La Feria del Libro de Madrid y el Hornazo de Salamanca

Este fin de semana, mediada la FLM19 (78ª edición de la Feria del Libro de Madrid), acudí a la misma para ver a mi buen amigo Ezequías que firmaba sus libros en la caseta de la editorial Huerga&Fierro. Además de verle y charlar un poco con él como otros años que ha firmado, me movió a hacerlo esta vez el que Ezequías me hubiese distinguido con el honor de escribirle el prólogo de su último libro de relatos que lleva por título “Sólo hay una clase de monos que estornudan”.

Además había quedado citado en la caseta que lo albergaba con Paloma (Kirke Buscapina en la blogosfera) administradora del blog “Leer, el remedio del alma”, uno de mis preferidos. Ella deseaba conocer a Ezequías y que le firmase un ejemplar de esta última colección de relatos. Paloma acudió con su marido y unos amigos; yo por mi parte lo hice con otros amigos, aunque en el momento de nuestro encuentro sólo estaba con Ángel pues los otros dos estaban intentando aparcar el coche en el que habían venido hasta Madrid (¡oh, atrevidos!).

Del encuentro que Paloma y yo tuvimos con Ezequías Blanco, el autor, da testimonio la foto que acompaña estas palabras. La Feria, ya se sabe, casi siempre, y más un sábado con Ezequias y Paloma en la FLM19 por la tarde, es igual: bullicio, mucha gente, colas interminables esperando que los popes de la literatura firmen ejemplares de sus últimas creaciones, polvareda, niños que protestan agobiados por la gente y el calor que, afortunadamente, ese día no fue mucho.

Tras el intercambio de palabras con el escritor, la firma dedicada que nos regaló y las fotos que nos hicimos con él solo, con él y los amigos, con él estando nosotros fuera de la caseta, con él y nosotros dentro de la caseta, etc., Paloma y acompañantes, y yo junto a mi amigo Ángel caminamos un poco antes de despedirnos. Durante el trayecto y al comentarles que la amistad con Ezequías se remontaba a nuestros años de estudiantes en la Universidad de Salamanca, Paloma comentó que su hija les había traído de una visita a la ciudad un hornazo. ¡Alimento contundente donde los haya!, exclamaron ella y su marido. Fue entonces cuando sucintamente les conté el origen de este producto típico de Salamanca.

El Hornazo y el Lunes de Aguas

La tía FingidaSalamanca siempre ha vivido de y por su Universidad creada por Alfonso X el año 1218. Conozco la fecha con precisión porque durante el curso 2018-2019 se está conmemorando el 800 aniversario de la Fundación de la misma. Pero no quiero desviarme de lo que quiero contar. Resulta que de siempre los estudiantes, como reza una inscripción cervantina que figura en el arco de San Martín, uno de los que dan acceso a la hermosa plaza que tenemos, han sido gente vocinglera y bulliciosa y han dado de comer a nuestra ciudad. Dice la inscripción que figura en ese arco  que cerca de doce mil estudiantes estudiaban en esta universidad. Y como jóvenes que eran tenían que satisfacer sus apetencias naturales amén de las veleidades que a veces les urgían. Entre estas necesidades y veleidades estaba naturalmente dar salida a la fogosidad lógica de tanta juventud. Y esta salida estaba en cierta manera bien organizada.

Existía un cargo, una autoridad, conocida como Padre Putas (hay que darse cuenta de que los estudiantes eran en su mayoría seminaristas y/o eclesiáticos), que controlaba en cierto modo la actividad de la prostitutución que se ejercía a espaldas -quiero decir, inmediatamente a la vuelta- de la zona conocida como la Clerecía donde se desarrollaba la actividad escolar. Todo funcionaba correctamente, pero la Iglesia, el Obispado, exigía que durante la Cuaresma la abstinencia de carne fuese total: tanto la comestible animal como la delectable femenina. Era por esto que durante este período todas las prostitutas eran sacadas de la ciudad y llevadas al otro lado del rio Tormes donde debían de aguardar hasta que finalizada la Semana Santa y la octava de la misma, o sea, ocho días más tarde, el lunes, el Padre Putas pasaba en barcaza el río trayendo a todas las mujeres que habían estado fuera de la ciudad para evitar el pecado. Un gentío de jóvenes estudiantes las esperaban a la orilla del rìo donde con grandes empanadas rellenas de jamón, chorizo, lomo y otros ingredientes chacineros (los hornazos) y dedicaban la tarde de ese lunes llamado de Aguas por el paso del Tormes a merendar en el campo con las prostitutas que allí regresaban. En alegre francachela con los estudiantes ellas volvían a la ciudad dando por finalizado el período de abstinencia en las dos vertientes de carne antes señaladas.

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Antaño, cuando yo era pequeño, los hornazos sólo se hacían para esta fecha, para el Lunes de Aguas que desde siempre por la tarde era y es festivo, saliendo los salmantinoes a merendar al campo en recuerdo de esta tradición. Pero el turismo todo lo confunde, todo lo mezcla, todo lo mercantiliza, y el hornazo salmantino hoy ha quedado convertido en producto típico de la gastronomía local. Un producto que todo hay que decirlo a mí me encanta y que os recomiendo lo degustéis cuando acudáis a la ciudad.

 

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“Ateos que creen en Dios” de Andrés Montero

Llega este libro a mis manos vía Edición Anticipada. Cuando me lo ofrecieron sólo pensé en que me apetecía seguir leyendo poesía pues no en balde acababa de disfrutar mucho con la de Francisco Caro, poeta al que descubrí a raíz del homenaje que el pasado día 8 de enero le hicieron sus amigos poetas.

Es bueno enfrentarse con obras que no tienen mucho interés para así saber valorar en lo que se merecen las que sí que lo tienen. Ir de lo bajo a lo alto, aún teniendo su dificultad, es posible hacerlo; pero realizar el camino inverso, caer desde lo alto para hundirse en el tremedal de lo inferior no es fácil de asumir cuando hablamos de delectación artística.

Toda la reflexión anterior viene a cuenta de la sensación que me ha invadido mientras he pasado las páginas y leido, -si, también he intentado prestar la atención debida a lo que allí se decia- el poemario “Ateos que creen en Dios” que firma Andrés Montero. Descendia yo, como quien dice, del monte Horeb con las tablas de la ley entre mis manos tras haber degustado la poesía de Paco Caro cuando me enfrento a un librito de apenas 50 páginas en el que en breves composiciones (la mayor de 21 versos [XXXIII, XL], y la menor de uno solamente (XVIII: “Es la fe la que ha matado a Dios“) el autor que, según leo en su biografía, es psicólogo  y licenciado en matemáticas, se enzarza en una especie de mental práctica masturbatoria respecto a la idea de Dios.

Dios me escucha, Dios está sordo, Dios no existe, a Dios le rezamos, Dios es una invención de los hombres, Dios no se hizo hombre, sino que los hombres hicieron a Dios; Dios es eterno; Dios es preexistente a todo; Dios es una utopía… Y asi, de esta guisa, son los XLI poemitas, yo diría más bien rimas, en las que Andrés Montero al cabo de las mismas viene a concluir con un lugar común más que aceptado por la comunidad de hombres y mujeres que habítamos el mundo: el único Dios auténtico es el Amor; Dios es Amor. Por ello,  por ese infinito amor que se produce entre los seres humanos “todas las madres ateas / son profundas creyentes en Dios / aún ignorantes de su fe / igual que los amantes esposos, / o las novias en pasión” (XXXIX).

Bien es cierto que los géneros que más se parecen entre sí son el del ensayo y el poético. Sin embargo existe en la Poesía una calidad inasible, difícil de explicar si no es a través del pensamiento intuitivo; una calidad que se apoya esencialmente en la ‘elisión’, en la ‘alusión’ y en la ‘elusión’. E incluso, por seguir con el juego de palabras, me atrevería a incluir también entre estos constituyentes poéticos la deseable ‘ilusión’. El ensayo, por su parte, está más en el deseo de sostener una idea, de defenderla con argumentos racionales, de apoyarla con sutileza pero con contundencia. Es esto segundo lo que yo creo ver en esta breve obra. Poco importa que toda la argumentación esté escanciada en XLI breves apartados, que podríamos llamar estrofas o rimas dado que están formadas por breves frases que llamaríamos versos o, casi mejor, versículos. ¿Pero en verdad estamos ante una obra poética? Ciertamente tengo mis dudas. No porque algo se escriba en breves líneas agrupadas en elementos asimismo pequeños podemos hablar de Poesía. Faltan muchas cosas, en especial, el ritmo, y también aquellos mecanismos retóricos que sirven para mediante desviaciones crear el lenguaje poético. Yo, al menos, no los he visto o sabido discernir.

En esta obra su autor se queda en la mera plasmación de la idea que sobre Dios él tiene y que se resume en lo siguiente: Dios no existe, es una pura creación humana. Los hombres recurrimos a esta idea inexistente cuando algo nos sobrepasa. Tan sólo una idea -dice Andrés Montero- salvaría a Dios, es la de “Dios es Amor”.

Siempre me ha parecido paradójico el fuerte conocimiento que los ateos militantes tienen de Dios. Y no sólo esto, sino también la intransigencia con que exigen a los creyentes o seguidores de una religión que la practiquen. En este conjunto de estrofillas se percibe el profundo conocimiento que Andrés Montero tiene de una práctica religiosa: el cristianismo. Y se observa en el entreverado que realiza en algunas de las XLI rimas entre versículos creados por el poeta y otros tomados de oraciones de los cristianos católicos: “que estás en los cielos / Santificado sea tu nombre” (rima IV), “Ruega por nos / Santa Madre de Dios” (rima VI), etc.

Hay mucho conocimiento religioso en el poeta  y quizás también un desesperado deseo, inalcanzable e imposible, de que Dios exista. En este sentido mientras leía las rimas de Montero la poesía de Blas de Otero, en especial el brutal grito que se esconde en su poema “Hombre” acudía a mi memoria. Este grito desesperado lo he querido ver en la composición VII (“por qué, por qué, cuándo / preguntando, reprochando / por qué, por qué me has / abandonado. Decepción.”). También, en general por todo el poemario, he querido ver la figura de Miguel de Unamuno en ese deseo de creer siendo racionalmente ateo.

Desde el punto de vista literario hay momentos en que aparecen aciertos, destellos que justifican la lectura. Me han gustado algunas construcciones ciertamente afortunadas como cuando en XIV habla de un Dios gramatical “sin faltas de ortografía, / con sintáctica de imperativo / y domingos de guardar.” También creo que alcanza calidad poética en algunas de las imágenes del tipo “Dios es….” que por decenas abundan en el poemario, si bien cuando en XXX, en el ejercicio de su libertad creadora, llega a decir que “Dios es un error / en tiempo de compilación, / un código de programación / fallido al interpretarse / a lenguaje máquina, / al ser ejecutado en mente y corazón / por lento software biológico.” creo que el exceso le puede. Por último hay predominio de la adjetivación con preferencia por la de tipo bimembre; la rima XXXIV es llamativa en este sentido: ‘estrecha inteligencia práctica‘, ‘lo desconocido apàtrida y extraño‘ ‘anormal configuración irreal‘.

Pero en conclusión este conjunto de frases, de versículos agrupados en XLI estrofas tiene más de contenido, de transmisión de una idea que de forma. En este sentido la rima XL expresa con claridad la idea que viene a defender el poeta-ensayista: [—–] / Amamos sin saber qué es amor / y por ello lo intelectualizamos, / por el amor nos unimos a Dios / sin conocer la esencia divina / y por ello lo antropomorfizamos / [—–] / Cada culto religioso es un poema / que conjuga a Dios con distinta rima, / una liturgia en la que reflejar / nuestros modos de pensar y sentir, / nuestros ideales de actuar.  Y lo que desde el principio yo me pregunto es ¿por qué en vez de utilizar la prosa ensayística para transmitir este pensamiento, el autor ha elegido la expresión poética?.

“Cuadernos del Matemático” cierra

carter cmCuando el pasado 17 de septiembre Ezequías Blanco, director durante 30 años de la revista literaria en papel “Cuadernos del Matemático” me envió la convocatoria del 30 aniversario de la Revista a celebrar el 5 de octubre en el Teatro Federico García Lorca de Getafe pensé que estábamos ante una fiesta por haber alcanzado tan señera fecha como afortunadamente otras veces así había sido.

Es hoy, tres días después del evento getafense al que no pude asistir, cuando, al abrir el ordenador, me  topo con otro correo de mi amigo “Zaca” en el que me envía el enlace al video titulado “Cuadernos mágicos” realizado por Rufo Pajares que se pasó durante la Celebración tal y como rezaba el Cartel anunciador. Pero dicho cartel omitía lo más duro: el cierre definitivo de la Revista. La razón de tal omisión era que ya Ezequías la había comunicado en el magnífico número triple (56-58) de Cuadernos. La humildad de Quías y la levedad lectora con que nos movemos hoy día hizo que yo -y seguramente alguno más- no leyera la noticia del óbito. Venía claramente expresada en una nota al pie del editorial que abría el número:

«Por estas y otras buenas razones, con este número especial (56-57-58) de celebración de los 30 años de la publicación, la revista Cuadernos del matemático cierra sus puertas y, como los buenos toreros, se corta la coleta con la alegría de haber vivido mucho y de haber hecho camino al andar junto a vosotros y junto a otros que ya se nos marcharon definitivamente.

Hoy he visto el video de Rufo Pajares y allí todo queda claramente explicitado. Bajo la forma de una ensoñación el director de la publicación con este último número en sus manos dormita y en sus sueños se ve a sí mismo empujando un carro de supermercado que contiene números de la revista, refrescos y papeles escritos. Al principio empuja él sólo pasando frente al edificio del I.B. Matemático Puig Adam donde nació la revista; pronto se le une Matías Muñoz y al pasar frente a la farmacia que regenta Cristóbal López de Manzanara se une al grupo que hace caminar el carrito adornado con carteles que dicen “Poesía necesaria”, “El poder de las palabras” y ” Cultura es libertad”. En su deambular alegre pasan frente a la imprenta Xiana que durante todos estos años se encargó de imprimir la Revista y darle la elegante configuración que desde el principio ha lucido. llegan tras un largo deambular por trochas y caminos a un cruce donde está sentada una mujer a la que preguntan por el camino a Salamanca. Ella les demanda a su vez que le den algo. Ezequías le lleva una cerveza y el último número de la Revista por el que le pide 20€. Ella se ríe cuando le dicen que es el precio de la revista de Poesía: “¿Veinte euros por ‘esto’?” El director se enfada algo con ella y le suelta la sarta de verdades que durante estos 30 años quienes la hemos leído hemos podido comprobar en cada uno de sus números:

¡Por esto, dice! Pero si es una revista en la que han escrito durante treinta años las primeras firmas tanto de aquí como de fuera; los artistas que hacen las ilustraciones y las portadas de exterior son conocidísimos desde aquí hasta Pekín. Pero si es una maravilla, es un milagro laico, es una isla de libertad, un objeto de arte en sí misma.

La mujer, al ver el entusiasmo con el que Ezequías habla de la Revista les dice que lo mejor que puede hacer por ellos es hacerla desaparecer y para significarlo corta el hilo de la madeja que como Parca que es sostiene en sus manos al tiempo que dice:

“Morir para ganar la eternidad”

cuadernos mágicos from carioco on Vimeo.

Las preguntas que se agolpan en nuestra cabeza cuando se produce una desaparición son siempre las mismas y no por eso son menos importantes. Más que reflexionar sobre los motivos de su desaparición que creo, a poco que uno se lo proponga, todos adivinamos, me parece de mayor interés recordar la alegría de su nacimiento, la fuerza con la que Ezequías y los amigos getafenses que comadronearon el parto acometían los números de una revista literaria de creación y además fundamentalmente poética. Desde luego la empresa a todos nos parecía heroíca con inmensas dosis quijotescas. ¿Poesía? ¿En un Instituto de Secundaria? ¿En una localidad como Getafe? ¿Un producto en elegante papel satinado? Pues sí y lo que es mejor es que según fue pasando  el tiempo: primero, los meses, más tarde, los años, luego los eventos conmemorativos… sus lectores veíamos cómo crecía  un producto que se asentaba en los medios culturales del país, un producto de una altura estratosférica que se vendía en centros especializados o comprometidos con la alta cultura. Un producto que desde hoy será de consulta obligada por aficionados y estudiosos de la literatura en las Bibliotecas que se precien de serlo.

ultimo número de la revista Cuadernos del Matemático

Desde aquí sólo me queda agradecer el enorme esfuerzo que durante estos treinta años han derrochado los que la han hecho posible: Ezequías, Matías, Cristóbal, Juliana, Angeles, Charo, Mercedes, y tantos, y tantos otros que día a día, mes a mes han trabajado con denuedo para crear esta maravilla que ha sido y ES “Cuadernos del Matemático”. Muchas gracias por ello.

Algo no muy normal

No era la primera vez que la peluquería de Gabriel abría tarde o simplemente no abría durante unos cuantos días. Sin embargo esta vez parecía algo raro que Gaby no hubiera dejado el consabido cartel de “Vuelvo en cinco minutos”, “Cerrado por asunto familiar” o simplemente el veraniego aviso de “Volvemos pasada la Virgen de agosto”.

Era habitual que el negocio a eso de las 10 y 20 de la mañana entornase sus puertas para que el maestro peluquero pudiese desayunar en alguna de las cafeterías próximas. A Gabriel le gustaba ‘La Piscina’ que disponía de terraza-patio al fondo del local donde durante la media hora de descanso diario que se había autoimpuesto desayunaba por poco más de 2€ si es que acudía antes de las 11. Y claro que llegaba antes de que la hora límite tocase a su fin: “No va el negocio como para no aprovechar las ofertas”, se decía a sí mismo.

Todo el barrio sabía también de la edad provecta de los padres de Gabriel. Cuando Isidora y Paco, que así se llamaban, cumplieron los ochenta y las enfermedades anidaron en ellos Gaby tuvo que buscar una Residencia que se pudiesen pagar y la encontró lejos, nada menos que en Extremadura, Comunidad de donde procedía toda la familia y que ofrecía mejores prestaciones sociales que Madrid. Por esta razón el hijo de Paco de vez en cuando, cada tres o cuatro meses, se ausentaba para visitarlos cerrando el negocio dos o tres días. La madre, Dª Isidora, durante algunos años le había ayudado en el negocio pasando la escoba o sacudiendo las capas de corte, esas casi sábanas que usaba para proteger la ropa de los clientes mientras les arreglaba el cabello. También Dora, que así la llamaban sus amigas y familiares más próximos, era la encargada de lavar la cabeza a aquellos que solicitaban un corte algo más moderno, o sea, los chicos más jóvenes que no se conformaban con el tradicional corte a tijera sino que exigían esos looks que los futbolistas y cantantes de moda lucían en espectáculos y revistas. “A mí, Gabriel, hazme un corte a lo Benzemá”. Y Gabriel, asesorado por su madre, entendía que al corte al uno debía de añadir dos cortas líneas paralelas en la sien izquierda. La verdad es que el estilo Benzemá no tenía problema alguno para él, pero ¿y cuando Manolín, el hijo del del ultramarinos, le dijo que quería llevar el pelo como Paul Dogbá? Eso ya le superó. Ni siquiera Dª Isidora, asidua al papel couché, conocía al tal jugador y mucho menos, claro, su estratosférico peinado estilo leopardo. “Wow –pensó Gabriel-, creo que el negocio se está complicando. Tendré que ir mirando mi edad y mis cotizaciones a la Seguridad Social”.

Con el paso de los años Gabriel había comprobado que agosto era un mes en que el barrio se desertizaba. Era un auténtico ‘Ferragosto’ como decía Stéfano que de italiano tenía poco pero que regentaba la pizzería de la esquina y para dar color y prestancia al local, aparte de tener la bandera tricolor italiana decorando las paredes del restaurante, colaba en los diálogos con su clientela alguna palabra en italiano que todos celebraban mucho: “¿Amico, che cosa quieres? ¿Una pizza tres estaciones con mucho tomate? Bravo, bravissimo”. Y así, con mucho esfuerzo, algunas palabras italianas y unos precios competitivos, Esteban, que este era su verdadero nombre, conseguía sacar adelante a su corta familia. Una de las palabras de Stéfano que se le quedó grabada a Gaby fue la de ‘Ferragosto’. Y desde haría cosa de 10 o 12 años la primera quincena de agosto decidía tomarse unos días de vacaciones con su mujer e hijo en Denia, que era el lugar donde Paco y Dora en los años sesenta compraron un apartamento que ahora él y su familia utilizaban esos 15 días de… ferragosto.

Pero aún estábamos en febrero y el escueto local llevaba cerrado ya, sin aviso alguno, una o dos semanas. ¿Qué habría pasado? Un día las persianas aparecieron levantadas y los habituales pudimos ver que los libros que adornaban el local entreteniendo la espera de la clientela habían desaparecido; tan sólo quedaban los dos sillones triumph típicos de barbería antigua de los que Gaby estaba muy orgulloso. Otro día fueron los objetos que adornaban el escaparate los que habían desaparecido: una maquinilla manual de cortar el pelo, una bacía, una navaja de afeitar de punta francesa y el asentador de cuero tensado que servía para suavizar su filo. Por no estar, jornadas más tarde, ya no estaban ni los dos sillones. Era evidente que Gabriel había dejado el negocio. Pero en esta ocasión no había dado cuenta del porqué de su decisión. Nadie sabía a ciencia cierta qué podría haber pasado: jubilación por edad, desgracia familiar, enfermedad personal, accidente sobrevenido, problema judicial… Gaby, tan hablador él siempre, en esta ocasión había enmudecido. Sus clientes de siempre pensamos que algo no muy normal debía de haber sucedido.

Metaliteratura. A propósito de “El lugar donde rezan las putas” de José Sanchis Sinisterra

De siempre la función del lenguaje más extraña, más difícil de entender, de aprender, de aprehender y, naturalmente, de explicar, es, ha sido y será la función metalingüística.  Roman Jakobson amplió el triángulo lingüístico-funcional de Karl Bühler (expresiva, representativa y apelativa) añadiendo a esas funcionalidades otros tres propósitos (fática, poética y metalingüística) y dejó establecidos y aceptados por todos los cometidos del lenguaje. Es más, el lingüista ruso relacionó cada una de estas funciones con cada uno de los elementos existentes en una comunicación humana; de manera que las funciones, si bien pueden aparecer en varios de los seis integrantes de la comunicación, cada una de ellas lo hace de manera predominante en cada uno de ellos: Emisor (función expresiva), Mensaje (función poética), Receptor (función apelativa), Canal (función fática), Contexto (función representativa) y Código (función metalingüística). Todo esto es bine sabido por cualquier estudiante de bachillerato si es que ha atendido mínimamente las explicaciones de su profesor y éste ha sabido dárselas.

En literatura, la principal, lógicamente, es la función poética, la cual llama la atención sobre el propio mensaje; pero la literatura no se queda sólo en el envoltorio formal del mensaje sino que el mismo transporta un contenido al que accedemos con mayor o menor agrado según que el autor haya sabido hacer buen uso de esa función poética. Este contenido a veces consiste en interrogarse sobre el mismo instrumento que le sirve para llegar hasta nosotros, o sea, el código. Cuando tal cosa sucede estamos haciendo uso de la función metalingüística. Según sea el lenguaje que se esté utilizando, así esta función se designa de distinta manera: si es lenguaje cinematográfico, hablamos de metacine; si es lenguaje literario, metaliteratura. Y la metaliteratura se denomina de distinta manera según se aplique a la poesía (metapoesía), al teatro (metateatro), a la novela (metanovela), y así.

Todo este exordio viene a cuento de una obra de José Sanchis Sinisterra que vi la Sanchis y NTFronterizosemana pasada en la sala Margarita Xirgú del Teatro español de Madrid. Como casi siempre digo me da rabia que las obras duren en cartelera tan poco tiempo pues cuando uno quiere verlas, y no te digo si quieres luego decir algo sobre alguna de ellas, resulta que ya su tiempo ha pasado. Es, quizás, resultado de esta cultura de la inmediatez en que estamos instalados, y que es traslación del mercado de otros productos al área de la cultura. No nos dejan pensar, lo importante es consumir, es más si lo pensamos mucho es fácil que perdamos la ocasión y no podamos verlas ya porque el mundo gira muy, pero que muy, rápido. ¡Lástima!

Pero bueno, tranquilidad. De mano aunque suelo hablar de teatro enEl blog de Juan Carlos, mi blog principal,  en esta ocasión, al tratarse de una reflexión más pausada haré mi comentario aquí, en el blog, Reflexiones que tantas satisfacciones me está dando últimamente.

Me animé a ir a ver la última obra de José Sanchis Sinisterra por dos motivos. El primero fue el magnífico sabor de boca que me dejó  la puesta en escena de “Festen” [leer reseña aquí] que el año pasado hiciera Magüi Mira, quien fuera su mujer y madre de sus dos hijas (Clara, actriz; y Helena, diseñadora de vestuario). Me enteré de esta relación viendo esa obra dirigida por su ex-esposa en la que actuaba su hija Clara Sanchis. El segundo motivo es más prosaico: el título que tenía esta función teatral era en principio, cuando menos, llamativo; y, tras verla, desde luego, muy comercial. La obra se llama

El lugar donde rezan las putas o Que lo dicho sea

TEATRO-MADRID-Lugar-donde-rezan-putas-TEATRO-ESPANOL-390x560Dos personajes, Rómulo (Guillermo Navarro) y Patri (Paula Iwasaki) están en un viejo almacén o fábrica que les ha cedido el tío de Patri, Roque, decidiendo qué obra de teatro hacer para su nuevo espectáculo. Cuando comienza la función ya han eliminado un buen número de ellas quedando en ese momento la elección reducida a una historia situada en la Alejandría del siglo IV con la filósofa Hipatia y su discípulo Sinesio como protagonistas, o al trágico destino del comunismo con Lise y Artur London zarandeados por las turbulencias revolucionarias y reaccionarias del siglo XX, concretamente en la Checoslovaquia de 1952 que arremetió contra los judíos siguiendo los dicterios de Stalin sin importarles si éstos, como el matrimonio London, habían sido comunistas ortodoxos desde el principio. En ambas lo esencial es la contraposición entre el hostil contexto histórico y el amor que existe en la pareja. Esta es la idea, pero cuál elegir en este siglo XXI. ¿Los espectadores actuales soportarán una obra de denuncia política que enlazaría con la actualidad cuando los medios de comunicación continuamente airean y difunden asuntos semejantes? ¿Una historia situada dieciséis siglos atrás por mucho que denuncie la opresión contra la mujer será aceptada por el público de hoy y más cuando ya Amenábar trató el tema en una estupenda película no hará ni diez años?

Además de esta reflexión sobre el teatro actual en la obra aparece un elemento mágico, fantasmagórico, irreal, que pone un punto de fantasía utópica con toques de humor a la función. Ese galpón en el que estos dos jóvenes ensayan su nuevo proyecto teatral fue en tiempos remotos lugar de descanso, rezos y trabajos profesionales de las prostitutas que hacían la calle en las proximidades. Mientras que los entusiastas actores hablan y discuten sobre teatro escuchan sonidos y golpes, o sufren de desapariciones y cambios de lugar de objetos. Estos sucesos son la antesala al descubrimiento de una especie de sótano de donde salen ciertas voces. El contacto con estos seres ‘de abajo’ o los marginales que visitaban antaño el almacén los transporta a una especie de dimensión extraña en la que resuenan voces que les conminan a hacer. Ellos están como abducidos por estas voces que les dicen que hagan, que no se queden en la pura palabrería, ‘que lo dicho sea‘. Y sí ellos parece que toman nota y cuando el momento de viaje dimensional finaliza y deciden cerrar ese sótano del que salían voces de olvidados, canciones del pasado que parecían olvidadas resuenan y surgen en los labios de estos dos jóvenes que sí, van a hacer teatro actual del siglo XXI pero sin obviar el pasado. Y este pasado queda subrayado con la canción que aflora a los labios de Patri cuando fija con clavos la chapa que cierra el paso a ese sótano de donde salieron voces de olvidados. La canción no es otra que “Gallo negro, gallo rojo” que hiciera en 1962 Chicho Sánchez Ferlosio, un canto anarquista contra el autoritarismo.

 

Circulación

Era el primer día del resto de su vida. No sabía si sería mucha, aunque por lógica menos de la hasta ese momento vivida. El mundo se le escurría por entre los dedos de la mano… Pero de nada valía ser pesimista; en definitiva todos vamos a morir algún día; nadie se ha quedado aquí y nadie, también esto es verdad, ha vuelto de allá para decir qué tal le va. No cabe tener miedo. En esto como en todo hay que aplicar el prinicipio generalizador de si unos han podido, yo también podré. Siempre se lo había dicho a sí mismo y a otros. Ahora mismo recordaba cuando su hijo quería sacarse el carnet de conducir y tenía miedo de suspender: “Juan, si otros han podido tú también podrás hacerlo -le decía-. Mira cuanto subnormal hay en el mundo, medítalo brevemente. Y ahora piensa en cuántos de ellos tienen carné, casi todos, ¿verdad?, ¡pues, entonces…!” Quizás, vino a concluir, esto sea la vida: un examen, una vueltecita por el circuito hasta que el Profesor, el Deus, Quién sea, diga eso de “¡Aparque usted aquí. Ya puede bajarse!”

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