerse siempre en lo malo a fin de cubrirse las espaldas. Si la cosa iba mal: “Ya se lo advertí. En cuanto usted me contó los síntomas me percaté de la gravedad”. Y si las cosas no eran para tanto: “las analíticas, las pruebas que te he realizado y los tratamientos que te ordené  seguir han tenido éxito Emeterio. Hiciste muy bien en venir a verme”.

Siempre era así, pero esta vez le daba en la nariz a Miriam que algo había descarrilado en ese fantástico corpachón que hasta el momento el portador de esa memoria inacabable  había ostentado.  “Me voy a tomar muy en serio su caso, Emeterio. Mandaré que el laboratorio haga un examen exhaustivo de los humores y muestras que le enviemos.” La doctora Ramírez intuía, aunque no lo declaraba, que esas pústulas y heridas aftosas anunciaban con mucha probabilidad una leucemia crónica en don Eme.

A las cuatro semanas, tras toda una serie de visitas a centros de extracción de sangre, de diagnóstico por la imagen, de entregar diversas muestras fisiológicas para su análisis, y recoger los respectivos resultados, Emeterio, sentado en la sala de espera del consultorio, temblándole las canillas, aunque simulando estar sereno y tranquilo, aguardaba la llamada de la doctora Ramírez. Don Eme pensaba en lo que Aníbal, su mejor amigo, le había contado sobre lo sucedido a Ezequías. “Sí, Terio, coño, ¿cómo que quién  es Ezequías? Mira que me estás preocupando. ¡Pero si trabajó contigo en la Diputación provincial durante los dos últimos años, antes de jubilarte!”.

Nada, Ezequías no existía en la mente de Emeterio. También él comenzaba a estar preocupado. A él nada se le escapaba. Si era verdad lo que sobre este tal Ezequías le decía Aníbal ¿por qué no recordaba nada sobre él? Quizás esas heridas bucales eran anuncio de que el deterioro cognitivo estaba ya aquí, que Mr. Alzheimer anunciaba su visita, que la senilidad llamaba a su puerta. El número de orden que tenía en las manos era el 411EG. Con nerviosismo, cada vez que sonaba la campanita anunciadora seguida de la voz neutra de la Siri de turno («022JC, consulta 4»), miraba la pantallita de la sala de espera. Todavía no era su turno, aún no había llegado su hora. O sí había llegado ya. “¡Ay, madre, qué me está ocurriendo. Pero si a mí me llamaban ‘mar de la tranquilidad’!”

(«411EG, consulta 7»). Por fin, salió su ficha. Emeterio se levantó de la silla y se encaminó a la puerta de la consulta de la doctora Ramírez. La cabeza se le iba, se sentía algo mareado. Seguramente eran impresiones suyas. Hay que ser fuerte, Emeterio, se decía a sí mismo al tiempo que de su boca salió un metálico, hueco y vacío “Buenas tardes, doctora, ¿se puede?”. Miriam tenía dispuestos sobre la mesa del despacho toda la serie de informes y resultados de las pruebas realizadas a Terio. “Pase, pase, Emeterio. Siéntese”.

Después de las habituales e introductorias frases hechas, utilizadas por los facultativos de cualquier consultorio, Miriam fue directa al asunto. Tras comentar con Emeterio la analítica de sangre, la de orina, la de sangre en heces, lo que había resultado de la resonancia magnética de la cavidad bucal y de la búsqueda a través del TAC de efectos o elementos extraños en las partes blandas corporales, la doctora Ramírez le dijo al azorado paciente que  padecía un síndrome nada frecuente denominado por los investigadores ‘Síndrome Button’. De la perorata, henchida de cifras, datos y comentarios, que Miriam hizo sobre las pruebas realizadas, nuestro enfermo, sano como un roble pocos meses ha, sólo escuchó, sólo se le quedó grabado, el curioso nombre del caballo sobre el que, seguro, cabalgaba el cuarto jinete del apocalipsis: «Síndrome Button». Y como el del caballero, el rostro de don Emeterio adquirió un color ceniciento, pálido, amarillento…

—Sea sincera conmigo, doctora, se lo pido por favor. ¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó nuestro personaje a la médico liberado ya de la zozobra que da desconocer el mal que padecemos. De pronto se había despertado en él la figura del luchador. Si la cosa venía mal, lucharía hasta el final.

—Dada su constitución briosa, la ausencia de cualquier excrecencia propia de su edad y tal, creo que quizás no debiera usted preocuparse— le respondió Miriam.

—Me preocupo, doctora, pues veo que ya no soy el mismo—dijo Emeterio. Y para apoyar su afirmación contó a la facultativo el episodio de Ezequías y su completo desconocimiento acerca de quién era esta persona que todos le decían había sido compañero suyo durante los últimos meses de su vida laboral.

—Es normal que esto te pase— dijo Miriam sonriéndole tras haber recibido respuesta positiva a la pregunta de si podía tutearle —Y de ahora en adelante te sucederá cada vez más. El ‘Síndrome Button’  se comporta, por lo que parece, siempre así. Yo misma desconocía cómo actuaba. Es algo muy poco frecuente. Me he informado sobre el mismo. Se trata de un proceso degenerativo a la inversa. Cada día, semana, mes…  irás desaprendiendo y olvidando todo lo que ese día, semana, mes… anterior hubieras aprendido o realizado. Scott Fitzgerald lo describió paso por paso. Puedes leerlo, acude a su texto. Tu caso no es tan estricto como el que él mostró. Fíjate en cómo buscando una cosa hemos encontrado otra que no sólo no te llevará a la muerte sino que poco a poco regresarás al inicio, a la gestación, a tu kilómetro cero. ¡¡Enhorabuena, Terio!!

Gritos

Hacía ya semanas que los golpes, acompañados de algún grito aislado y de muchos sollozos, tenían alarmada a la vecindad. Saber el piso exacto del que procedían no era tarea sencilla. «Parece que los ruidos vienen del 1º F«, decía la mayoría. En el ranking nacional de violencia doméstica este barrio ocupa uno de los primeros puestos. Es curioso eso de ‘violencia doméstica’; del calificativo, doméstica, parecería deducirse  que se trata de una violencia pequeña, poco salvaje, aunque, eso sí, muy conocida.

Poco a poco el barrio multiétnico y de nacionales ya metidos en años había ido transformándose. Jóvenes creativos, artistas, cantantes e incluso algún que otro funcionario -escritor en sus ratos libres- comenzaban a ser los habituales de sus plazas y comercios. La marcha, de ser fúnebre –rara era la semana que no se despedía con afecto a un nonagenario habitante de la barriada desde siempre-, había pasado a ser marchosa. Los anuncios de compraventa y de alquiler de las viviendas que los fallecimientos dejaban libres eran el pan nuestro de cada día. Los precios al alza, también.

Con la llegada de la nueva gente en la zona abrieron establecimientos de todo tipo, algunos impensables diez años atrás como esas sucursales bancarias, digitalizadas al máximo con modernos cajeros de colores llamativos, sin humano alguno que facilitase las operaciones o que, al menos, dialogase con los clientes. “Todo lo humano me es ajeno”, diríase que es la divisa adoptada por estos negocios del dinero que, por lo que se ve, saben volver del revés hasta las frases antiguas más consolidadas. Los humanos de ambos sexos y de todas las edades que habitaban en el barrio desde ni se sabe veían que la vida tranquila a la que estaban acostumbrados iba pasito a pasito evaporándose.

Las oleadas de emigrantes multiétnicos, asentados en la zona con anterioridad por ser en esos años los arrendamientos asequibles, también iban sintiendo en sus propias carnes –especialmente en su bolsillo- la subida de los alquileres de los pisos que unos propietarios sin rostro iban año tras año aumentando. Todo se movía, aunque en verdad nadie sabía quién manejaba los hilos; había quien decía que era un proceso natural. Pero lo único natural en el barrio envejecido era que las personas morían y a las que aún no había llegado su hora cada vez les resultaba más difícil  seguir viviendo en él.

 Las sirenas y las luces azules de los coches de policía y de las ambulancias visitaban un día sí y el otro también la zona. Cuando no era el SAMUR por un ictus o una indisposición grave de algún vecino era la Policía llamada para ayudar en un desahucio, un suicidio, una pelea callejera o una agresión de las denominadas de género o doméstica. Quizás por ello los nuevos habitantes de ese barrio gentrificado estaban muy sensibilizados y tenían muy interiorizado  que cuando de violencia se trata lo importante es la anticipación.  De ahí que cualquier grito, chillido, ruido de cacharros por tierra o sonidos semejantes los pusiera en guardia.

Era imposible seguir como si nada pasara en el 1º F. Habría que hacer algo, llamar al 112, activarse… Nadie quisiera imaginar que por no denunciar la chica de al lado saliese un día del piso con los pies por delante. Pero no todos pensaban igual. Había que respetar la intimidad hogareña, no debían inmiscuirse en la vida de pareja. Sí, sí, claro, la vida privada era muy cambiante de unas familias a otras; incluso las relaciones íntimas podían ser ruidosas, gritonas, chillonas, escandalosas… ¿Cuándo un gemido acompañado de lloro cruza la frontera del placer para ingresar en el del dolor? Y dentro de éste ¿cuándo se ingresa en el del abuso violento dejando a un lado el consentido daño? Desde luego no era fácil discernir, no.

Muchos de los nuevos vecinos de la zona eran,- ya se ha dicho antes-, artistas, actores, músicos, pintores, escritores… En el edificio del que salían esos lamentos acompañados o precedidos de golpes y rotura de cachivaches domésticos vivían muchos actores, algunos muy conocidos, y también dos o tres artistas plásticos famosos por sus exposiciones de arte en vivo. Estos nuevos propietarios habían adquirido sus viviendas a precios elevados,  que sólo ellos podían pagar. Participaban activamente en la vida de la zona, especialmente se les veía formando parte de los grupos antidesahucios, oponiéndose a que algún propietario con atractivas ofertas de compra por su piso pudiese recuperar su vivienda ocupada o de renta antigua. Ya se sabe: vivimos en perfecta contradicción con nosotros mismos.

Los habituales chillidos y golpes que salían del 1º F provocaron en los vecinos del edificio la necesidad de reunirse en Comunidad para debatir qué postura tomar sobre lo que tenía serios visos de acabar muy mal. “Les oigo gritarse y decirse cosas horribles”; “Ella primero le suplica que no la golpee más y a renglón seguido grita de un  modo terrible”; “A veces tras una sesión así, él le pide perdón, y luego les escucho hacer el amor”; “Él tiene mucho carácter. Es su naturaleza”; “¿No tendrá él para hacerlo motivos que nosotros desconocemos?”;  “Yo creo que ella se va con unos y con otros y eso un hombre como es debido no lo puede consentir”; “Ella tiene derecho a hacer lo que quiera, pero no por eso debe sufrir”…  Que si sí, que si no… Que si él, que si ella… Que si mejor denunciarle a él a pesar de que parece buen chaval cuando me lo cruzo tomando el ascensor… Que si mejor dejar que el curso natural de las cosas ponga a éstas en su sitio… Que si…

Quizás aquella fuese la reunión a la que más propietarios e inquilinos asistieron. Desde luego el asunto era muy importante. Había que tomar alguna resolución, salir del atolladero en el que desde hacía semanas la Comunidad se encontraba.  Llegaba el momento de las votaciones. Alguien preguntó por la pareja del 1º F. «¿Quién podía hablar en su nombre?». ¿Habían delegado su representación y voto en algún vecino?«… Unos y otros se miraron intentando atisbar en el rostro de cualquiera un gesto que respondiese a lo que se demandaba. En esas estaban cuando la pareja de jóvenes del 1º F entró en la sala donde se realizaba la reunión. Tras pedir perdón por su tardanza, ambos, risueños, alegres y radiantes, sin ser preguntados siquiera, comunicaron a la asamblea que eran muy felices en el piso que habían adquirido hacía unos meses y que pedían disculpas por si los ensayos que realizaban en su vivienda  pudieran molestar a algún vecino. Se trataba, dijeron, de una performance denuncia de la violencia contra la mujer en el seno del hogar. La estrenarían próximamente y, naturalmente, todos estaban invitados.

Gran teatro es el mundo

 Y en este mundo en conclusión
 Todos sueñan lo que son
 Aunque ninguno lo entienda
 (soliloquio de Segismundo)

 

Casualmente o no, Adela, cuando a medianoche salió de su habitación para ir al baño, se topó con Mauricio, quien, urgido de una irresistible micción, había salido de su habitación en gayumbos. De un tiempo a esta parte sufría de incontinencia urinaria, algo que naturalmente había ocultado a los compañeros de la Residencia.

— Joder, Mauri, menudo susto me has dado. Ya podías encender la luz o hacer más ruido —le espetó.

—Coño, Adela, ¿qué haces a estas horas apatrullando la Casa?

—Ja, ja, ja…, Mauri, cómo eres. Eso mismo podría preguntarte yo a ti. Además, veo que no vas de tiros largos, precisamente.

—No…, ya…, sí…Es cierto. Pero no te preocupes, Adela,  que me pongo algo enseguida.

—Oye, por mí no lo hagas, que a mí me da igual. Y déjame que tengo que ir al baño.

 

Jó, tía, no me jodas, con las ganas que tiene ella de tirárselo y va y deja pasar la ocasión. Creo que esta Adela está gilipollas”, fue el comentario general que calladamente resonó en todo el país. El experimento antropológico que por primera vez se estaba desarrollando en España tenía abducida a la ciudadanía.

«¿Será posible que doce personas de ambos sexos, jóvenes y sin prejuicios, sepan convivir en una casa durante unas semanas sin problema alguno?».

Los días previos a la emisión, esta frase y otras semejantes se utilizaron de cortinilla para marcar la entrada o final de los bloques publicitarios en esa cadena televisiva que, harta ya de perder audiencia, tras unos shares nefastos en programas en los que habían invertido mucho dinero y trabajo creativo, buscaba salir del bache y remontar.

 

«La cultura, la educación, el saber estar… ¿lograrán refrenar los impulsos primarios de estos jóvenes rebosantes de hormonas?».

— Por dios, Andrés, ¿no irás a colocar este mensaje en la promoción del reality? Me parece de todo punto intolerable. Es más, te diré que si lo haces podemos entrar en colisión con los códigos de autocontrol publicitario que acabamos de suscribir. Ten en cuenta que hasta las nueve o diez de la noche la ley nos exige proteger a la infancia de contenidos o mensajes lascivos, ambiguos, o que puedan comprometer su natural desarrollo intelectual —avisó Javier ante la anuencia de la junta directiva de la cadena en crisis.

—Pues ya me diréis qué hacemos, chicos. O eso o ya puede cada uno ir tanteando ofertas en Infojobs. La cosa está, como todos sabéis, muy jodida. Debemos lanzarnos a la piscina. Los socios italianos han dado ya un aviso al Gran Jefe, o remontamos o simplemente la empresa se declara en quiebra y tras los obligados pasos legales nos vemos todos en la puta calle. Lo repito bien claro: ¡¡En la PUTA calle!!

Un silencio culpable se apoderó de la sala de reuniones. Las pantallas de televisión que había en ella vomitaban lo que la cadena del grupo y sus rivales estaban en esos momentos emitiendo. Lo que más interesaba al Consejo Rector de la empresa era la capacidad de atracción publicitaria que tenía la competencia. De un tiempo a esta parte se la llevaban de calle; algo debían de estar haciendo ellos muy mal para que Cadena Península estuviese subiendo como la espuma cuando siempre habían sido unos negados.

—Habrá que arriesgarse, amigos. La sociedad en la que vivimos está hipersexualizada, eso es evidente. No creo que por mostrarla tal como es, en vivo y en directo, vaya a inmutarse nadie. Es más os recuerdo que si por rankings de audiencia es, quien en su día los obtuvo mayores fue Canal+ cuando a altas horas de la madrugada ponía películas subiditas de tono para suscriptores —comentó en voz alta Andrés, CEO de la cadena desde hacía unos meses, contratado justamente para conjurar el declive que la misma había iniciado.

—Pero la nuestra es una cadena en abierto, que se sostiene gracias a la publicidad. No tenemos suscriptores que valgan. Necesitamos programas que atraigan a la audiencia y de rebote sean atractivos a empresas para que nos encomienden la publicidad de sus productos.

—Lo sé, lo sé, Ramírez. No soy tonto. Lo que os quiero decir es que hasta los no suscriptores, cuando se emitían esas pelis calentitas, encendían sus aparatos de televisión y miraban la pantalla de nieve que velaba las imágenes. Incluso sin la nitidez necesaria se sentían atraídos por lo que vislumbraban bajo esa molesta neblina. Y eso Canal+ lo sabía.

Ramírez y el resto de consejeros asintieron a las palabras de Andrés mirándose unos a otros. Era verdad lo que éste acababa de manifestar, pero ¿no habían hablado hasta la saciedad en el nacimiento de la Cadena de deontología, compromiso ético, voluntad educadora, etc., etc.? Un fortísimo «¡¡Es la economía, estúpidos!!» resonó en la sala. Y ahí acabó la reunión.

 

A los dos meses de programa diario con cámaras vigilando por toda la Casa el encierro de los doce conejillos de indias, el canal televisivo en problemas vio que sus índices de audiencia crecían como la espuma. Ver a seres humanos deambular cual hámsteres en un reducido espacio realizando sus elementales necesidades vitales atraía al personal. Los doce jóvenes comían, se aseaban, satisfacían sus urgencias fisiológicas, dormían a pierna suelta, hablaban de cosas diversas según la heterogénea preparación de unos y de otros a quienes la productora del programa había seleccionado debidamente. En ese grupo humano había de todo: el intelectual, el tímido, el pijito, el ambiguo, el hetero irreductible, la feminista, la tradicional, la lanzada, la espabilada, etc., etc. Lo que era evidente es que los televidentes aguardaban expectantes el día en que la realización del espacio decidiese dar a las ondas los enamoramientos, emparejamientos y, por qué no, algún que otro revolcón que allí hubiese acaecido

 

Álgido punto de discusión en el seno de esa junta directiva cuyas decisiones  tanto bien habían hecho a la empresa fue el del vocabulario a emplear. Era esto asunto primordial pues es a su través que se llega al espectador y se logra empatizar o no con él.

—Yo creo —dijo Adela en una de las reuniones—, que para no perder audiencia debíamos admitir que los chicos utilicen unos términos u otros de manera que estos resulten acordes con sus niveles socioculturales de procedencia. Así, Noemí, dada su imagen de chica divertida y bien educada ,nunca dirá “follar” y sí “echar un kiki”, por ejemplo.

—Y al Johnny, que se ha mostrado como un atractivo macho macho muy machista, diría yo —intervino Andrés— le cuadran expresiones como “tirármela” o “follármela”, ¿no os parece?

—Sí, me parece bien, siempre que esos momentos se produzcan en horas tardías. Durante la madrugada, por ejemplo. Y que las palabras se disimulen un poquito haciendo ver al espectador que la emisora no es responsable del habla de estos chicos extraídos de manera azarosa del caldo social.

Fue Ramírez quien así habló al tiempo que por la expresión de su cara parecía estar pensando: “¡madre mía, el follón en el que estamos metidos! ¿Será posible que haya que reducir a la persona a esto para sacar beneficio económico?”

 

Mauricio, el ambiguo, y Adela, la tradicional, se volvieron a encontrar varias veces en esas excursiones nocturnas que hacían al baño. Con el paso de los días y ante las coincidencias sucesivas, buscadas o no, ambos fueron sintiéndose cada vez más a gusto. Salir del dormitorio común donde los micros de enorme agudeza auditiva y las cámaras con su ojo de cíclope buscaban captar en los chicos y las chicas esa palabra, ese gesto, ese descuido en la vestimenta que descubriese más anatomía de la habitual, les hacía a ellos mucho bien. Los realizadores no prestaban mucha atención al pasillo pues allí sólo se producía, creían, el apresurado paso hacia los baños donde no había cámara alguna.

 

Había llegado la hora de las expulsiones de la Casa. La participación de la audiencia en el desarrollo del Programa era parte importante.  Se venía a decir así al espectador que la democracia participativa estaba también en la vida diaria, incluso en la posibilidad de tomar decisiones en la oferta de ocio al estilo infantil de esos cuentos de ‘Construye tu propia aventura’. Sólo faltaba para que la cuenta de resultados fuese más que saneada que en el engaño interviniesen los denominados poderes públicos. «Si algún político del signo que sea interviniese alguna noche en el debate que se hace una vez  a la semana sobre lo sucedido en la Casa, creo que habríamos consolidado y garantizado la duración del invento»

Y como los deseos más sinceros y escondidos son órdenes para los mandamases que no se sabe cómo se enteran de todo, un día, ¡casualmente!, el teléfono abierto que el programa ofrecía para la participación de los espectadores dio entrada al político. Como se decía antaño, cuando los atentados terroristas, aquello fue un salto cualitativo. Desde ese momento la política real entró en el divertimento público. El resto de cadenas temerosas de perder audiencia comenzaron a realizar en prime time programas de entretenimiento en los que los políticos participaban. «Perfectamente, alcalde -o presidente, o concejal, o diputado- Pérez. Pero no me lo responda ahora, dejémoslo hasta que volvamos de la publicdad».

¡Maravilloso! Se había producido la cuadratura del círculo. Se había cruzado la frontera serio-frívolo, juicioso-irresponsable, digno-innoble, privado-público. El Reality-Show con mayúscula acababa de nacer y todos participábamos en él. Bueno, todos no, Adela y Mauri habían conseguido que la democracia participativa los expulsase de la Casa. La verdad es que su actitud, reconocieron todos, era algo insolidaria y eso no se podía consentir. Apenas si las cámaras se ocupaban de ellos; en realidad eran algo sosos y parecían hasta normales. Afortunadamente se impuso la cordura y sin ellos el espectáculo continuaría inamovible por los cauces establecidos.  ¡Viva!

El pisito

La verdad es que, todo hay que decirlo, el piso era bonito. Estaba en una urbanización de esas que como setas por esos años iban surgiendo en el entorno de las ciudades fueran estas grandes o pequeñas. En este caso era pequeña, la ciudad me refiero. Y la casa…, la casa era una monada: toda exterior con una amplia terraza circundando sus 120 metros cuadrados distribuidos en un amplio salón, cocina, dos baños y tres hermosas habitaciones. Una preciosidad, ya te digo.

Por ese piso situado a pocos minutos en coche de la imperial ciudad habían pasado –y seguían pasando– muchos de los docentes que, provisionales o en comisión de servicio, eran destinados un tiempo a alguno de los institutos de la villa. Estar a sólo 70 kilómetros de Madrid facilitaba un trasiego grande de personas que deseosas de arribar a la capital debían de transigir con pasar unos meses o quizás uno o dos cursos en la bella ciudad.

Mari Eli, profesora de literatura y compañera de Departamento, fue quien amablemente me dio pistas para alquilar el piso. Yo no conocía para nada la población y menos aún su entorno. Bueno, miento, conocía la ciudad pero sólo por la visita escolar que durante mi lejano bachillerato hiciera a ella con el Colegio. La excursión típica de un día a Toledo era todo lo que yo sabía por entonces de la ahora capital de toda una autonomía. Por eso cuando Mari Eli me puso en contacto con Dª Aurora, la administrativa-jefe de la Secretaría del Centro, y ésta me dijo que sí, que podía alquilarme el piso durante el tiempo que deseara, no pude ocultar mi enorme alegría a pesar de que el alquiler me pareció algo elevado. Pero, en fin, ya lo he dicho antes, el piso era muy bonito y su situación, a cuatro kilómetros de Toledo en una zona de futura expansión a donde se estaban trasladando parejas y familias muy jóvenes me había enamorado.

El año y medio que viví en Argés, que así se llamaba el pueblo donde la urbanización se encontraba fue de una increíble placidez. Argés mantenía aún su configuración de pueblo manchego con calles desde luego no dibujadas a escuadra y cartabón, y con las casas típicas de agricultores que todos los días salían a trabajar los campos aledaños donde cultivaban trigo y otros cereales; la mayoría de estos trabajadores del campo también tenían huertos que los aprovisionaban de verduras para consumo propio. El agua en la zona estaba asegurada gracias a la cercanía de la presa del Guajaraz  construida no haría más de diez años. El embalse, además de surtir a la ciudad de Toledo, se estaba convirtiendo en polo de atracción turística para los naturales que acudían a los aledaños del pantano a bañarse, comer y pasar la tarde huyendo así de las terribles horas centrales de la canícula veraniega siempre tan excesiva por allí.

Corrían los primeros años ochenta cuando viví en esa apacible zona. Todas las tardes me desplazaba hasta la ciudad donde impartía clases de Literatura en horario vespertino de seis de la tarde a 10 de la noche. Los alumnos que asistían a hacer el Bachillerato nocturno eran trabajadores de la Fábrica de Armas Santa Bárbara, unos;  empleados de comercio, otros; pero, sobre todo, abundaban los cadetes de la Academia de Infantería que completaban así los estudios que les exigían para culminar con éxito su paso por la institución militar. También, aunque menores en número, algunos policías y guardias civiles que querían realizar las pruebas de acceso a la Universidad estudiaban por la tarde el COU en el instituto donde muy a mi gusto yo daba clase.

Los primeros días de Curso eran habituales las colas que se formaban delante de la ventanilla de la Secretaría del Centro donde los alumnos rellenaban los impresos de matrícula y abonaban las tasas del curso correspondiente. Eran cantidades pequeñas, exiguas podría decirse, que variaban en pocas pesetas de unos a otros alumnos –sí, amigos, por entonces aún era la peseta la moneda de España–. La variación dependía del nivel escolar que se fuese a cursar, las asignaturas pendientes que se arrastrasen de cursos anteriores, y las propias circunstancias familiares de cada uno. De ahí que las diferencias en el pago no se fuesen más allá de veinte duros –100 pesetas– o poco más de unas matrículas a otras. Dª Aurora, ayudada por otra joven administrativa, trabajaba duro esas tardes distribuyéndose el trabajo entre ambas de manera que Loli, que así se llamaba la oficinista novel, revisaba los impresos que cumplimentaban los futuros alumnos y Dª Aurora se encargaba de cobrar los derechos de matrícula. Esto era así año tras año.

Dentro de la habitual  falta de medios que caracterizaba al Instituto, el curso –los cursos, me enteraría más tarde– iban transcurriendo con placidez: Clases impartidas, dudas resueltas, ejercicios practicados, lecturas comentadas, intercambio de opiniones sobre esto y aquello…, y naturalmente pruebas escritas u orales para comprobar el aprendizaje. Fue aquí cuando un día, tras haber yo anunciado un próximo ejercicio escrito y pedido a quienes fuesen a realizarlo que trajesen de casa folios suficientes para hacerlo, alguien, ahora no podría decir si hombre o mujer, preguntó: “Profesor, si tenemos nosotros que aportar el papel para hacer las pruebas,  ¿para qué entonces se destinan los cinco duros que cada uno pagamos al matricularnos en concepto de material escolar?”.

La pregunta como es lógico quedó sin respuesta por mi parte, aunque sí que me comprometí a preguntar a D. Gerardo, profesor de Latín y Secretario del Centro, por el asunto. Trasladé a Gerardo, hombre afable y sencillo donde los haya, la cuestión. Tras escucharme quedó pensativo sin responderme nada. “Vale, vale, Alberto, no te preocupes.”, parecía que su silencio quería decirme.

—¿Y qué le contesto al chico?— insistí al comprobar la callada por respuesta que me daba.

—Pues cualquier cosa, Alberto. No me vayas a decir ahora que no sabes esquivar o salir airoso de preguntas comprometidas.

—¿Comprometidas. Preguntas comprometidas? —repetí mirándole con sorpresa infinita—. No sabía yo que una cuestión así pudiese ser calificada de esa manera.

—Bueno, bueno, Alberto, ya hablaremos. ¿No ves que estoy hasta arriba de trabajo?

Mi alumno no volvió a plantear la cuestión y yo hice como que me había olvidado del asunto.

 Los meses pasaban con placidez. Yo cada día disfrutaba más de mis clases y de mis alumnos que al ser adultos planteaban cuestiones literarias de lo más interesante. Tras las clases, ya de noche, con algún colega algunos días tomaba unas cañas antes de regresar a Argés donde vivía la mar de a gusto. Un día, al mediodía, llamaron a la puerta. Eran un hombre y una mujer, los dos muy jóvenes. Preguntaban por Dª Aurora, la dueña del piso. Tras explicarles que yo no era más que su inquilino les pregunté si querían que le dijese algo a ella de su parte dado que esa misma tarde la vería en el Instituto. “No, no, no se preocupe. No es nada”, dijeron antes de marcharse. Algo en ellos me los hacía conocidos, su cara me era familiar, aunque no sabía ubicarlos.

Ese día al llegar al Centro y entrar en la Sala de Profesores noté un ambiente como diferente del habitual.

—¿Pasa algo? —pregunté a Mari Eli.

—Ja, ja, ja… —respondió riéndose con ganas—, no te lo vas a creer han detenido a Aurora, la administrativa de la Secretaría del Instituto.

—¡Ay, va. No fastidies! ¿Por qué?

—Dice Gerardo que en parte fuiste tú quien levantó la liebre

—¿Que fui yo qué?

En ese momento entró en la Sala Gerardo acompañado –no pude menos que sorprenderme- de la pareja de jóvenes que esa misma mañana había llamado a la puerta de mi casa. Mi cabeza rápidamente ubicó a los chicos que acompañaban al secretario, eran alumnos de uno de los cuatro grupos de COU a los que yo impartía clase. Sin necesidad de preguntar nada Gabriel y Lara, la pareja de policías que entraron a la Sala con Gerardo, nos explicaron que parecía ser que Dª Aurora, mi casera, cobraba a todos los alumnos en concepto no escrito de material escolar veinticinco pesetas que no ingresaba en las arcas del Centro. Si el Instituto con los dos turnos alcanzaba casi el número de 800 alumnos matriculados, la buena señora, de bóbilis bóbilis, llevaba todos los años a su faltriquera la sabrosa cantidad de 20.000 pesetas, suma que hace cuarenta años eran muchas pesetas.

Dice la voz popular que poquito a poquito se hace montoncito, y un anuncio de café lo trucaba en tacita a tacita. Pues bien esa tacita o ese montoncito nos aclaró a todos la procedencia de ese piso hermoso en ese edificio majetón de esa urbanización con pretensiones de ese pueblo llamado a formar parte relevante de la conurbación que en pocos años Toledo y localidades próximas sería.

Una familia feliz

Todas las familias felices se parecen unas a otras”, decía Tolstoi en Ana Karenina. Y concluía la frase con “pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Desde que la leí la frasecita de marras me asalta de vez en cuando, en cuanto las circunstancias cuadran para ello. Si estoy en un espectáculo aburrido al que parejas o matrimonios con hijos como el mío asisten, diríase que como por obligación, la felicidad codificada se me aparece y el hastío que ello genera en mí es de nota; si en una cena familiar, la de Nochebuena por ejemplo, mis suegros y mis cuñados alaban sus propios logros y mutuamente se solicitan apoyo para mejorar la cuenta de resultados de sus empresas, la irritación se apodera de mí y sufro lo que no está en los escritos. Sí, diríase que pertenezco y he formado una familia feliz, todo en mi existencia y en la de los míos discurre por los raíles que se denominan Felicidad.

 

—¿Eres feliz, Pedro? —inquirió la joven periodista al cómico exitoso cuando tras la presentación de la inmediata  gira de la Compañía teatral éste comunicó su próximo enlace matrimonial.

—Naturalmente —respondió con hartura el actor a la estúpida pregunta.

¿Por qué hay momentos, situaciones, comunicaciones…, que obligatoriamente se califican de felices? ¿Cuál es la marca, la línea, el borde, la frontera que separa al feliz del infeliz? ¿Porque me caso debo demostrar felicidad? ¿Salir de una vida sin reglas para ingresar en otra reglamentada es sinónimo de felicidad? ¿Dejar atrás la soltería para tomar la senda de la vida en pareja equivale a adherirse al equipo, si es que existe, de los dichosos?

Todas estas preguntas y más se hacía Pedro que paradójicamente se ganaba la vida haciendo reír, haciendo felices a quienes acudían a sus funciones para olvidar por unas horas la dureza, las desdichas de la vida cotidiana. Quizás aquí entraba en barrena el dicho tolstoiano.

 

Faltaban aún bastantes años para el fatal suceso. Hasta ese momento diríase que Pedro había sido feliz o al menos que su vida había seguido los patrones de las familias felices: amoríos juveniles, noviazgo con Tommy, casamiento y al poco feliz nacimiento de Alejandro a quien en homenaje al padre ya con un nombre hecho en el mundo de la farándula le antepusieron Pedro. Pedro Alejandro fue el eslabón que siempre mantuvo a la pareja dentro del estándar establecido para la felicidad y sí, también para la fidelidad.

—¿Te vienes con nosotros a tomar una copa, Pedro? —le preguntaban por esos años al acabar la sesión de rodaje o la función de teatro. Y a todos daba Pedro la negativa por respuesta. Sus compañeros varones comentaban con sorna la fidelidad excesiva del actor, si bien por otra parte agradecían su paso atrás gracias al cual aumentaban sus opciones de conquista en las salidas nocturnas.

Pedro prefería marchar a casa donde su hijo, ya adolescente, le esperaba para comentar con él su jornada escolar, pedirle que le resolviese alguna difícil cuestión lingüística, histórica o científica si es que Tommy, la madre, había sido incapaz de hacerlo. La confianza de Pedro Alejandro en su padre era proporcional al inmenso amor que ambos se profesaban. La felicidad reinaba en casa, eso lo notaba cualquiera. En la calle hacía mucho frío y el alcohol y el sexo rápido nunca le habían atraído demasiado al ilustre navarro. Sí, Pedro era muy feliz.

Pero ya se sabe que todos los santos tienen octava, que no hay situación buena o mala que cien años dure y que en cien años todos calvos. Némesis no consiente que el hombre pueda ser feliz siempre. A Pedro Alejandro le entusiasmaba la velocidad, las motos eran su pasión. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

—Papá, he visto una Kawasaki que a ti seguro que te encantaría —Era evidente que el chico sabía entrarle a Pedro hábilmente y plantearle los asuntos de manera que su eventual oposición quedase neutralizada desde el inicio.

—¿Kawasaki? —preguntó sin esperar respuesta alguna Pedro—. En mis tiempos las motos que nos encantaban eran las nacionales. Recuerdo con entusiasmo las Montesa, Ossa, Bultaco que, cuando yo tenía tu edad, llevaban ruidosamente por las calles los lecheros que repartían leche cruda por las casas. Desde ese mismo instante el mundo de las motocicletas me apasionó, hijo. Pero, ¿una Kawasaki? Será, claro, japonesa.

—Sí, papá, es japonesa y preciosa. Tienes que verla. Si quieres mañana podíamos ir hasta el concesionario.

Por la noche antes de dormir Tommy, como tantas y tantas otras noches, volvió a mostrar a su marido su completa oposición respecto a esa posible compra para la que el hijo llevaba trabajándose al padre desde hacía ya tiempo con gran pericia por su parte. “No deberías comprarle una moto al niño, Pedro

 

Némesis por fin logró su objetivo. Pasaron dos o tres años, los suficientes para que la confianza se hubiera instalado en unos y en otros. Salir ruidosamente por las noches del chalet familiar y más tarde hacer derrapes y caballitos ante el grupo de amigos se había convertido, además de en cotidiano, en una acción totalmente exenta de peligro. “Sabe conducir a la perfección y es prudente, mujer, no hay peligro alguno”.

Cuando sonó el teléfono y la madre escuchó lo que le decían no pudo mantener la compostura. Un grito horrendo salió de su boca. Todo Edvard Munch se apoderó del chalet donde hasta ese aciago momento Tommy y Pedro habían sido felices. El mundo se precipitó contra el suelo cuando la bella Kawasaki que siempre adelantaba con presteza a quienquiera que estuviese por delante no supo ver esta vez que el cambio de rasante ocultaba a un Mazda Roadster MX-5 ST al que, japonés como ella, tampoco cabía en la cabeza que alguien pudiese obrar con la negligencia que ella acostumbraba. El choque de los artefactos nipones fue un tremendo Nagasaki rutero. No hubo supervivientes.

 

Los teatros llevaban años prescindiendo de ese actor navarro que tanto había hecho reír al público durante al menos once o doce temporadas. La depresión se había hecho fuerte en su cuerpo y no lograba levantar cabeza. La némesis en forma de accidente de tráfico se cebó con esa familia feliz parecida a tantas otras. De nuevo recordé la frase de Lev Tolstoi. La familia de Pedro comenzaba ahora a su manera su personal peripecia; hasta el momento de la desgracia todo había circulado por los raíles adscritos al universo de los seres felices. A partir de este punto esa pareja mutilada comenzaba una desconocida y penosa fase, la infelicidad se había hecho fuerte en sus almas. La novela de sus vidas ganaba en interés para los demás.

Ciudad pequeña

Amaneció un día radiante, frío, pero radiante de sol. En las cornisas de los tejados que se avistaban desde la habitación del hotel de la Plaza Mayor los chupiteles se cernían amenazadores sobre los viandantes que se arriesgaban a pasar bajo ellos.

Marina, la encargada de la logística durante la gira teatral por provincias, ya había bajado a desayunar. Lo primero que le extrañó fue no ver a Pedro, dado que el primer actor se caracterizaba por dormir poco y madrugar mucho. Se habría quedado dormido hoy liberado ya de los nervios que las representaciones, finalizadas la noche anterior con enorme éxito, siempre le suscitaban.

Poco a poco el elenco iba ocupando las mesas del comedor del Pequeño Hotel Las Torres. Siempre que paraban en esa ciudad Marina contrataba los servicios del PHLT por su fantástica relación calidad – precio. Buenos días, Marina, ¿qué tal has dormido?, era el soniquete que cual aldabonazos discontinuos repiqueteaba rítmicamente en los oídos de la responsable de que todo marchase como la seda. Muy bien, gracias, Alberto, Lola, Kiti, Andrés, Choni, Paloma…

Pedro no dio señales de vida durante la media hora larga en que todos, incluidos los dos conductores de autobús,  desayunaron con gran apetito y ganas de conversar. Volvían a Madrid, a casa, y eso tras quince días de deambular de hotel en hotel y de teatro en teatro a cual más variopinto, siempre era una alegría. Marina había pedido a Luis y a Toño, los dos chóferes, que tuviesen todo preparado para salir hacia la capital a eso de las diez de la mañana. Pero Pedro, por qué no bajaba.

—Kiti, por favor, bonita, sube a la habitación de Pedro —pidió Marina a Isabel, sabedora de que el primer actor jamás se molestaba por lo que hiciese Isabel. Es más, entre los dos debía de haber habido algo en algún tiempo por remoto que fuera y ya se sabe que donde hubo fuego quedan rescoldos—. Dile que ya está bien, que estamos todos ya preparados, que sólo falta él.

 

—Marina, Marina —gritó Kiti pocos minutos después mientras bajaba presurosa por la escalera de dos tramos que daba acceso a las habitaciones del Pequeño Hotel—, Pedro no ha pasado la noche en el Hotel. No respondió a mi llamada, he entrado en la habitación y la cama está sin deshacer. ¡Ay, Marina, qué le habrá ocurrido. No es normal en él ausentarse sin avisar!

Todos, actores, técnicos, y los dos conductores se arremolinaron en torno a las dos mujeres que, demudadas, se habían quedado sin habla. Fue Andrés, el pequeño actor de reparto que tanto hacía reír al público durante la representación quien se hizo dueño de la situación y comenzó, con una seriedad que para sí querrían otros, a dar instrucciones sobre cómo proceder y afrontar la situación.

—Lo primero, Marina —habló Andrés con decisión mirando a la gestora—, sería llamar a comisarías y hospitales para ver si esta noche o de madrugada han recogido o atendido a alguien de quien desconozcan la filiación. Creo que se impone en primer lugar llamar a la Jefatura Provincial de Policía. Trabaja ahí Soler, compañero mío de Instituto, quizás él pueda ayudarnos.

 

—¿Por quién pregunta? ¿Soler, Comisario Soler? Aguarde un momento. Soler, ¿está en la Casa Soler? —oyó Andrés a través del teléfono gritar en la lejanía a quien quiera que se hubiera puesto al aparato—. Oiga, me dicen que aún no ha llegado. Ayer por la noche estuvo de servicio precisamente en el Teatro del Liceo donde me dice usted que tuvieron su última actuación. Ya sabe que la Policía y más en estos tiempos de terrorismo islámico y talibanes descontrolados debemos de estar atentos para prevenir y adelantarnos en lo posible a la comisión de delitos. Pues eso, que se acostaría tarde y hoy entra también más tarde. Ya le digo yo cuando venga que se ponga en contacto con ustedes.

 

Horas antes en el Casablanca el doctor Morujo se mostraba muy preocupado por la evolución de las heridas de arma blanca que el navarro ilustre había sufrido. Era evidente que había que llevarlo a un hospital. Las mesas ajadas por el uso del Casablanca ya no podían hacer más por el cuerpo descangallado de Pedro. Morujo pensaba que los atracadores debían de llevar las hojas de sus facas automáticas impregnadas en alguna sustancia que estaba provocando en el cuerpo del atracado una reacción anafiláctica que podía acabar con su vida.

En el Hospital Clínico de la localidad el doctor Luengo quedó a cargo del amasijo de carne y huesos en que, de seguir un poco más de tiempo así, acabaría convertido Pedro, el protagonista de Sé infiel y no mires con quién. Quizás a poco que se hubiese demorado Luis Luengo  en la administración de la adrenalina la infidelidad del primer actor habría sido consigo mismo, con su propia vida. Nunca curiosidad tan veleidosa como la de darse una garbeo por el Barrio Chino más famoso de España podría haber acarreado consecuencias más fatales.

 

Soler, a una hora más que indecente para un honesto trabajador que se precie, había hablado con su antiguo compañero Andrés:  “Coño, Andrés, cómo no me avisaste antes de que pasarías por aquí. ¡Fíjate que ayer estuve viendo vuestra obra y no te reconocí! O sea que tú eras el soplagaitas del decorador, cómo se llamaba, sí, ahora me acuerdo, Óscar. Te llamas Óscar en la representación. Jo, tío, pues estás irreconocible. Pero a lo que vamos, me dices que Pedro, el Paco de la obra de teatro, os ha abandonado, vamos, quiero decir que no ha aparecido por el Hotel esta noche y, claro, estáis preocupados. Normal. Oye, Andrés, ¿no será vuestro Pedro igualito que Paco el editor? Venga, sí, perdona, sé que la situación no es graciosa para nada. Me pongo a ello. Ya te aviso con lo que sea.”

En la comisaría Soler, de camino a su despacho donde se disponía a llamar por teléfono al Clínico para que le dieran la lista de ingresados por urgencias de esa noche, se cruzó con dos maderos que llevaban esposados a dos rapaces que apenas si llegarían a los dieciocho años. Tras, dada la estrechez del pasillo, chocar con ellos Soler se interesó por el motivo de la detención. Se enteró así de que ambos jóvenes habían organizado una buena escandalera en el elegante puticlub Atenas donde completamente drogados habían pasado la noche anterior presumiendo de dinero y pretendiendo realizar prácticas sadomasoquistas con dos meretrices aficionadas, esto es, con dos belle de jour. Las chicas, que entretenían sus días libres acudiendo a la Sala de Fiestas donde con poco esfuerzo y ningún daño conseguían un dinero que les servía para un mejor pasar en su vida cotidiana, se negaron a que unos chiquilicuatres les tocasen un pelo sin su consentimiento y mucho menos que las golpeasen.

Cuando Soler habló con Morujo, de servicio de guardia desde la noche anterior en el Hospital, y éste le contó con pelos y señales la noche del Casablanca, el Comisario empezó a atar cabos y volvió a valorar las grandes ventajas de vivir en una pequeña ciudad donde todos se conocen y donde esconder una actividad o una barrabasada  es poco menos que imposible. Pedro el actor llegó a donde la Carmina con dos navajazos y sin cartera; dos mindunguis  borrachos de cocaína y de éxtasis tiraban poco después en el local más caro de la ciudad de un dinero que jamás, ni en sus mejores sueños, habrían imaginado tener; sólo había, pues, que encontrar los objetos que se les hubiesen requisado durante su detención.

Efectivamente en el departamento de pequeños hurtos de la Comisaría había sido depositada por parte de la pareja de policías que había detenido a los dos ladronzuelos pasados de estupefacientes una cartera con un carnet de identidad a nombre de Pedro Osinaga Escribano y una entrañable foto familiar del actor navarro junto a su mujer e hijo. No había ni un euro en ella. Estaba claro que las dos belle de jour habían sabido conjugar a la perfección su negativa a someterse a dolorosas prácticas con la maña para dejar sin una perra a quienes a ellas se acercaron.

C A S A B L A N C A

La noche era gélida. La niebla densa que había ocultado el sol durante el día se estaba transformando en cencellada. El puré de guisantes diurno había pasado a batido helado a punto de nieve. Por si esto fuera poco un fuerte viento aumentaba la sensación de frío que en opinión de Pedro debía de andar por los 4 ó 5 grados bajo cero. Sí, hacía un tremendo birurgi. En la calle de la Compañía esquina Plaza de las Agustinas la solitaria lámpara que daba algo de luz se bamboleaba a derecha e izquierda según que las rachas de viento azotaban en uno u otro sentido. Tal era la fuerza del aire que la bombilla de pocos vatios chocaba de vez en cuando contra la pared y dudaba si volverse a encender cada vez que perdía la incandescencia. Era una noche de perros.

Pedro había acabado la función de las 11 de la noche con que se cerraba la gira que por provincias hacía su Compañía teatral. El éxito les acompañaba en donde quiera que paraban. Las risas eran constantes. El público se divertía mucho viéndose reflejado en lo que sobre las tablas sucedía. Era la catarsis total pero en clave de humor. Muchas veces Pedro se preguntaba si él y el resto del elenco sufrían también la misma purificación o al menos revelación. No lo creía. Sé infiel y no mires con quien era el título de la comedia que desde hacía ya doce años llevaban con enorme éxito por los teatros de toda España. La obra era un enredo a tres o a cuatro que impedía dejar de reír durante toda la función. Pedro era el más infiel de todos en la comedia, aunque no fuera así en la vida real. Jamás había engañado a su mujer y eso que el mundo de la farándula se prestaba a ello.

La plaza de las Agustinas lucía sombría por la oscilación lumínica que el viento procuraba. Por momentos la fachada de la Purísima se hacía visible para a renglón seguido desaparecer opacada por la enorme sombra que el palacio de los Alba echaba sobre ella. El frío era brutal. Pedro aceleró el paso. No quería encontrar cerrado el local adonde acudía cada vez que pasaba por esa ciudad. Era un espacio teóricamente alegre en el que nadie hacía preguntas ni pedía autógrafos, donde se sabía a qué iba cada cual: unos a desahogar su lubricidad y otras a conseguir algo de dinero para seguir tirando. Nada más. Eso era todo.

 La entrada en el vicio y la perversión siempre se ha dicho que es fácil pero que la salida es arduo difícil. Pedro lo sabía y por ello, pese a abordar la calle Ancha que tras la Purísima daba acceso al Barrio Chino más popular de España, su idea de echar una canita al aire o mejor dicho irse de picos pardos no contaminaba para nada en su escala de valores la fidelidad a prueba de bombas hacia su pareja. Una cosa era echar un polvo esporádico y otra muy distinta entrar en una relación sentimental continuada con una persona. Lo que ocurría sobre las tablas nada tenía que ver con lo que él hacía cada vez que paraban en esta localidad.

El “Casablanca” lucía aún su antiguo rótulo de neón que alternativamente cambiaba del azul al amarillo. Le gustaba a Pedro que Carmina, la madame del lupanar, hubiese optado por estos dos colores fríos mejor que por el habitual rosa de estos establecimientos. El rosa siempre es engañoso pues induce a pensar en al amor, algo que ni por soñación se da en estos vertederos de exceso de testosterona. Eso pensaba Pedro y por eso jamás estas visitas le habían perturbado ni preocupado.

Al avistar el bar, Pedro fue consciente de que el frío atroz y la fuerte cencellada había creado en sus cejas, sus pestañas y sus ojos una especie de gotas heladas que junto a la densa niebla apenas si le dejaban ver. Por eso y su ya incipiente sordera no fue consciente de la llegada de esos dos hombres, apenas unos críos, seguramente drogatas que habían acudido al barrio a pillar, y que sin previo aviso le asestaron sendas puñaladas para a continuación  echar mano a su cartera llevándose con ellos una suma importante de dinero. Pedro se sintió morir.

Una mortecina luz y una estufa de butano era todo lo que daba cierto sabor de hogar al establecimiento a esas horas de la madrugada. Unas cuantas mesas acogían el cuerpo de Pedro sobre el que un asiduo del bar, el doctor Morujo, aplicaba con acierto sus conocimientos médicos. Las heridas de arma blanca afortunadamente no habían interesado partes vitales y con contener la hemorragia como el médico estaba haciendo bastaría. Ahora sólo había que procurar que Pedro, el simpático actor, recuperase la sangre perdida y para eso nada mejor que una o dos copas de coñac servidas de alguna de las botellas que perfectamente alineadas quedaban bajo el cuadro oscuro que desde siempre a Pedro había llamado la atención.  Al cabo de unos minutos se sintió reanimado por el alcohol y pudo sentarse al amor del calor de la estufa de butano. Carmina, el doctor Morujo y la Geles, nombre de guerra de la chica a la que esa noche le tocaba estar de guardia en el burdel, arroparon con afecto y simpatía al navarro ilustre.

—Ya sólo nos faltaba que te nos hubieses muerto aquí, en el Casablanca— comentó con risa nerviosa Carmina.

—Y que mi mujer y mis hermanas hubiesen descubierto dónde paso algunas noches de supuesta guardia en el Hospital— soltó con voz estentórea Antonio Morujo al tiempo que encendía un cigarro sin tampoco poder contener del todo la risa.

—O sea que usted, o tú como quieras que te trate, eres el señorón por el que la Carmina me ha hecho quedar aquí esta noche— dijo Martina, más conocida en el sector como la Geles. —Pues ya me dirás qué vamos a hacer porque no creo que tengas ya muchas ganas. ¿O sí?

Pedro oía pero no atendía a lo que decían sus salvadores. Él no hacía más que observar el cuadro que llenaba el lienzo de pared que había tras la barra del bar. En él una joven mujer cortaba la cabeza de un bravo varón que desnudo sobre el lecho de Afrodita se veía morir bajo la espada que con maestría manejaba la bella muchacha; era una chica vestida con ropajes antiguos, que parecía atender las indicaciones de una vieja Celestina que le instigaba a que consumara del todo lo que había iniciado. La belleza de la muchacha, la fealdad de la anciana y la fortaleza derrumbada del varón obnubilaban la mente de Pedro.

—¿De quién es ese cuadro? —preguntó.

—Tuyo no, desde luego —contestó entre risotadas Carmina—. Habráse visto. Una cosa es que tu dinerito nos venga muy bien y otra muy distinta es que todo lo que hay en el local sea tuyo. Que de quién es el cuadro, pregunta el guinda éste. ¡Anda, pues de quién va a ser, mío. No te mola!

—Creo —intervino Morujo con delicadeza— que nuestro actor pregunta por la autoría del cuadro. Vamos que si sabéis quién lo pintó.

—¡Uy, majo, ni repajolera idea! —expresó Carmina medio reflexionando—. Sólo sé que un día de hace ya muchos años don Julián que creo que era catedrático o algo así de Historia del Arte me lo regaló. Y es que Julián y yo que en esos años era una jovencita de muy buen ver nos pasábamos dándonos gusto nuestras muchas buenas tardes o noches. Sí, fue él quien un día vino con el cuadro y me dijo que a este local le venía pintiparado pues el asunto le cuadraba a la perfección. La verdad es que no sé lo que quiso decir pero viniendo de él y siendo un regalo pues lo colgué y allí lleva más de veinte años ya.

—Le viene al local y al barrio como anillo al dedo —intervino el médico—. La verdad es que una mujer joven y bella que consigue echar a tierra a un hombre bárbaro a instancias de una vieja es tema que vengo a recordar sale ya en el Antiguo Testamento. Naturalmente el cuadro, bueno el cuadro original del que éste es una aceptable copia, no es de esa época, claro. Pero por cómo el autor usa la luz jugando con el claro y el oscuro y aunque no sea yo experto en Arte como lo sería don Julián diría que es una pintura del final del Renacimiento o principios del Barroco. Y por la violencia,  el retorcimiento dolorido de cuerpo y rostro, me voy me voy a esa corriente pictórica que se llamó Tenebrismo.

—Madre mía, Antonio, tóó lo que sabes —soltó la Geles—. Pues yo me digo que cuando tú y yo estamos en faena no se te nota esta sabiduría, ni tampoco dices cosas tan interesantes sino hala, hala, lo de todos.

—Ja, ja, ja  —rió Carmina— es que la coyunda democratiza e iguala a los humanos.

A Pedro en su semiinconsciencia el estilo del viejo cuadro le recordó un fresco de techo que años atrás había visto en la ciudad de Roma; visitaba Villa Aurora o el Casino de la Aurora, ahora en su estado no podía concretar si eran dos denominaciones para un mismo edificio o edificaciones diferentes. El caso es que el fresco evocado representaba a los dioses Júpiter, Neptuno y Plutón con la peculiaridad de que las tres deidades tenían el mismo rostro, el de quien lo pintó. Y ese rostro era el del máximo exponente del tenebrismo pictórico, Caravaggio. ¿Ocurría esta fusión de lo irreal con lo real también en el cuadro del Casablanca?

La pérdida de sangre que había sufrido y la fuerza de los analgésicos que Morujo le había inoculado hacían desvariar a Pedro. Oído por los demás sin él saberlo, a sí mismo se decía balbuceando que la Geles era evidente que no era Judith aunque bien se le parecía por hermosura y sabiduría en el arte de la seducción, lo que había llevado a ambas, cada una en su contexto de lugar y tiempo, a poder sobrevivir. Pero ¿era él asimilable al Holofernes que yace y muere a manos de la bella mujer? De serlo, lo sería sólo por contraste pues mientras el actor divierte y entretiene, el general asirio aterraba y aun hoy amedrenta su figura. Quizás las dos viejas, la actual y la de ayer, sí que fueran idénticas pues hay profesiones que  jamás cambian. ¿Y yo?, se preguntó con sorna, el doctor. ¿Yo no aparezco en la pintura? Y en silencio a sí mismo se dijo: No, yo no estoy ahí, pero sí soy el intérprete, el diagnosticador de lo que en el fondo la vida es: luz y oscuridad, tinieblas y claridad, esto y aquello, lo uno y su contrario. Puro tenebrismo.

El cuadro, ese cuadro que el docto usuario de la casa de lenocinio regaló y pidió que se colgase en el establecimiento, bien mostraba el haz y el envés, el claro y el oscuro, las luces y las sombras, en que la vida de hombres y mujeres se viene a resolver desde casi el origen de los tiempos. Al actor cómico unos delincuentes lo atracaron provocando tristeza en el Casablanca que se dice local de mujeres alegres. Puro tenebrismo.

Bolero

Cuando la Niña Lola por fin consiguió que su papá le comprase las ansiadas Martens ignoraba los estragos que con ellas iba a ocasionar entre la concurrencia del local. Era el típico Salón de Juego con máquinas multicolores que invitaban a probarse en el juego de azar y a convocar  a la Suerte una y otra y otra vez gracias tan sólo a una moneda que sin esfuerzo se colaba a impulsos regulares por la ranura dispuesta al efecto en el luminoso y colorista frontal del tragaperras. Era una actividad fácil: bastaba con accionar la palanca una vez que desaparecía la pieza metálica en el interior de la máquina.

Lola desde muy pequeña era la encargada de ir a sacar a Liberto Samuel, su padre, del Salón de Juegos y llevarlo hasta casa. No era siempre tarea fácil pues Liberto Samuel muchas veces había tomado de más o estaba empeñado en que la máquina estaba caliente y que el Premio Gordo estaba a punto de salir. Sería un error abandonar ahora para que se lo lleve cualquier otro, ¿no te parece, m’hija? Cuando padre e hija entraban en este tira y afloja Lola no tenía más remedio que dejar que su papito perdiese de una vez por todas toda la calderilla que llevaba. Para que tal cosa sucediese, a veces debía  de esperar casi una hora. En este tiempo deambulaba por el Salón entre la indiferencia de los ludópatas que no tenían ojos más que para las frutitas que aparecían y se alineaban o no según los rodillos giraban.

Pero no sólo en el local había jugadores empedernidos y encargados que con mayor o menor disimulo vigilaban los movimientos de los adictos sin remisión. Existían también dos tipos de personas ajenas al juego: los camareros y los limpias. Camareros había dos que servían las consumiciones que los clientes les solicitaban; limpias  en este salón que era de tamaño mediano sólo había uno, Joaquinito, que llevaba trabajando en el mismo desde el día de su apertura, o sea, hacía ya seis meses. Lola admiraba desde la altura de sus Martens la manera que tenía el chico Joaquín, Quinito para los asiduos, de bolear los zapatos. Sin mirarlos y siempre manteniendo viva la conversación con su cliente, Quinito los embetunaba y daba lustre no sin antes haber colocado las obligadas tobilleras a fin de impedir que, pese a su maestría de betunero, su ímpetu hiciese que la crema o el tinte escapase hacia los calcetines.

Lola estaba subyugada en la contemplación de este chico de ojos verdes que sabía hacer bien su trabajo y que en un lugar donde todos perdían dinero él sacaba unos cuantos euros que llevar a casa. Le parecía guapo, incluso muy guapo, pero lo que más le atraía de Quinito era su arte de bolero, ¡ay, ojalá ella supiese hacer ese trabajo! El chico Joaquín desde su banquito casi a ras de suelo estaba a lo suyo, esto es aplicando goma de tragacanto, betún o tinte sin apenas levantar la vista de su sitial. En ello andaba cuando unas agresivas botas de media caña entraron en su campo visual.  Eran unas Martens que difuminaban su potencial uso violento en un sorprendente estampado floral que acababa o nacía, según se  mirase, en una rotunda plataforma. Las llevaba…, ¡glups, una chica!

En el fragor que de continuo envolvía el local se hizo un tempestuoso silencio en la mente de estos dos jóvenes, apenas unos niños aún. Quinito levantó sus ojos a partir de esas tremendas botas. De la media caña surgían unas pantorrillas más que hermosas que según se avanzaba visualmente hacia la minifalda de Lola se pasaba por unos muslos bien torneados que se perdían en el interior de la breve falda. ¡Ay, ojalá pudiese yo limpiar esas tremendas botas!

—Lola, vámonos—. Parecía que por fin Liberto Samuel se había quedado pelado de plata o que en un sorprendente reconocimiento de su responsabilidad paterna había decidió hacer caso a su hija y marchar juntos  hasta casa.

—Padre, ¿no necesitas que un limpia te lustre debidamente los zapatos? —le preguntó la Niña Lola a Liberto que, sorprendido, no sabía a qué venía esto cuando de siempre él nunca se acercaba a un bolero.

—¿Cómo dices? Sabes bien que limpiarse los zapatos es tirar el dinero, que no es ninguna inversión y que a mí no me gusta el despilfarro.

—Si quiere y como muestra —intervino oportuno Joaquinito en la conversación paternofilial— se los boleo en un santiamén a usted y a su hija sin coste alguno. Así si quedan satisfechos en el futuro podrían hacerse clientes míos.

—¡Venga, papi! Di que sí —exclamó con alborozo Lola— Además tengo que darle una pasadita a las botas que están hechas unos zorros. ¡Que es gratis, papuchi, porfi!

—Bueno siendo así y sólo por mero interés informativo acepto su ofrecimiento, joven —resolvió Liberto dirigiendo una mirada afable al chico que desde abajo no quitaba ojo a las piernas acabadas en unas botas de un tal doctor no sé qué— Eso sí, me gustaría que enseñase las artes de su oficio a m’hija que está aquí a mi lado. ¿De acuerdo?

—De acuerdo en todo, señor.

Tras ver sus zapatos brillantes y como si fueran nuevos, Liberto se despidió de Lola quien en ese momento pasó a ocupar el asiento del que su padre acababa de levantarse. Quinito no sabía, y sí sabía aunque no se atrevía, mirar a la chica que sin remilgos y deseosa de aprender tras sentarse colocó su pie izquierdo sobre el reposapiés de la caja de zapatos con tachuelas del limpia del Salón de juegos. Jamás pensó el joven que la enseñanza le habría de proporcionar placer tan grande como el que comenzaba a embargar su ánimo y enseñorearse en él.

—Lo primero, señorita, —comenzó tímidamente a hablar Joaquín mirando a Lola a los ojos— es eliminar el polvo y la suciedad gruesa de la piel. Para ello un cepillado rápido es más que suficiente. Luego… —¡Ay, madre, luego…,¿qué era luego?! Esto es impresionante, qué chica, qué me digo, esto no es una chica, esto es una mujer con todas las letras. ¡Qué piernas, por Dios! La verdad es que no sé dónde poner mis ojos… ¡Ah. Sí, tengo que embetunar la bota!—…luego hay que repartir betún sobre la piel…, la piel de la bota, se entiende. Y digo esto porque hay que procurar no manchar el calcetín, en su caso, señorita, la pantorrilla…

—Lola, me llamo Lola, y puedes tutearme— le interrumpió la chica con voz melosa.

—De acuerdo, Lola. Pues eso, que para evitar manchar la pantorrilla te tengo que colocar tapas protectoras —le comentaba ya risueño Quinito a Lola quien parecía predispuesta a aprender cuanto de la boca de muchacho tan delicioso saliese. A cambio, pensaba ella, yo también debería enseñarle alguna cosa. Sería lo justo, ¿no. Lolita?

Con habilidad, desconocida incluso para él, Joaquinito, al tiempo que hablaba y hablaba, colocó bien prietos sobre las pantorrillas de Lola sendos protectores de cuero debidamente embutidos dentro de la caña de las Martens. Moviendo las manos hacia arriba y hacia abajo con habilidad  el muchacho los ajustó de manera adecuada sobre la zona desnuda de las piernas de Lola. Ella iba viéndose invadida por una agradable confusión mental que la llevaba a perder el hilo argumental de la enseñanza que el limpia del Salón le daba al tiempo que le lustraba las botas. De vez en cuando la electricidad que como cosquilleo sentía por todo su cuerpo bajaba de nivel. Era ese el momento en que Lola interactuaba didácticamente con Quinito quien al observar con deleite  nuevos ángulos, recovecos y profundidades rápidamente entendía el alcance de dichas enseñanzas y renovaba con mayor afán aún si cabe el cepillado de esas botas multicolores que sí, efectivamente, iban a necesitar hoy y en el futuro más de una boleada debidamente ejecutada.

La Carta

Hacía muchos años que Mauricio trabajaba para la empresa, tantos que la misma era para él como parte de la familia. Si alguien criticaba algo que dependiese de ella, él montaba en cólera y no vacilaba en armar bronca hasta que el nombre de la distribuidora y productora de energía quedaba impoluto.

—Son lobos disfrazados de corderos —le espetó ante sus propias narices Amalia con un tonito agresivo que si por ella hubiera sido habría quedado marcado en el rostro de Mauricio en forma de tremendo tortazo—. Parece mentira que condenen a la pobreza energética a miles y miles de familias mientras que la cuenta de resultados de sus Compañías aumenta todos los años.

Mauricio, que amaba a la empresa por encima de todas las cosas, sufría escuchando estas explosiones liberadoras de su amiga Amalia quien, paradójicamente, el puesto de importancia que ocupaba en el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico lo había conseguido a propuesta precisamente de Eléctrica del Oeste, la más importante compañía del sector, que puso su nombre de experta en estas cuestiones sobre la mesa del Ministerio.  Todo lo que sabía, ¡y era mucho!, lo había aprendido  Amalia en la Universidad a la que había accedido gracias a las ayudas al estudio que Eléctrica del Oeste ofrecía a las familias de sus trabajadores que así lo deseasen.

Mauricio no encontraba palabras adecuadas que sirviesen para enfriar los ánimos de su amiga: «Bueno, bueno, chica, tampoco es para ponerse así. No todo es blanco o negro. Sí, es verdad que los sueldazos que se ponen los ejecutivos y directivos de Eléctrica son fastuosos y que los blindajes económicos son de tal calibre que de ejecutarse pueden llevarla a la bancarrota, pero de ahí a estigmatizar todas sus actuaciones, me parece que…»

—Ni estigmatizar, ni nada, Mauricio. —replicó Amalia sin abandonar el enconado tono censor de quien está o cree estar en la absoluta certeza— La verdad es la verdad, chico. Fíjate en nosotros, ¿qué tenemos o qué hemos conseguido con el enorme esfuerzo de nuestro trabajo? No, no me  mires así. Te lo diré yo: Ná, absolutamente NÁ-DA; unas pesetillas, bueno, unos eurillos. Y ellos, que no son más que tú ni que yo, se llevan todos los años cientos de miles de euros para la saca. Que no hay derecho, coño.

—No, no, si ya, claro, tal como lo dices… Pero…

—No hay peros que valgan, Mauricio. La verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero.

—¡Eh, eh, Amalia, que yo no te he insultado!

—Que no, tonto, que es una manera de hablar. Y te diré una cosa en este punto: en verdad no sé quién era ese tal Agamenón y menos su porquero. Y lo que es peor, ahora mismo no sabría decirte si el bueno era el porquero o lo era Agamenón. Ja, ja

Durante toda la Secundaria y la Universidad Amalia había disfrutado de la Beca de Estudios que Eléctrica renovaba a sus becados con un mínimo de aprovechamiento escolar, o sea, simplemente pasando de curso sin materias pendientes. Los padres de Amalia siempre reconocieron el enorme favor que la empresa les había hecho al asumir ella todos los gastos derivados del estudio, incluidos,  junto a la matrícula y el alojamiento en la ciudad universitaria, el material en forma de libros y aquellos  viajes o desplazamientos precisos para profundizar en las materias. Así fue como Amalia y varios de sus vecinos de casa-chalé en el poblado del salto hidroeléctrico donde vivían habían podido realizar estudios superiores.

—Bueno, Amalia —terció Mauricio queriendo salir del monotema eléctrico que desde hacía semanas e incluso meses abría informativos y llenaba las primeras páginas de los medios de comunicación— otra cosa: ¿Siguen tus padres viviendo en el Salto? Hace mucho que no los veo y he perdido su pista.

—Sí, Mauricio, allí están. Para ellos, tras tantos años en esa casa, eso es su vida. Yo quisiera que viniesen a vivir conmigo pues ya son mayores, pero la verdad es que…, bueno, no les sería fácil hacerse a la vorágine de la capital. Además allí la vida les es más barata. Fíjate que siguen teniendo la luz gratis, con lo que ahora cuesta todo, con el precio que la energía tiene en la ciudad en estos momentos. Yo, aunque les digo que estarían mejor conmigo, la verdad es que lo digo un poco con la boca chica. Ja, ja…

—Cómo te entiendo, Amalia. Es evidente que sin Eléctrica tu vida y la de tu familia habría sido muy otra. E igual me habría ocurrido a mí si mi padre hubiera trabajado en alguna compañía del sector. Pero no fue así, mis padres eran campesinos y a duras penas lograron sacar adelante a sus hijos. Yo, la verdad es que les estoy muy agradecido por el esfuerzo realizado  y todavía más cuando consiguieron, aunque fuese de chamba, que precisamente Eléctrica del Oeste les hiciese proveedores de la Hospedería del Salto donde, me dices, siguen viviendo tus padres. Allí voy yo todos los días llevando una furgoneta con viandas y bebidas. Alguien tiene que dar algo de alegría a quienes trabajan en la producción de la luz, ¿no te parece?

—¡Anda,  entonces tú, Mauricio, no estás en nómina de Eléctrica!

—Para nada. Yo trabajo para Eléctrica, no en Eléctrica. Aunque en mi opinión el dinero que gano procede de ellos; pero no, no estoy en nómina.

—Entonces, ¿por qué defiendes tanto su gestión y no te gusta que se les critique ahora que los precios de la luz están por las nubes?

—Podría hacerte a ti, volviéndola por pasiva, la misma pregunta. Dímelo tú, querida Amalia.

Semanas más tarde el departamento ministerial que dirigía Amalia dictó una serie de normas que buscaban la rebaja de precios y la mejora de condiciones de vida de los usuarios. Parecía que las vías de comunicación entre Ministerio, Empresas energéticas y Consumidores afortunadamente se habían por fin abierto. Numerosas cartas salieron de los distintos organismos gubernamentales y de las diferentes compañías eléctricas poniendo en conocimiento de sus gobernados, clientes y proveedores nuevas disposiciones que perseguían la minoración de precios. Nada ya iba a seguir siendo como hasta ahora, decían unos y otros con alivio.

En la carta que recibió Mauricio escuetamente se le comunicaba que a partir de ese momento se prescindía de sus servicios. 

Lengua, Educación y Cultura

Libros Magazine

Libros y literatura. Reseñas. Crítica literaria

∼ La cueva de mis libros ∼

Donde mi alma encuentra reposo y mis pupilas el cálido arropo de la letra impresa ∼Carlota Gastaldi Mateo∼ PREMIO NACIONAL de Periodismo 1995 (14 ed.)

libreriadeurgencia.wordpress.com

Libros que podrían salvarte la vida

Vive el Quijote

Cecilia Gómez Velasco

Embustero y bailarín

Contra la ignorancia y el fanatismo

Viajando Sobre Libros

Un viaje por nuestra imaginación.

La Buhardilla de Tristán

Bienvenidos a mi hogar. Tristán. Blog literario editado en Béjar (Salamanca), por Javier Sánchez Bernal. ISSN: 2605-535X.

El blog de Lahierbaroja

Espacio de recomendaciones literarias